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jueves, agosto 16, 2012

"Piratas!" (2012) - Peter Lord & Jeff Newitt

¡Piratas! 2012 Peter Lord & Jeff Newitt
Pese a sus irregulares coqueteos con la animación digital, primero con “Ratonpolis” (bajo el amparo de Dreamworks) y luego con la maravillosa “Arthur Christmas”(bajo el amparo de Sony), en los estudios Aardman se han caracterizado siempre por el stop-motion (o mejor dicho, clay-motion), técnica que dominan a la perfección y con la que nos han regalado genialidades como “Chicken Run: Evasión en la granja” o “Wallace & Gromit - La maldición de las verduras” (amén de sus muchos cortometrajes y proyectos televisivos).

Ahora vuelven de nuevo manos a la obra con la plastilina para ofrecernos una aventura piratesca de lo más delirante.

De espesa y exuberante barba, el Capitán Pirata es un entusiasta corsario ansioso por conseguir ser nombrado Pirata del Año, galardón por el que se le reconocería como uno de los grandes piratas de su época.  Al mando de una desaliñada y variopinta tripulación y aparentemente sin percatarse de los insalvables obstáculos a los que se enfrenta, el Capitán persiste en perseguir su sueño y vencer de una vez por todas a sus eternos rivales, Pata de Palo Hastings, Black Bellamy y Sablazo Liz. Pero conseguir el ansiado premio de Pirata del Año no será tarea fácil, y nuestros protagonistas terminarán embarcándose  en una odisea que les conducirá desde las orillas de la exótica Blood Island hasta las brumosas calles del Londres victoriano.

“The Pirates! Band of Misfits” es otra clara muestra del asombroso y meticuloso dominio que posee Aardman en el campo de la animación en stop-motion. El gusto por los detalles, la creatividad en el diseño conceptual… Apenas nos hacemos una idea de la titánica labor que hay detrás de la filmación fotograma por fotograma. 

Técnicamente, puede que éste sea su obra más ambiciosa dada la cantidad de personajes  y la diversidad y magnitud de escenarios que maneja. Incluso se han atrevido a combinar el claymotion con el CGI, generando por ordenador el mar por el cual navega nuestra aguerrida tripulación. Y es que si hay algo difícil de representar con esta técnica son los elementos en estado líquido y gaseoso (así como el fuego), por lo que esta vez unos pocos píxel han facilitado el trabajo sin por ello traicionar el proceso artesanal de siempre. Y es que en lo visual, una de las ventajas que ofrece esta técnica es lo (obviamente) tangible que resulta todo, algo imposible de lograr con cualquier otro tipo de animación. Los objetos, los escenarios, los personajes… prácticamente todo es real. El movimiento y el elaborado trabajo expresivo que hay detrás es lo que dota de vida a los muñecos, mientras que desde el guión se trabaja por lograr que las horas y horas de trabajo no caigan en saco roto. Y es que otro aspecto que ha caracterizado a Aardman es la calidad de sus historias.

El Premio al Pirata del Año (una especie de Oscars de los piratas) no deja de ser un mero macguffin que sirve a Gideon Defoe, guionista y autor del libro en el que se basa la película (The Pirates! In an Adventure with Scientists), para embarcarnos en un disparatado viaje a bordo de un barco pirata cuya tripulación no puede sufrir peor suerte. 


El Capitán tiene el apoyo incondicional de sus hombres, pero busca también la admiración de sus semejantes, algo que desgraciadamente no ocurre, ya que sus escasas dotes como corsario le han convertido en el hazmerreir del gremio.

Esto le lleva a cruzar los mares con la intención de hacerse con un buen botín, algo que el destino parece querer negarles. Pero un buen día el viento empieza a soplar a su favor, y la gran oportunidad le llega cuando se topa con un joven naturalista que responde al nombre de Charles Darwin (sí, ese Charles Darwin). A partir de ahí, los desventuras están servidas.

Nos encontramos ante producción inglesa y, por ende, con un humor puramente british, repleto de sorna e ironía, con gags hilarantes y algunas sutilezas que pueden pasar desapercibidas si no se presta la debida atención (los fantásticos créditos finales, plagados de coñas, necesitan de un segundo visionado). Mención especial a la original vuelta de tuerca a la hora de representar en un mapa (animado en 2D) los distintos viajecitos por mar y aire de los protagonistas. 

Es probable que el espectador más afín al humor yanqui (el cuál, dicha sea de paso, ha adoctrinado  en demasía al público español) no reviente a carcajadas, pero de lo que no hay duda es que “Piratas” rezuma ingenio y diversión por todas partes.

El Capitán Pirata, con la voz de Hugh Grant -debutante en estas lides- en la versión original, resulta entrañable por su optimismo, su amor por su tripulación e incluso por su torpe inocencia. Pero el resto de personajes también se ganan inmediatamente nuestra simpatía. Número Dos es el fiel ayudante del Capitán, su mano derecha, y también la voz de la razón y de la sensatez; el único capaz de poner algo de sentido común a los descabellados e insensatos planes de su capitán. El Pirata Albino es inocente y crédulo, pero pone todo su empeño y buena fe en lo que hace. El Pirata con Gota podría pasar por un viejo lobo mar, pero es tan bobo como el resto de sus compañeros. 


Luego tenemos a la Pirata con Curvas Sorprendentes, la prueba más fehaciente de lo borregos que son esta pandilla de despistados piratas. Dado que por aquellos tiempos se consideraba que las mujeres traían mala suerte a bordo de un barco, ésta fémina corsaria pasa desapercibida bajo una barba postiza procurando no levantar sospechas entre sus compañeros, algo que no siempre le resulta fácil. Siente una gran admiración (¿o es devoción?) por el Capitán, y es probablemente la que vive con mayor intensidad su vida al margen de la ley.

Por supuesto, no hay que olvidarse de Polly, la tierna mascota del Capitán y muy querida por todos, que tendrá, sin comerlo ni beberlo, un papel significativo en la trama.

A ellos hay que sumarle el joven Darwin, un empollón más interesado en el amor que en la ciencia, y su peludo sirviente, un jocoso chimpancé mucho más listo de lo que en principio aparenta.

Y como no hay héroes sin villanos (aunque en este caso los “malos” sean los “buenos”), tenemos a la malvada Reina Victoria, una pequeña, regordeta y todopoderosa gobernante que odia a los piratas con toda su alma.

Todos aportan su granito en esta divertida y descabellada aventura piratesca con el sello Aardman por bandera. Puede que no todos comulguen con su humor, pero para un servidor es, sin lugar a dudas, la película de animación del verano.


Lo mejor: su humor british; su fantástico trabajo de animación y la ambientación.

Lo peor:  que su humor british no sea del gusto de todos los paladares.


Valoración personal: Buena


martes, diciembre 06, 2011

“Happy Feet 2” (2011) – George Miller

Crítica Happy Feet 2 2011 George Miller
Aunque es más conocido por la saga del guerrero postapocalíptico Mad Max (de la que en estos momentos se encuentra preparando -no sin contratiempos- una tardía -e innecesaria- secuela/reboot), el australiano George Miller también se ha sumergido en otros géneros como la comedia fantástica o el drama (para el recuerdo queda la excelente “El aceite de la vida”). Prácticamente desaparecido durante buena parte de los 90 y principios de la pasada década (con la salvedad de una secuela de Babe, el cerdito por excelencia del cine australiano), en 2006 Miller volvió a la palestra con un inesperado éxito taquillero resultante de su primera incursión en el cine de animación. Los pingüinos bailarines/cantarines de “Happy Feet” aterrizaron en la cartelera encandilando no sólo al público sino también a la crítica. Pero ahí no quedó la cosa, pues la película también se llevó el Oscar en su categoría de Mejor Película de Animación, rompiendo así la racha triunfadora que llevaba Pixar en un año en el que la compañía del flexo presentaba su candidata más denostada (Cars), Dreamworks quedaba fuera de competición y “Monster House” (mi favorita) entraba de tapadillo y sin hacer mucho ruido.

Tal fue la recepción del filme de Miller, que ni él ni Warner Bros han dudado en aprovechar el tirón de los pingüinos para sacar una segunda entrega.

Mumble, el maestro de Tap, tiene un problema con su pequeño hijo Erik, un coreófobo. Reacio a bailar, y considerado por ello un bicho raro, Erik decide escapar de su hogar. En su camino, se encuentra con el poderoso Sven, ¡un pingüino que puede volar!

Mientras Mumble va en busca de su hijo, algo terrible ocurre en la gran nación de los pingüinos emperador. A su regreso, padre e hijo descubrirán con asombro lo sucedido, y tendrán que hacer lo imposible para ayudar al resto de la colonia.


Si en la película original era Mumble quién debía encontrar su verdadera vocación dentro de una colonia entregada al canto, ahora es su hijo quién deberá experimentar un viaje emocional similar para dar con su talento escondido.

La historia ya empieza con un número musical en el que un montón de pingüinos cantan y bailan música modernilla. En medio de todos ellos se encuentra el torpe de Erik intentando seguir, sin éxito, los pasos de sus mayores, lo que termina finalmente en un buen tortón y las consiguientes risas de sus semejantes.

Este hecho desencadena la posterior huida de Erik junto a un par de amigos y la llegada a otra colonia, donde se nos presenta el personaje de Sven, el único del mundo capaz de utilizar sus alas de pingüino para volar, algo que asombra al resto de su especie y muy especialmente al impresionable Erik, que enseguida lo considera un ídolo y un modelo a seguir.

A su regreso a casa con su padre, es cuando la película empieza a ganar algo de interés (gracias el golpe de efecto en el guión) y los bailecitos de los pingüinos encuentran una justificación para ser exhibidos de forma constante.


La tierra de los pingüinos emperador ha quedado sellada por culpa de un iceberg, y no hay forma de salir sin recibir ayuda del exterior. Mumble está decidido a hacer todo cuanto esté en su aleta para ayudar a la colonia, aunque tenga que pedir ayuda al fanfarrón de Sven.

Los continuos intentos de rescate son los que aportan algo de emoción a una trama bastante ramplona y que depende en exceso del factor musical para salir a flote. Y esto último es obvio si tenemos en cuenta que se inscribe dentro del género musical (del que un servidor se considera un ferviente admirador), pero con unos pingüinos lo cierto es que no se puede hacer mucho para animar el cotarro. Menos aún si los personajes carecen de carisma alguno y los gags cómicos no resultan mínimamente graciosos; o al menos no para un adulto. Y ese es el mayor problema de “Happy Feet 2” en relación a su enfoque familiar, pues resulta mucho más indicada para los niños que para los adultos que los acompañan (o mejor dicho, los llevan al cine)

La cinta de Miller cuenta con buenos mensajes (creer en un mismo, ayudar a los demás, admirar a los que te quieren, saber quién eres y dónde está tu hogar, etc.), pero es demasiado infantil para ser disfrutada en familia. No conectas con los personajes, no te ríes con ellos (¿hasta cuándo tendremos que soportar el estereotipo del personaje latino supuestamente gracioso?) y la vertiente musical apenas despliega sus posibilidades (y de nuevo me remito al hecho de que los pingüinos no dan mucho de sí, y el escenario tampoco es propicio).

La animación, eso sí, sigue haciendo gala de un nivel de hiperrealismo formidable. Cuanto más cercano es el plano, mejor podemos apreciar la calidad de las texturas, especialmente en lo que se refiere a la nieve (o hielo) y los crustáceos. Hablando precisamente de crustáceos, tenemos a una pareja de krills, Will y Bill, que probablemente sean lo más interesante de la película. Son sus peripecias y sus conversaciones/discusiones las que aportan algo de aire fresco al conjunto de la historia.


También el hecho de rescatar algún que otro tema musical añejo (el Under Preassure de Queen y David Bowie, por ejemplo) en sustitución del pop musical actual, sirve para captar algo del interés del adulto espectador que pasada una hora ya está un poco cansado de pingüinos danzarines. Esto ocurre ya en el tramo final, que es cuando la cinta empieza a ganar enteros al abandonar momentáneamente el humor infantiloide (y la chapucera introducción y posterior desaparación de los personajes humanos) para decantarse por algo más emocionante y dignamente emotivo.

No hay duda de que para los críos “Happy Feet 2” supondrá un más que recomendable espectáculo musical lleno de pegadizas canciones y deslumbrantes secuencias animadas. Pero para los más creciditos, no es ni de lejos la opción ideal para ir al cine en familia. Demasiado sosa.

P.D.: Precisamente para los talluditos, lo mejor de la película es el corto de Looney Tunes (con Piolín y Silvestre en modo musical) que la precede. Por aquello de la nostalgia, más que nada.



Lo mejor: el hiperrealismo de la animación.

Lo peor: demasiado infantil para ver en familia.


Valoración personal: Regular

viernes, noviembre 25, 2011

“El gato con botas” (2011) - Chris Miller

Crítica El gato con botas 2011 Chris Miller
Casi 3000 millones de dólares recaudados con cuatro películas hacen de Shrek una de las sagas de animación más taquilleras de la historia. Las aventuras del ogro verde han llenado las arcas de Dreamworks durante varios años, y sería de locos no seguir exprimiendo –aún más- la gallina de los huevos de oro (y precisamente de huevos de oro trata el asunto).

Habida cuenta del desgaste de la franquicia, la opción de seguir estirándola con más continuaciones resultaba inviable, por lo que sólo quedaban dos opciones: hacer una precuela (solución “mágica” para sacar del atolladero a una saga que está más que agotada) o sacarse de la chistera un spin-off de alguno de sus personajes. Y finalmente la decisión que tomaron fue la de combinar ambas opciones.

Así es como nace “El gato con botas”, película en cartelera para lucimiento exclusivo del personaje que da título a la misma y que formó parte de la pandilla de “Shrek” a partir de su segunda entrega.

Mucho antes de conocer a Shrek, el notorio espadachín, amante y forajido Gato con Botas está decidido a recuperar el honor mancillado emprendiendo una aventura junto a la dura y curtida Kitty Zarpas Suaves y el astuto Humpty Dumpty. Su objetivo: unas judías mágicas: Su principal obstáculo: los infames forajidos Jack y Jill.
Esta es la verdadera historia de una leyenda, de un mito, de… ¡el Gato con Botas!

Dado que la acción de este spin-off transcurre en una época en la que el Gato con Botas aún no conocía a Shrek, Fiona, Asno y cía, no hay cameo alguno de éstos personajes (ni ningún otro) de la “saga madre”. Por tanto, la cinta se centra exclusivamente en Gato, y podría decirse que esto es un “orígenes” en toda regla, pues entre otras cosas, se nos cuenta (en boca del propio protagonista) la infancia del felino antes de calzarse las famosas botas y empuñar la espada cuál Zorro.

Tiempo atrás, un acto de valentía hizo que Gato se ganara la admiración de su pueblo. Sin embargo, de la noche a la mañana, una inesperada y vil traición convirtió al héroe local en un vulgar ladrón, perdiendo así el cariño y respeto de sus habitantes, y ganándose su (inmerecido) desprecio. A Gato no le quedó otra que huir del único lugar al que podía llamar hogar y empezar a vivir una nueva vida como forajido.

Tras años siendo buscando por la ley, llega un buen día en que se le presenta la oportunidad de enmendar los errores del pasado y recuperar su honor. Para ello debe hacerse con las famosas judías mágicas que están en posesión de la infame pareja formada por Jack y Jill. Pero alguien más está interesado en esas judías y se interpondrá en su camino con la intención de formar una alianza. A regañadientes, Gato unirá fuerzas con la silenciosa y atractiva Kitty Zarpas Suaves y un viejo conocido de poco fiar, Humpty Dumpty, con quién tiene viejas rencillas que solucionar. Tan pronto inicien el viaje en busca de las mágicas habichuelas, empezarán las aventuras para el trío protagonista…



Del mismo modo en que Shrek tomaba como punto de partida los cuentos populares para darles una vuelta de tuerca, en “El gato con botas” se utiliza el relato de “Jack y las habichuelas mágicas” del escritor Hans Christian Andersen (autor también de “La princesa y el guisante” o “El patito feo”) para convertirlo en una aventura a medida del pícaro protagonista, quién ya de por sí es otro personaje de cuento.
Los guionistas añaden de su propia cosecha para que el hilo conductor de la trama sea la relación de amistad/enemistad entre Gato y Humpty Dumpty, siendo las habichuelas el macguffin que les lleva a realizar tan peligroso viaje y añadiendo además una pizca de romanticismo con un tenso affaire entre la pareja gatuna, es decir, entre Gato y Kitty.

No por introducir estos cambios y guardarse algún que otro as en la manga la historia resulta menos previsible, pero aún así la película sortea con habilidad el tan temido aburrimiento a base de acción trepidante (la persecución por los tejados, el “duelo” de carretas…), humor (mucho humor), un personaje carismático y un metraje adecuadamente ajustado (hora y media, no más).

La película contiene gags simpáticos y sin caer en la vulgaridad, aunque es de lamentar que muchos de ellos (algunos de los mejores) ya fueran desvelados en el tráiler. No obstante, hay momentos impagables (el duelo de baile) que aportan frescura a la propuesta y afianzan la dicharachera y a ratos ingenua personalidad del minino, aún tratándose de un furtivo que presume de sagacidad. No vamos a negar, eso sí, que resulta imposible resistirse cuando pone esa miradita de ojitos tristones.


Chris Miller, co-director de “Shrek 3” y “Lluvia de albóndigas”, afronta la dirección en solitario de “El gato con botas” con bastante oficio tanto a nivel visual como narrativo, y su trabajo, así como el guión, desprende mucha influencia del western y del cine de capa y espada (siendo El Zorro el referente más evidente). Y todo amenizado con un aroma muy latino (más mexicano que español, diría yo) acentuado especialmente en la guitarrera banda sonora a cargo de otro de los discípulos de Zimmer, Henry Jackman (quién ya puso música a la regulera “Monstruos contra alienígenas”)

Quizás sea difícil para Dreamworks repetir con asiduidad la excelencia que una vez alcanzó con “Cómo entrenar a tu dragón”, pero al menos consigue ofrecer un producto de animación digno para pasar un buen rato. Y es que a veces no hace falta pedirle mucho más. Y para tratarse de un spin-off que olía a mero “sacacuartos”, hay que reconocer que se han esmerado más de lo que uno pudiera llegar a pensar (pensando, quién sabe, en otra potencial saga con el felino a la cabeza).


Lo mejor: su carismático protagonista; las influencias del western.


Lo peor: que unas hipotéticas secuelas puedan quemar al personaje del gato del mismo modo que le ocurrió a Shrek.


Valoración personal: Correcta

jueves, octubre 27, 2011

“Las aventuras de Tintín: El secreto del Unicornio” (2011) - Steven Spielberg

Critica Las aventuras de Tintín: El secreto del Unicornio 2011 Steven Spielberg
Traducidas a más de 70 idiomas, Las aventuras de Tintín escritas e ilustradas por el belga Georges Remi (bajo el seudónimo de Hergé) son todo un referente de la historieta del siglo XX. Su protagonista, un intrépido reportero de curioso tupé llamado Tintín, ha vivido emocionantes aventuras por todo el mundo a lo largo de 24 álbumes, de los cuales se han vendido más de 250 millones de copias. No es extraño, pues, que dada su popularidad, el personaje hiciera el salto de las viñetas al celuloide; primero con una poco conocida cinta animada en stop-motion, luego en una producción franco-belga (que llegó a tener secuela) con actores de carne y hueso encarnando a los famosos personajes de Hergé, y finalmente con películas y series animadas para el mercado doméstico. Probablemente estas últimas adaptaciones sean las que más aceptación han tenido entre los tintinófilos, si bien parecía que a Tintín le hacía falta aún una gran superproducción en cartelera que lograra llegar no sólo al adepto sino también al espectador ajeno a la obra del artista belga. Y ese momento por fin ha llegado con “Las aventuras de Tintín: El secreto del Unicornio“.

El curioso e insaciable joven periodista Tintín (Jamie Bell) y su leal perro Milú descubren, por casualidad, un centenario misterio escondido en la maqueta de un barco bautizado como “El Unicornio”. Intrigado por semejante hallazgo, Tintín se embarca en una minuciosa investigación que le sitúa en el punto de mira de Ivan Ivanovitch Sakharine (Daniel Craig), un hombre avaricioso y sin escrúpulos que anda tras un valioso tesoro vinculado a un cruel pirata llamado Rackham el Rojo.

Con la ayuda de su perro Milú, el mordaz y cascarrabias capitán Haddock (Andy Serkis) y los torpes detectives Hernández y Fernández (Simon Pegg y Nick Frost), Tintín viajará por medio mundo procurando ir un paso por delante de sus enemigos en una incesante persecución para hallar el lugar donde finalmente descansa “El Unicornio”, un navío hundido que puede contener la clave de una cuantiosa fortuna...

Treinta años han pasado desde que Steven Spielberg descubriera por primera vez la obra de Hergé y se convirtiera, desde ese instante, en un apasionado de las aventuras del joven Tintín. En este tiempo, el director ha adquirido, perdido y vuelto a adquirir los derechos sobre el personaje, y tras alguna que otra intentona frustrada, por fin ha conseguido llevarlo a la gran pantalla.

Esta película, primera de una ambiciosa trilogía a dos manos entre Spielberg y Peter Jackson, reúne y unifica las historias de “El Cangrejo de las Pinzas de Oro”, “El Secreto del Unicornio” y “El tesoro de Rackham el Rojo” escritas por Hergé.

Todo empieza con la compra de una maqueta de un barco que, al parecer, oculta un misterioso secreto en su interior. La maqueta, en posesión de Tintín, es pretendida por Sakharine, buen conocedor de que en ella se encuentra una de las tres claves que necesita para localizar un valioso tesoro que se halla bajo el mar. El encuentro entre ambos propiciará que el joven periodista conozca al capitán Haddock, capturado por Sakharine para sus pérfidos fines. Con tal de hallar las claves para averiguar la localización del tesoro y con ello desbaratar los planes de su temible adversario, nuestros tres protagonistas -Tintín, Haddock y el inteligente Milú- se verán inmersos en un viaje repleto de obstáculos que superar y enemigos que batir.


Desde sus espléndidos créditos iniciales (todo un historial tintinesco) hasta su último plano, la película hace alarde de una imaginación y una inventiva visual increíbles. La presentación de nuestro protagonista brilla por su concisa y explicativa sencillez, mostrándonos recortes de periódico con los que se nos da a entender que se trata de un reportero experimentado en situaciones de todo tipo; un joven que no tiene miedo a asumir riesgos con el fin de resolver misterios y lograr un buen artículo. Y si se tercia, impartir también algo de justicia.

Las transiciones de unas escenas a otras destacan por su original tratamiento y las secuencias de acción cuentan con una elaboradísima planificación endiabladamente frenética y alocada. Y es que Spielberg ha sabido aprovechar las herramientas que le permite el campo de la animación para manejar con inmaculada precisión toda la puesta en escena. La concepción de los planos y la escenografía, las virtuosas coreografías en la acción, el manejo de un ritmo agitado pero sin apabullar… Todo meticulosamente estudiado y al servicio de una historia repleta de misterio y humor, mucho humor.

Y es que la animación parece ser el formato más adecuado para el concepto de disparatada aventura que el director maneja en esta película. Lo que vemos en pantalla (personajes, gags, acción…) se mueve dentro de los parámetros del slapstick, siendo todo muy caricaturesco (precisamente lo que requería dicho personaje). Quizás eso no exigiera que se empleara la motion capture, pues bien podría haber servido la animación CGI habitual, pero hay que reconocer que
la calidad visual que ostenta es uno de sus mayores atractivos.

La técnica, ya empleada con tibios resultados por Robert Zemeckis en sus últimos largometrajes, sigue mostrándose un tanto defectuosa -o mejorable, si se prefiere- en lo que a expresividad de los personajes se refiere. Aún observándose una mejoría respecto a sus predecesores, los rostros siguen sin resultar del todo convincentes. Las texturas tienen un acabado impecable, pero el movimiento sigue antojándoseme ortopédico. Incluso la gestualidad y movimientos del cuerpo tiene sus más y sus menos (a ratos son más naturales y a ratos no tanto). De todas formas, juega a su favor que el diseño de personajes mantenga, precisamente, la caricaturización de las viñetas, funcionando mejor la expresividad cuanto más exagerados son los rasgos faciales. Es por ese motivo que, a nivel expresivo, Haddock convence mucho más que Tintín, éste último de facciones más suaves y realistas.

Hablando precisamente de estos dos personajes, sobra decir que forman
una pareja aventurera perfecta a pesar de sus dispares caracteres. La torpeza de uno (el lobo de mar de Haddock) es compensada por la astucia del otro (el habilidoso y locuaz Tintín). Juntos protagonizan uno de los tramos más trepidantes e hiperbólicos de la película a bordo de un sidecar, lo cual nos lleva irremediablemente a acordarnos de Henry Jones Jr. y padre en “Indiana Jones y la última cruzada” (sabréis de sobra a qué secuencia me refiero). Por otro lado, Haddock nos obsequia con su momento de gloria al rememorar -flashback mediante- una antigua hazaña de un antepasado en un vibrante abordaje pirata.


Por obra y gracia de la motion capture y del trabajo de todo un especialista en este campo, Andy Serkis,
el bueno –y borrachín- del capitán (que a servidor le recuerda más a Harrison Ford, sobre todo al de “Seis días y siete noches”) termina robándole cierto protagonismo al reportero gracias a sus graciosas y a veces disparatadas intervenciones. Claro que para robaescenas ahí está también el pequeño Milú, un can tan espabilado que deviene en un inestimable compañero de fatigas.

Según pensaba el propio Hergé, Spielberg era el único director capacitado para hacer una película basada en su trabajo. Y tenía razón.

Un neófito tal como un servidor es incapaz de percibir la multitud de referencias al universo Hergé que de buen seguro el aficionado captará al instante, y quizás por ello el director nos deja algún que otro (auto)guiño cinéfilo (véase “Tiburón”) para nuestro regocijo.

De cualquier modo,
“Las aventuras de Tintín: El secreto del Unicornio” es una disfrutable cinta de animación que hará las delicias de los fans de Tintín y contentará también al que busque buen cine de aventuras. Sus casi dos horas se hacen cortísimas, lo cual es un buen síntoma para acoger con los brazos abiertos sus futuras secuelas, siempre y cuando la taquilla responda. Y si lo hace, sé de uno (un tal Zemeckis…) que se va a dar de cabezazos contra la pared.

P.D.1: La loable banda sonora del gran John Willams se contagia de ese tono humorístico de la película, componiendo una partitura muy risueña y jazzística (amén de afrancesada, si se me permite la obviedad, dada la naturaleza franco-belga del personaje). Además ofrece las consabidas aportaciones orquestales enérgicas que acompañan los momentos más trepidantes. Se echa en falta, no obstante, un leitmotiv que quede grabado en la memoria.

P.D.2: Como sé que me lo vais a preguntar… Decir que el 3D se emplea para otorgar profundidad y poco más. Por tanto, no molesta (que ya es mucho) pero tampoco aporta un plus indispensable al visionado de la película. Los que gusten de ponerse las dichosas gafitas no se sentirán estafados (a menos que esperen un efecto estereoscópico espectacular), y el resto podrá disfrutarla de igual manera en 2D.



Lo mejor: su sentido de la aventura; el humor; el capitán Haddock.

Lo peor: la aún deficiente expresividad facial de la motion capture; que el co-protagonista (Haddock) eclipe al protagonista (Tintín).


Valoración personal: Buena

sábado, agosto 06, 2011

“Capitán América” (2011) - Joe Johnston

critica Capitán América 2011 Joe Johnston
Desde que Marvel Comics empezó a llevar las riendas de sus propias adaptaciones superheroicas, las alegrías para la editorial comiquera se han ido sucediendo una tras otra. En 2008, Iron Man supuso el inicio de una nueva y mejor etapa cinematográfica para los superhéroes de la casa, ofreciendo un entretenimiento (de calidad) que marcaría las pautas a seguir en el resto de adaptaciones y supondría también la primera pieza del entramado universo marvelita que se ha ido engrasando para hacer posible la llegada en cines de “Los Vengadores”, esa (super)película que reunirá a todos los superhéroes (entre otros personajes) que se han ido presentando en solitario y conectando película tras película. Con mayor o menor acierto, hemos visto ya prácticamente a la totalidad del supergrupo, y ya sólo nos quedaba por ver al Capitán América.

1941. En plena Segunda Guerra Mundial, el valiente Steve Rogers (Chris Evans), un joven de apenas 45 kilos de peso, intenta reiteradamente ingresar en las filas del ejército estadounidense para luchar junto a los suyos en la guerra contra las Potencias del Eje. Aunque su frágil y enclenque complexión invita a que rechacen constantemente su solicitud, Steve no se rinde, y por fin su insistencia obtiene recompensa cuando le eligen para ser el primero en formar parte de un programa experimental que lo convertirá en un súper soldado.

Con una mejorada apariencia física y convertido en el Capitán América, Steve unirá fuerzas con su amigo Bucky Barnes (Sebastian Stan) y la agente Peggy Carter (Hayley Atwell), bajo las órdenes del Coronel Chester Phillips (Tommy Lee Jones), para luchar contra la malvada organización HYDRA, la división científica de Adolf Hitler encabezada por el infame Cráneo Rojo (Hugo Weaving).

Como ya he comentado al inicio de la crítica, Marvel ha ido conectando sus personajes para allanar el terreno a Los Vengadores. Primero empezó con unos meros guiños y referencias circunstanciales, para pronto pasar a aumentar la presencia de la división S.H.I.E.L.D. (División Nacional de Intervención, Seguridad y Logística) y cobrar ésta un mayor protagonismo en las tramas. Esto ocurría en Iron Man 2, en la reciente Thor y, por supuesto, también en Capitán América. Sin embargo, el hecho de que la acción transcurra durante la II Guerra Mundial obliga a establecer esos lazos de unión al margen de la trama principal. ¿Y de qué modo se consigue eso? Pues mediante un prólogo y un epilogo que se ubican en la actualidad (amén de algún que otro personaje como Howard Stark –padre de Tony Stark/Iron Man- o el poderoso objeto –un cubo cósmico- que codicia Cráneo Rojo)


Pero el hecho de unificar a todos los personajes en un mismo universo se puede convertir en un arma de doble filo. Y es que eso es bueno y malo según cómo se mire. Bueno porque hace posible la existencia de los Vengadores, una de las traslaciones a la gran pantalla más ansiadas por los fans de los superhéroes y una película que puede convertirse en un gran pelotazo taquillero si se hacen bien las cosas. Malo porque esa dependencia les hace perder, en cierto modo, su individualismo, su propia esencia, su razón de ser por sí solos. Dado que esa dependencia ha ido en aumento, en algunas casos como la secuela de Iron Man ha conseguido hundir la propia película, que con tanto personaje y subtrama de por medio parecía más una precuela de los Vengadores que una secuela del hombre de hierro. No obstante, hay decir que esto no le ocurre de forma tan grave al Capitán América, donde la mayor parte del tiempo asistimos al nacimiento del superhéroe en respuesta a las preguntas básicas habituales (cómo, cuando, dónde y por qué) y a su lucha contra un enemigo único y exclusivo de la trama que aquí nos presentan.

Así pues, tenemos a un joven que de la noche a la mañana, y gracias a un suero especial y al bombardeo de unos “vita-rayos”, pasa a convertirse en un supersoldado dispuesto a luchar por su patria, aunque antes de empezar a partir cráneos nazis tenga que pasar por la humillación de convertirse en un reclamo publicitario (además de un símbolo patriotero) para recaudar fondos para los aliados. Sin embargo, una vez demostrada su valía en el campo de batalla (misión de rescate mediante), veremos al Capitán América en plena acción, con su traje de colores y su indestructible escudo haciendo frente a los esbirros del megalómano Johann Schmidt/Cráneo Rojo.

Los guionistas han sabido moverse dentro de los entandares de Marvel para crear una aventura con sabor a pulp que sabe combinar sabiamente las escenas de transición con las de acción. Además, conectamos inmediatamente con el personaje de Steve Rogers no porque sintamos lástima por él sino por las agallas de las que hace gala pese a su debilucho físico, por su buen corazón y sobre todo por esa estimable integridad y honestidad que le hacen digno de convertirse en el elegido para ser el Capitán América. La presentación del personaje desde que aparece por primera vez en pantalla hasta que se convierte en un soldado hipermusculado está narrada de forma muy amena, sabiendo introducir correctamente al resto de personajes (y son unos cuantos) que conforman la trama, y dándole a cada uno los minutos pertinentes para desarrollar una historia que, aún en su sencillez, se muestra de lo más sólida.



Pese a su irregularidad como cineasta y a la poca confianza que inspiraba en muchos tras el batacazo de “El hombre lobo”, Johnston ha sabido manejar con acierto el encargo que se le ha encomendado, trasladando al personaje de la viñeta a la pantalla sin caer en lo ridículo o en lo ostentoso (patriotismo, el justo y necesario). La película goza de cierto regustillo a aventura añeja gracias no sólo a la época en la que se desarrolla sino también al tradicional y muy comiquero tratamiento de los personajes, a la ejecución clásica y medida de Johnston en las escenas de acción (se nota que es un director de la vieja escuela que no ha sucumbido a las moderneces de hoy día) y al fantástico apartado artístico (caracterizaciones, diseños retro, etc.). Lo dicho, un pulp en toda regla, y con mucha honra.

Las escenas de acción son atractivas y, lo que es mejor, comprensibles para el ojo humano. Además, toda esa pirotecnia está bien distribuida a lo largo del metraje y consta de unos efectos especiales más que convincentes. Quizás en alguna ocasión chirríen un poco (algún que otro croma, por ejemplo, o cuando los soldados de HYDRA salen volando por los aires), pero en otras la calidad es prácticamente impecable (el Steve Rogers enclenque, sin ir más lejos)

Las notas de humor no caen en lo chorra o bobalicón como ocurría en el Thor de Kenneth Brangh (director, irónicamente, de mayor prestigio que el aquí presente) sino que son simpáticas e incluso divertidas (a destacar las frases que suelta el -serio pero bonachón-Coronel) y las secuencias más épicas logran ser emocionantes, ayudadas en parte por la adecuada -si bien funcional- partitura de Alan Silvestri, donde destaca un logrado leit-motiv fácilmente reconocible y tarareable que ya identifica al Capitán (vale que Silvestri no es Williams, pero hace bien su trabajo)

Chris Evans cumple sobradamente como héroe (tanto en lo físico como en lo interpretativo), y está muy bien acompañado por un muy correcto elenco de secundarios donde destacan Tommy Lee Jones y Stanley Tucci en el bando de los buenos, y Hugo Weaving (un crack haciendo de villano) en el de los malos.

Así que con “Capitán América” la diversión está garantizada. Un agradable y satisfactorio entretenimiento pulp y la segunda mejor película de superhéroes del año (ya sabéis cuál es la primera)

P.D.: Tras los créditos os espera el avance de “Los Vengadores”. Y sigo creyendo que esa es la manera idónea -utilizando las escenas post-créditos- de conectar todos los personajes para poder disfrutar de forma individual de sus películas. El desenlace de este “Capitán América” es demasiado dependiente de la película que veremos el año que viene. Y eso, desde la perspectiva del no fan o del espectador que va a ver simplemente una película más de aventuras, es un error.


Lo mejor: su espíritu pulp

Lo peor: su vinculación con Los Vengadores.


Valoración personal: Buena

martes, mayo 03, 2011

"Thor" (2011) - Kenneth Branagh

critica Thor 2011 Kenneth Branagh
Thor, creado por Jack Kirby y Stan Lee, es uno de los personajes más populares de Marvel, y uno de los pocos –de entre los más conocidos- que faltaba por llevar a la gran pantalla.

Su adaptación cinematográfica no ha sido una elección hecha al azar o considerando su popularidad, sino que forma parte del plan orquestado por Marvel para llevar a cabo su ambicioso proyecto de Los Vengadores (The Avengers), el cual supone la reunión de algunos de sus superhéroes más icónicos. Thor es, por tanto, una pieza más del rompecabezas que forman Iron Man, Hulk y el inminente Capitán América. Claro que, por separado, cada superhéroe puede tener también su correspondiente saga si la primera entrega funciona como es debido, cosa que ha ocurrido con el hombre de hierro, pero no con el gigante verde.

Thor, príncipe y heredero al trono de Asgard, desata con la osadía e imprudencia de sus actos una antigua guerra contra los Gigantes de Hielo. En consecuencia, es castigado por el Rey Odín, su padre, a ser enviado a la Tierra, donde se ve obligado a vivir entre humanos. Mientras Thor permanece desterrado, el más peligroso de sus enemigos tratará de conquistar su querido reino aprovechando la ayuda de un traidor de palacio.

Para todos aquellos ajenos a las viñetas originales, los guionistas se han encargado de ponernos en situación y explicarnos un poco de qué va esto de tener a un Dios nórdico en modo superhéroe para que luego no nos resulte demasiado chocante todo lo que veremos a continuación. Así pues, al inicio ya se nos explica quienes son todos estos dioses de brillantes y coloridas armaduras, cuál es su función en el universo, dónde se encuentra su reino, y porque unos grandullones con muy malas pulgas llamados los Gigantes de Hielo son sus enemigos (y también los nuestros)

Hechas las presentaciones, pasamos ya a la trama en sí y se nos muestra el reino de Asgard en la actualidad.

Lo que aún no la hayan visto se estarán preguntando sí la acción se desarrolla básicamente en la Tierra (conocida como Midgard para estos dioses) o vemos a Asgard en más de una ocasión. Y la respuesta es que los acontecimientos transcurren tanto en un mundo como en el otro (aunque del palacio de Odín apenas salimos)

Principalmente, seguimos a nuestro protagonista, así que contemplamos el destierro de Thor en la Tierra y cómo éste intenta adaptarse a un lugar y a unas costumbres que le son extrañas. Nadie aquí sabe de la existencia de otros mundos, y mucho menos que él es el príncipe de uno de ellos. Además, ha sido despojado de todas las cualidades y pertenencias que le hacen ser quien es, así que ya nada le diferencia del resto de los humanos.

Thor debe soportar la carga de haberse convertido en un paria, en un príncipe desterrado de su hogar justo cuando éste más le necesita.

Su suerte mejora cuando conoce a Jane Foster, una investigadora que está efectuando un trabajo de campo sobre unos inexplicables fenómenos en el cielo nocturno, y con la que el dios tropieza por accidente (y nunca mejor dicho) a su llegada a la Tierra. Ella y su equipo intentarán echarle una mano, sobre todo cuando una misteriosa agencia conocida como Shield se empiece a interesar por el recién llegado.

Mientras esto sucede en la Tierra, en Asgard existe la amenaza de la guerra contra los Gigantes de Hielo. Por otro lado, empiezan a desencadenarse ciertos conflictos en la familia real que ponen en peligro el trono, más ahora que su legítimo sucesor está ausente, y que su codicioso hermano ansía arrebatarle el puesto.


A grandes rasgos, la historia de la película recuerda un poco a la de las grandes tragedias griegas. Quizás por ello la elección de Kenneth Branagh como director, con su larga y fructífera trayectoría adaptando a Shakespeare, resultara más que adecuada. De todas formas, hay que decir que muy poco de aquél Branagh se intuye aquí.

“Thor” sigue a pies juntillas los patrones marcados por sus predecesores y, por tanto, no va más allá de ofrecer un lujoso y digitalizado espectáculo palomitero con el que satisfacer a todos los públicos y especialmente al fandom. Branagh ejerce su labor como si de cualquier otro “mercenario” contratado para tales menesteres se tratara, si bien su experiencia y valía como cineasta quizás haya evitado que la historia sucumba a un abuso de pirotecnia, como ha ocurrido muchas otras veces. De ahí que en ese sentido podamos decir que existe un buen equilibrio en trama y acción, entre diálogos y efectos.

Precisamente en términos de acción quizás observemos menos pericia –o más inexperiencia- por parte del británico, ya que las escenas de acción, aunque vistosas (CGI mediante), no son especialmente llamativas o lo espectaculares que uno desearía. No más de lo habitual, que digamos, o al menos no lo suficiente como para que las acojamos con ferviente entusiasmo y a la salida del cine nuestro cerebro las haya retenido en su memoria. Hay que indicar también que estos momentos alcanzan su cénit al principio y al final de la película, mientras que en el transcurso de la misma hay un cierto relax destinado sobre todo a desarrollar los conflictos -personales y familiares- de sus protagonistas (un punto a su favor, dicho sea de paso, aunque la evolución de Thor resulte, cuanto menos, forzada) y también en centrarse en los superficiales y poco convincentes escarceos amorosos de Thor y Jane (un punto en contra)

El relato se vuelve más contundente y, en cierto modo, épico, cuando más y mejor se desarrolla la historia entre Thor, su hermano Loki y su padre. En cambio, se resiente cuando se centra en la vida de Thor en la Tierra. Y esto ocurre debido en parte a la presencia de la corporación SHIELD, la cual se siente más útil como antesala a lo que veremos en Los Vengadores que como elemento fundamental de la historia que se maneja en la película.

Que Marvel esté unificando todos sus personajes es un acierto que puede también convertirse en un lastre, como bien ocurrió con Iron Man 2", donde el exceso de personajes y subtramas provocaba, entre otras cosas, que la película pareciera más una precuela de la futura Los Vengadores que una verdadera continuación de su predecesora. Thor consigue no sucumbir ante ello, pero esas ligaduras le pasan cierta factura.

De lo que podemos estar satisfechos es del reparto, ya que Chris Hemsworth se erige como una más que satisfactorio dios del trueno. El actor se sometió a un duro entrenamiento para dar físicamente la talla, pero además cumple también con lo que se le pide al héroe de toda aventura, y es que tenga el suficiente carisma como para que se gane nuestra simpatía incluso cuando se nos presenta como un arrogante principito. Hemsworth no es sólo una cara bonita, y eso se agradece.

Su némesis, Loki, es un villano del que se intuye un enorme potencial, pero que aquí no se ha podido explotar debidamente.


Todo lo que a Tom Hiddleston le falta de presencia (no es un actor que, en apariencia, intimide demasiado o se sienta verdaderamente peligroso o amenazador en la piel de Loki), lo compensa con sus dotes interpretativas, conformando un personaje ambiguo que en manos de otro bien pudiera haber caído en el histrionismo (a los convincentes momentos dramáticos me remito)

Portman tan competente y maja como siempre para un papel un tanto anodino y carente de interés.

En cuanto al resto de secundarios, la mayoría quedan en un segundo plano. Y eso incluye al propio Odín (un Anthony Hopkins poco aprovechado) como a los compañeros de batalla de Thor (una especie de risueños mosqueteros), que podrían haber dado más de sí y se quedan en nada. Rene Russo como Frigga, la esposa de Odín, o Kat Dennings como la amiga friki de Jane/Portman, están ahí más que nada para hacer bulto. Idris Elba mola como Heimdall, pero tampoco hace gran cosa más que sujetar una gran espada. Y el bueno de Stellan Skarsgard parece que ganará protagonismo en un futuro.

La acertada banda sonora de Patrick Doyle va acorde con la temática (el leitmotiv es bastante bueno) y los efectos especiales están conseguidos la mayor parte del tiempo (los Gigantes de Hielo cantan demasiado, pero la oscuridad imperante en sus secuencias ya se encarga de disimularlo) La estética kitsch y colorista de los dioses de Asgard -con sus armaduras de PVC- gustará más a unos que a otros. En mi opinión, es un tanto hortera, pero uno termina acostumbrándose, y en lo que a escenarios se refiere, gana enteros gracias a su majestuosidad.

Branagh consigue, con este trabajo de encargo, rodar con solvencia una película que no se desvía de los parámetros establecidos en este tipo de producciones. De hecho, personalizarla o llevarla demasiado a su terreno (como hizo Ang Lee con Hulk) podría haber roto esa homogeneidad que Marvel tan laboriosamente está tejiendo. Pero también se percibe muy poco riesgo; una clara tendencia a ofrecer un producto de fácil y rápida digestión.

Así pues, funciona como mero entretenimiento aunque no levante pasiones, y también como carta de presentación de Thor y su universo para la futura Los Vengadores. No hay nada realmente malo o negativo en ella, pero tampoco nada remarcable. Posee ese -quizás excesivo- humor tontorrón deudor de "Iron Man", pero no es mejor que aquella (sí que su secuela). Es más, puestos a comparar, se ve superada con creces tanto por el film de Favreau como por el de Leterrier (a gusto de un servidor, claro)

En temas de fidelidad ya no puedo opinar, pues jamás he tenido el gusto de leer un cómic del personaje, pero me consta (por opiniones ajenas) que este tema ha sido bien llevado y que los fans disfrutarán de los diversos guiños (y cameos) referentes al mundillo marvelita.

P.D.: Fans del 3D, no malgastéis vuestro dinero. El efecto estereoscópico es prácticamente imperceptible.

P.D.2: Si tenéis opción, elegid la V.O.S. El doblaje de Thor, Sif y Hogun es denunciable. Y no tiene perdón que en un pase de prensa nos la “metieran doblada”.


Lo mejor: lo que acontece en Asgard.

Lo peor: lo que acontece en la Tierra.


Valoración personal: Correcta

sábado, abril 09, 2011

"Río" (2011) - Carlos Saldanha

critica Río 2011 Carlos Saldanha
Blue Sky Studios es uno de los estudios que mejor ha sabido abrirse paso en el cada vez más competitivo campo de la animación por ordenador. Con Pixar y Disney (juntos o por separado) a la cabeza, y Dreamworks pisándole los talones como máximo rival, la animación digital ha abierto un nuevo filón al que poco a poco otros estudios han querido sumarse. Lo que antes, con la animación tradicional en 2D, estaba reservado a unos pocos (al menos en Hollywood), ahora parece haberse extendido de forma considerable, con lo que cada año tenemos más propuestas animadas en cartelera. Y eso supone, además de mayor competencia, también un beneficio para el espectador, que tiene más dónde escoger y/o más con lo que disfrutar.

Blue Sky -en colaboración con Twentieth Century Fox Animation- acertó de lleno debutando con el largometraje ‘Ice Age: la edad de hielo’, una simpática película que ha terminado convirtiéndose en una exitosa saga que ya va camino de ser una tetralogía (el estreno de la cuarta entrega se prevé para el año próximo). Pero entre secuela y secuela de los animales prehistóricos, también han tenido tiempo para crear mundos robóticos con ‘Robots’ y para adaptar el cuento infantil ‘Horton Hears a Who!’ (aka ‘Horton’ a secas) del escritor apodado Dr. Seuss. De hecho, y a excepción de ésta última, todas estas películas han estado dirigidas o co-dirigidas por su co-fundador, Carlos Saldanha, que de nuevo repite en solitario con ‘Río’.

La historia gira en torno a Blu, un guacamayo domesticado que jamás aprendió a volar y que disfruta de una cómoda -y casi humana- vida al lado de su propietaria y amiga, Linda, en la pequeña ciudad de Moose Lake (Minnesota).

Un buen día, reciben la inesperada visita de Tulio, un científico experto en aves que les comunica que Blu es la única esperanza para evitar que su especie se extinga. Tulio pide a Linda que viajen hasta Río de Janeiro para que el azulado pájaro ’se junte’ con Perla, la última hembra que queda de su especie. Pese a las reticencias iniciales, Linda y Blu deciden hacer el viaje.

Una vez en Brasil, sin embargo, Blu y Perla son secuestrados por un grupo de torpes contrabandistas de animales. Con un poco de ingenio, ambos logran escapar de sus secuestradores, pero su aventura por las calles de Río de Janeiro no ha hecho más que empezar…

Con esta colorida propuesta (porque si de algo puede presumir ‘Río’ es de una rica gama de colores) Saldanha parece haber querido rendir un pequeño homenaje a su ciudad natal, Río de Janeiro. Y es que prácticamente toda la historia transcurre en la capital, ejerciendo ésta casi como un personaje más de la trama. Son fácilmente reconocibles algunos de los lugares o monumentos más famosos de la ciudad (el Cristo Redentor, una de las siete maravillas del mundo) e incluso su tradicional y mundialmente famoso Carnaval, el cual llega a tener un destacado protagonismo en la película.

En Brasil empieza y acaba la historia de Blu, un guacamayo que, siendo un polluelo, es arrancado de su hogar y dejado, por accidente, en medio de un nevado pueblo de Minnesota. Allí lo encuentra Linda, una amable librera que lo adopta y lo cuida casi como a un hijo. Con los años, el vínculo de amistad entre Blu y Linda crece y se hace más y más fuerte, y con ello, también el acomodamiento del azulado pájaro a una vida hogareña, lejos de los peligros (y la libertad) de la salvaje selva brasileña.



Es por eso que su llegada a Río supone para Blu todo un acontecimiento. Y una vez que se ve en vuelto en la trama de los traficantes de animales, su estancia allí se convierte en una verdadera odisea emocional y física. Junto a los nuevos amigos que hará por el camino, Blu emprenderá una aventura en busca de sus raíces, del valor para aprender a volar y, por supuesto, del amor.

Y es que en este tipo de historias no faltan ni los amigos del prota (entre ellos siempre está el secundario gracioso), el amor por el que éste suspirará (aunque al principio no congenien en absoluto), y el malo maloso de turno y sus secuaces (que si pueden ser torpes y cazurros, mejor que mejor). En este caso, además, habría que añadir a una vil y resentida cacatúa australiana llamada Nigel, que ejerce de sicario del jefe de los contrabandistas y que supone la mayor amenaza de Blu y cía (amén de ser uno de los personajes más destacables de la cinta); o a los monos carteristas, que más que monos parecen gremlins.

Aunque parezcan demasiados, todos estos personajes -más los que he preferido omitir- funcionan cada uno como parte de un todo, y si bien quizás no llegan a tener el carisma de, por ejemplo, los protagonistas de Ice Age, el espectador sí logra simpatizar con ellos (más con los animales que con los humanos, eso sí).


En algunos aspectos, la trama podría recordarnos a la -para mi, mediocre- saga Madagascar de Dreamworks, por aquello de tener por protagonista a un animal salvaje domesticado. Luego el resumen del paso de los años juntos de Linda y Blu a base de fotos se asemejaría al de ‘Up’ (sólo que sin el intenso puntito dramático que tan bien sabe encasquetarnos el estudio del flexo); y en cuanto al mensaje ecológico, digamos que Río quedaría más emparentada con la española ‘El lince perdido’. De todos modos, el film de Saldanha se siente diferente y es visualmente muy atractivo.

Eso sí, hay que decir que el efecto estereoscópico es bastante intrascendente y, por tanto, no creo que en este caso en particular añada un plus a su visionado (no como en ‘Gru, mi villano favorito’, que al menos le sacaba algo de provecho a este ‘ingenioso -y poco novedoso- sacacuartos’). Así que verla en 2D es tan buena opción como en 3D, aunque también es cierto que son este tipo de películas, las animadas, las que permiten sacarle más y mejor partido a esta moda.

Efectismos a parte, la historia tiene un destacable componente musical que captura a la perfección la esencia y los ritmos de Brasil.

Los momentos musicales, con sus alegres canciones (aunque yo soy más de mambo que de samba, todo sea dicho) y sus bailes amenizan la trama sin resultar un estorbo ni hacerse pesados por alargarse en exceso, cosa que no ocurre. Y en un momento u otro, casi todos los personajes se contagian del compás brasileiro y demuestran su talento por el baile e incluso el canto. Claro que detrás de esos animales pixelados hay todo un elenco de estrellas musicales tales como will.i.am (de Black Eyed Peas), Jamie Foxx (que, para el que no lo sepa, también es cantante), Bebel Gilberto, Taio Cruz, Ester Dean, Siedah Garrett, Jemaine Clement y el más conocido para todos nosotros, Carlinhos Brown.

Así que con todo, y pese a sus más que evidentes clichés, ‘Río’ resulta ser una amena, vistosa y animada (valga la redundancia) propuesta de animación. Más entretenida que divertida, pero igualmente recomendada para toda la familia (especialmente para los más pequeños).


Lo mejor: su colorido aspecto visua ly su musicalidad.

Lo peor: algunos gags de carácter infantil.


Valoración personal: Correcta

sábado, marzo 05, 2011

“Rango” (2011) - Gore Verbinski

critica Rango 2011 Gore Verbinski
Como otros tantos directores de Hollywood, Gore Verbinski pasó del mundillo de los spots publicitarios al del cine de Hollywood de un salto, y tras unos cuantos proyectos de menor calado (una simpática comedia familiar, un estupidez al servicio de la pareja Brad Pitt-Julia Roberts y un correcto remake de una película de terror japonesa), al director le llegó la gloria de forma inesperada con “Piratas del Caribe: la maldición de la Perla Negra”, una excelente película de aventuras que fue todo un éxito el año de su estreno (un sleeper en toda regla), y que dio origen a una de las sagas más taquilleras de los últimos años. De hecho, él mismo se hizo cargo de las pertinentes secuelas… a excepción de la inminente cuarta entrega, pues al parecer Verbinski declinó la oferta para tomarse un respiro, alejarse de los piratas caribeños y abordar un proyecto más personal.

Y ese proyecto es ni más ni menos que Rango, una curiosa comedia animada que tiene a un camaleón por protagonista. Su historia comienza así…

Tras sufrir un desafortunado accidente, Rango acaba perdido en el Desierto de Mojave. El camaleón, que hasta entonces había visto el mundo a través del cristal de un terrario, tiene que empezar a buscarse la vida por su cuenta. Guiado por un viajante, Rango llega andando hasta un pueblo perdido llamado Polvo, un lugar tan polvoriento como su nombre indica.

Su llegada despierta la curiosidad de los habitantes, poco acostumbrados a ver forasteros por la zona. Para Rango, la llegada a Polvo supone la oportunidad de empezar una nueva vida, y para ganarse la confianza de la gente, decide construirse una nueva identidad.

Sin embargo, el destino le aguarda más sorpresas, y sin comerlo ni beberlo, Rango acabará convirtiéndose en el sheriff del poblado. Y ese, amigos, será el principio de una leyenda…

La idea de Rango rondaba la cabeza de Verbinski desde hacía tiempo, llegando incluso a escribir un primer borrador del guión. En ese momento, sus compromisos con la saga piratesca le impidieron abordar el proyecto, pero una vez apeado de la franquicia, el director se puso manos a la obra con ello. Y el resultado es esta inusual película de animación.


A grandes rasgos, la historia de este camaleón en plena crisis existencial es la de un personaje desdichado que busca encontrar su lugar en el mundo. El miedo a ser rechazado provoca que Rango se decida a fingir ser quién no es para ganarse el aprecio y el respeto de sus nuevos amigos. Sin embargo, y como dice el dicho, se atrapa antes a un mentiroso que a un cojo, y tarde o temprano éste deberá afrontar la realidad.

Rango también se convierte inesperadamente en el héroe de Polvo, un pueblo sumido en la desgracia por culpa de la escasez de agua. Así pues, el recién nombrado sheriff desafiará la mala suerte y plantará cara a quién haga falta con tal de devolver el preciado bien a sus habitantes. Es entonces cuando se dará cuenta que convertirse en héroe fue relativamente fácil, y que lo difícil será representar a ese personaje hasta el final de su aventura.

En este viaje plagado de peligros, Rango aprenderá lo importante que es creer en uno mismo, y es que a fin de cuentas, de lo que trata la película es básicamente de eso.

Puede que en ese sentido, lo leído hasta el momento no os parezca excesivamente original, y probablemente no lo sea. Pero el film de Verbinski tiene la gran virtud de contar una historia tópica con gracia y buen gusto.


Uno de los mayores aciertos es el haber aprovechado el desértico escenario de Mojave para ubicar la historia en una especie de salvaje oeste contemporáneo y protagonizado por animales antropomórficos.

“Rango” deviene en un auténtico homenaje al western al transitar por los lugares y situaciones comunes del género. Tenemos a un sheriff honrado (aunque no siempre lo eran), a una granjera en busca de justicia, a pistoleros de gatillo fácil, a un indio rastreador, a bandidos con gusto por el saqueo… Tenemos un saloon en el que se juega a póker, tenemos atracos al banco y asaltos a la diligencia (o algo así), tenemos duelos a revólver... Tenemos prácticamente de todo.

Si cada fotograma de la película desprende aroma a puro western (y muy especialmente, a spaggetti western), la banda sonora no podía ser menos, y ahí está el gran Hans Zimmer demostrando una vez más que sabe adecuarse a lo que la historia le exige, y que aunque muchos lo sigan considerando un compositor repetitivo, él es capaz de seguir sorprendiendo con cada trabajo, como ya hizo con el score de “Sherlock Holmes”. Puede que algún tema nos recuerde a los de aquella (el inicio del Rango Suite, sin ir más lejos), pero las referencias de Zimmer no son otras que los maestros del cine del oeste como Ennio Morricone o Dimitri Tiomkin. Y la banda sonora de Rango nos traslada a aquellos tiempos remotos con cada una de sus notas.

Hay temas de carácter épico para aquellas escenas más trascendentales o simplemente para aquellas en las que la acción se apodera de la pantalla. Otros, en cambio, son mucho más jocosos enfatizando así el tono humorístico que caracteriza a la película. De todos ellos, me quedo con “We Ride, Rally”, tema que se inspira claramente en el clásico country “Ghost Rider in the Sky”. Y a destacar también la canción del propio Rango, que no recae en Zimmer sino en Los Lobos, grupo vinculado estrechamente con el cine desde que colaboraran con la película “La Bamba” (recomendable biopic, por cierto), versionando el famoso tema de Ritchie Valens. Suya también es la canción que suena durante los créditos, y que recuerda sobremanera al popular Misirlou (que al igual que el Ghost Rider in the Sky, ha tenido infinidad de versiones)

Cabe decir que la música tiene un papel importante en la película gracias a los simpáticos narradores de la leyenda de Rango: unos mariachis con mucha pluma (dicho esto en el sentido literal) Un recurso similar al que usaron los Farrelly en “Algo pasa con Mary”.


Música a parte, cabe destacar el variado y variopinto grupo de personajes presenta la película, cada uno representado con el animal más acorde a sus rasgos (al estilo Blacksad); las referencias más o menos sutiles al género (a Leone en particular… y no digo más para no chafaros cierta sorpresa), y sobre todo el sobresaliente trabajo de animación hiperrealista que ha realizado la Industrial Light & Magic. El acabado es de una calidad indiscutible, tanto en personajes (de aspecto caricaturizado) como en escenarios, elementos (agua, fuego), etc.

Es posible que nos cueste un poco entrar en la película (quizás debido a un prólogo un tanto alargado y con ciertos altibajos en el ritmo), pero cuando uno se sumerge de lleno en la historia, lo cierto es que se disfruta y mucho. El humor es a ratos delirante y las secuencias de acción están realmente conseguidas (el momento “valkirias” es apoteósico), cosa de esperar teniendo en cuenta que Verbinski ya había cogido experiencia en el tema gracias precisamente a la saga de Piratas del Caribe.

Sin duda, estamos ante una propuesta inusual dentro del campo de la animación, y bien vale la pena acercase al cine más cercano para disfrutar de las alocadas desventuras de este singular camaleón vestido con camisa hawaiana (un claro guiño a “Medio y ascos en Las vegas” de Johnny Depp, su doblador en la película)

P.D.: Me pregunto si habrán escogido a Timothy Olyphant para prestarle la voz al Espíritu del Oeste después de verlo en la serie “Justified”.



Lo mejor: la animación hiperrealista; el homenaje al western.

Lo peor: que al principio cueste un poco entrar en la historia.


Valoración personal: Buena


sábado, febrero 12, 2011

"Valor de ley" (2010) - Joel & Ethan Coen

critica Valor de ley 2010 Joel & Ethan Coen
En 1969, John Wayne protagonizó “True Grit” (aka Valor de ley), un simpático western dirigido por el casi siempre eficiente Henry Hathaway, con quién el actor ya había trabajo en varias ocasiones (a destacar su colaboración en “Los cuatro hijos de Katie Elder”). La película era una adaptación de la novela homónima de Charles Portis, escrita tan sólo un año antes. Por su interpretación del duro y borrachuzo Rooster Cogburn, Wayne se llevó el primer y único Oscar de su carrera (además de un Globo de Oro), lo que muchos consideraron más como un premio a toda su carrera. Cuando El Duque subió a recoger la estatuilla dorada, afirmó que si lo hubiera sabido, se habría puesto el parche treinta años antes. Y es que a esas alturas, Wayne había rodado ya prácticamente las mejores películas de su carrera (a falta de cerrar la trilogía del oeste de Hawks con “Río Lobo” y protagonizar esa especie de autohomenaje que fue “El último pistolero”, su último film), y poco le quedaba ya para retirarse sin apenas haber recibido mayor reconocimiento a su labor que una anterior nominación por una poco conocida película bélica titulada “Arenas sangrientas”.

El éxito de “Valor de ley” propició una secuela igualmente estimable, “El rifle y la Biblia” (Rooster Cogburn, 1975), en la que esta vez era una madurita Katharine Hepburn la que acompañaba a Wayne, formando así una pareja de lo más entrañable (siendo, además, la única vez que ambos coincidieron en pantalla). Pese a repetir la fórmula de su predecesora, su éxito en taquilla fue más bien moderado, y aunque llegó a planearse una tercera parte, ésta finalmente nunca llegó a rodarse.

Ahora, más de cuatro décadas más tarde, nos llega un remake de aquella primera película a cargo de los hermanos Coen, quiénes llevaban tiempo queriendo rodar un western (lo más cercano que han hecho a “una del oeste” ha sido “No es país para viejos”)

Mattie Ross (Hailee Steinfeld), una chica de 14 años de edad, emprende una búsqueda para vengar la muerte de su padre a manos de un vagabundo llamado Tom Chaney (Josh Brolin). Para ello, contrata al alguacil Reuben J. Rooster Cogburn (Jeff Bridges), un oficial de policía tuerto, alcohólico y con sobrepeso. No sin ciertas reservas, Cogburn acepta el encargo de atrapar a Chaney en compañía, pese a su negativa, de la joven muchacha. A estos se les une el agente de los Rangers de Texas La Boeuf (Matt Damon), que también anda detrás del fugitivo.

Siendo un apasionado de los westerns, y habiendo visto tantos y tantos a lo largo de los años, quizás se me ocurran unos cuantos que pudieran ser perfectamente objeto de remake. Pero cuando esto le ocurre a aquellos que, en mi opinión, ya están bien tal como están, la primera palabra que me viene a la cabeza es “innecesario”. Sin embargo, con “El tren de las 3:10”, (actualización del homónimo de Delmer Davis), me llevé una grata sorpresa, y teniendo en cuenta que detrás de esta nueva versión de “Valor de ley” estaban los Coen, traer de vuelta a Rooster Cogburn no me pareció tan mala idea.

Los directores se justificaron argumentado que pretendían ser más fieles a la novela, de modo que esta vez el film no fuese un vehículo a mayor gloria de su estrella principal sino que el protagonismo recayese en el personaje de Mattie. Y para conseguir esto, los Coen han introducido una serie cambios, en algunos casos, sustanciales.

Para empezar, el prólogo y el desenlace le pertenecen a Mattie. Con ella se inicia la historia y con ella termina. Y pudiera ser que estas partes fueran claramente las más diferenciadoras respecto a la original, ya que el resto viene a ser, prácticamente, la misma película. Incluso buena parte de los diálogos son similares (o los mismos).



Esto me lleva a pensar que, quizás, la cinta de Hattaway no se distanciaba tanto del libro que adaptaba. O eso, o los Coen toman tantas referencias de la novela como de la película (entre ellas, el parche en el ojo de Rooster, que fue una aportación de ésta última y que aquí reaparece cambiado de lado, eso sí)

Mediante el habitual recurso de la voz en off, Mattie nos cuenta la historia de cómo su padre murió a manos del canalla de Chaney. Así pues, en cuestión de unos pocos minutos se sitúa al espectador en la historia. Este hecho es el que motiva el viaje de Mattie en busca de justicia para su padre.

La muchacha, increíblemente adulta, valiente y decidida para su edad, reclama a la policía que traiga a Chaney ante la ley para que se le juzgue. Sin embargo, éste ya está demasiado lejos del lugar del crimen y nadie parece dispuesto a darle caza, menos aún cuando en su huida se ha unido a una banda de forajidos. Es por ello que Mattie se ve obligada a contratar los servicios de un alguacil. Y no hay nadie mejor en la ciudad que Rooster Cogburn.

Cogburn es uno de los mejores en su trabajo, pero su eficacia a base de tiros es bastante criticada en los tribunales. Y es que nuestro tuerto oficial es de gatillo fácil; de disparar primero y preguntar luego. Aunque son muchos los bandidos que ha llevado ante la justicia, no son pocos tampoco los que han acabado en un ataúd antes de poder ser juzgados.

Y este es el tipo de hombre que busca Mattie. Un agente de la ley duro y sin contemplaciones. El único que sabe que podrá capturar a Chaney, ya sea vivo o muerto.

Pero un tercer e inesperado aliado se une a la caza. Ese es La Boeuf, un engreído y charlatán Ranger de Texas que lleva tiempo detrás de Chaney por el asesinato de un senador texano.
Pese a las continuas desavenencias, los tres unirán fuerzas para que Chaney rinda cuentas ante la ley.



“Valor de ley” es una road movie en la que el espectador contempla el viaje que inician tres personajes a la caza de un despreciable bandido. Tres personas muy distintas entre sí, pero a las que les une su sentido de la justicia. Puede que en la captura de Chaney cada uno tenga sus propios intereses (dinero, venganza o reputación), pero en el fondo, los tres perseguirán un mismo ideal: el de hacer lo que es correcto.

Para Rooster, Mattie y La Boeuf será, además, un viaje de aprendizaje. El primero antepondrá su sentido del deber al dinero; la segunda descubrirá que bajo una desaliñada y dura coraza de alguacil, late el corazón de un gran hombre; y el tercero comprenderá que la arrogancia sólo puede conducirle a una muerte segura.

Sin abandonar las pinceladas de humor que caracterizaban a la original, esta visión de los Coen es algo más cruda. Incluso con un cambio que podría considerarse trivial, como es el pasar de la alegre y viva primavera al frío y lóbrego invierno como estación en la que transcurre toda la acción, se advierte ya el tratamiento que los directores quieren darle a la historia. Y a ello se le una serie de modificaciones, como el distinto devenir de algunos personajes o un cierre mucho más melancólico, que contribuyen a hacer de “Valor de ley” un western más crepuscular y solemne. Un buen ejemplo de cómo, con un remake, se puede honrar a su predecesor y a la fuente madre a la vez, es decir, a la novela.



Los Coen han encontrado una historia a su medida y han construido un film en el que sus intérpretes juegan una gran baza.

La elección de la desconocida Hailee Steinfeld ha sido todo un acierto y un gran descubrimiento dada la naturalidad y convicción con las que la joven actriz lleva adelante su rol.

Estar a la altura de El Duque tampoco era fácil, pero si alguien podía encarnar de nuevo a al viejo e implacable alguacil, ese era Jeff Bridges, cuya previa interpretación en “Corazón rebelde” auguraba ya un genial Rooster Cogburn.

Matt Damon quizás lo ha tenido algo más fácil en el papel que antaño interpretó Glen Campbell, cuya verdadera vocación era la de cantante. Pero sin tener en cuenta eso, podemos decir igualmente que Damon ofrece una interpretación muy correcta y acorde con lo que se le pide, al igual que Josh Brolin y Barry Pepper en un plano más secundario.

Si acaso, el único pero, y perceptible sólo en la V.O.S, es que quizás el habla de Bridges y Brolin se siente algo forzado. Una enfatización demasiado pronunciada, a mi gusto (y que conste que esto es una apreciación muy subjetiva)

“Valor de ley” es otra muestra evidente de que aún se pueden seguir haciendo buenos westerns, aunque en este caso sea una nueva versión de uno ya existente.

Lo que en manos de Hattaway era una historia entrañable y simpaticona (aunque también crepuscular), en manos de los Coen es algo más dura y melancólica. Ni mejor ni peor, diferente.


Lo mejor: que el western siga siendo un género activo y con presencia en los Oscars.

Lo peor: que por ser una western -género tildado de anticuado- mucha gente se la pierda.


Valoración personal: Buena