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viernes, enero 04, 2013

“La noche más oscura” (2012) - Kathryn Bigelow


Tras los trágicos atentados del 11 de septiembre de 2001, el líder terrorista de Al-Qaeda, Bin Laden, se convirtió en el Enemigo Público número uno de Estados Unidos. Y, en consecuencia, en el hombre más buscado sobre la faz de la tierra. Durante años, su paradero fue toda una incógnita, y los rumores acerca de su posible muerte fueron constantes (que si fue asesinado por uno de sus hombres, que si murió de cáncer de riñón, que si falleció durante un bombardeo yanqui…). Inesperadamente, en mayo de 2011 se informó de su muerte, ocurrida ésta en el transcurso de una acción militar secreta de la CIA. Ese mismo día, el propio Presidente de los EE.UU., Barack Obama, se dirigía a la nación para sacar pecho y confirmar su defunción. 

Ésta es la historia –o al menos su versión de los hechos- de cómo un obstinado grupo de la CIA localizó y eliminó al mayor enemigo del pueblo americano.

La película abre completamente a oscuras mientras se escuchan de fondo las conversaciones y los gritos de desesperación en las llamadas a los servicios de emergencia realizadas aquél fatídico 11 de septiembre de 2001, el mayor y más grave atentado terrorista sufrido en EE.UU.  El ataque, que dejó miles de muertos y heridos, golpeó duramente el orgullo de todo un pueblo y llenó de miedo, dolor y sufrimiento el corazón de millones de personas. La fragilidad y la impotencia de una nación se vieron plasmadas en los abatidos rostros de sus ciudadanos y gobernantes. Aquél ataque significó la clara declaración de guerra de los yihadistas hacia el pueblo americano, primero, y hacia el resto de occidente, después. 

Este es el punto de partida de una película que abarca, muy a grandes rasgos, los 10 años de investigaciones y torturas que se emplearon hasta conseguir dar caza al líder de Al Qaeda. Diez años repletos de batallas y muy escasas victorias. La guerra abierta entre unos y otros sigue vigente y, lo que es peor, sigue cobrándose víctimas año tras año (tanto civiles como militares). Pero en 2011 la CIA se anotó un tanto asesinando a su cabecilla, Bin Laden. Y la maquinaria de Hollywood ha reaccionado rápidamente al acontecimiento poniendo en marcha películas como la que nos ocupa (aunque ésta ya estuviera medio planificada con anterioridad), y cuyo objetivo no es otro que relatar el triunfo de esos hombres y esas mujeres que devolvieron el orgullo de ser americano a un pueblo tocado por el terrorismo. 

Y ahí tenemos a la oscarizada Bigelow, lejos ya de sus producciones estrictamente comerciales (y de alto voltaje, todo sea dicho), metiéndose en faena con un guión previsto, inicialmente, para relatar la infructuosa misión de un equipo de Black Ops destinados a acabar con Bin Laden, y que ha acabado siendo un historia con final feliz; un desenlace inesperado y que le vino como caído del cielo. 

El acontecimiento está fresco en nuestra memoria, por lo que la inmediatez juega a favor de la directora. Hay detalles que han salido a la luz, cierto, pero aún hay mucha verdad oculta tras esa operación, mucha información que desconocemos y otro tanto que seguramente se ha manipulado a conveniencia. “Zero Dark Thirty” pretende contarnos los entresijos de dicha operación y poner nombres (probablemente ficticios) a los agentes (analistas, soldados, etc.) que participaron directa o indirectamente en ella.


Quizás uno de los aspectos más significativos y que tantas ampollas ha levantado tanto en los círculos republicanos como en los demócratas, es que Bigelow muestre sin escrúpulos las torturas llevadas a cabo para tales fines. Y lo hace, en cierto modo, para demostrar cuán esenciales fueron éstas para alcanzar el objetivo fijado. 

Ni a republicanos ni a demócratas les ha hecho ni pizca de gracia tal revelación (y mucho menos a la propia CIA), máxime cuando en un momento dado de la cinta se nos muestra a un presunto miembro de Al Qaeda siendo torturado al tiempo que -empleando imágenes de archivo- Obama declara en televisión que América ya no practica tales métodos de “persuasión”.  Por ello, la película ha sido tachada de "extremadamente inexacta y confusa”. Puede que Bigelow haga apología de la tortura o puede que no; puede que “el fin justifique los medios” o puede que no; o puede que simplemente se limite a señalar una realidad cuyos implicados prefieran negar. En cualquier caso, aquí se sugiere “muy claramente” que buena parte del éxito de la misión es debido al empleo de tales métodos, y eso es un hecho que, contrastado o no, forma parte de lo que vemos a lo largo del relato. 

Tampoco es la primera vez que la directora se topa con la polémica (ya le ocurrió con “En tierra hostil”), y seguramente no sea la última a tenor del rumbo que ha tomado su carrera como cineasta.

Otro detalle interesante y seguramente polémico es que la operación final no parece fijarse como objetivo “capturar” a Bin Laden sino ejecutarlo, sin más. Y de esto también se hablo y debatió mucho en su momento: que si no hubo más remedio, que si fue un “accidente”, que si fue premeditado... Desde luego, la visión que parece querer ofrecer “Zero Dark Thirty” (título procedente de la jerga militar y que significa las 00:30, cuando los SEAL de la Marina asaltaron el escondrijo de Bin Laden) es que se va a lo que se va: a asesinar al terrorista, eliminando a quién se ponga por medio (excepto niños y mujeres, salvo que éstas últimas vayan armadas) y recopilar el máximo de información posible para derrocar a Al Qaeda. Capturarlo con vida para interrogarlo y/o juzgarlo no parece entrar en los planes de la CIA.

Pero polémicas a parte, la narración  resulta tan minuciosa y metódica como mecánica. El relato no está exento de acontecimientos dramáticos, pero los acercamientos al plano más sentimental caen en saco roto. El guión se preocupa más por los hechos que por los personajes, por lo que un servidor, como espectador, tampoco se preocupa por estos últimos. Con el personaje de Jessica Chastain (estupenda en su papel de dura agente) se realizan mayores esfuerzos para que veamos en ella a una “persona real”, pero ese tratamiento no termina de funcionar al 100%. En un punto culminante de la trama, el trabajo de Maya (Chastain) pasa a ser algo personal, casi como una vendetta que sólo puede terminar en lágrimas, ya sean de dolor o de alivio (o de ambas cosas). Pero la empatía con ella es cero. 

La dirección de Bigelow carece de la intensidad, el brío y el suspense que se le debe exigir a la cinta.  Como documento meramente informativo, resulta incuestionablemente interesante, pero como película en sí, resulta tan estimulante como las instrucciones de un lavavajillas. Un documental bien podría haber funcionado para el mismo fin, y puede incluso que mejor, dada la impersonalidad con la que se trata el tema. 


No se la puede tildar de ultrapatriotera, ni mucho menos (para eso ya están engendros como “Acto de valor”), pero tampoco de ser demasiado crítica o de posicionarse firmemente sobre el conflicto. Es una cinta que, aún con sus polémicas, resulta demasiado “limpia” y de fácil digestión. Incomoda lo justo, revela lo necesario y maneja el tinglado con una notable precisión técnica, pero no hay atisbo de emoción alguna en ella. Resulta interesante por lo que cuenta pero no por cómo lo cuenta.


En cuanto a la fiabilidad de la historia, ésta puede ser puesta en duda tanto como la de cualquier otra película basada en hechos reales. Para los amantes de las teorías conspiranoicas no será más que otra patraña producto de Hollywood. Para algunos, Osama Bin Laden ya estaba muerto mucho antes de su “ejecución oficial”, mientras que para otros aún sigue vivito y coleando. 

La lluvia de información en su momento (tanto la oficial como la facilitada por los medios más sensacionalistas) fue tan torpe y sospechosa (foto retocada del cadáver en la prensa, prisas por tirar el cuerpo al mar, etc.) que es difícil decidir en qué creer, así que cada cual se montará su propia versión de los hechos, sirviendo de muy poco esta película para esclarecer lo sucedido. 

Pero aquí está.  Te puede gustar más o te puedes gustar menos. La crítica estadounidense se ha rendido a los pies de Bigelow y alabado la película con todos los halagos posibles que permite su diccionario. En alguna parte leí que “Zero Dark Thirty dejaba en pañales a Argo”. No podría estar más en desacuerdo con semejante afirmación, e incluso le daría la vuelta. 

El proyecto más ambicioso de Bigelow se queda en un aprobado sin calado que, muy probablemente, coseche más premios y piropos de los que un servidor considera que se merece. Y es que a veces toca, sin pretenderlo, ir a contracorriente.


Lo mejor: Jessica Chastain.

Lo peor: la frialdad que rezuma toda la película y, por ende, la nula empatía con la historia y sus protagonistas.


Valoración personal: Regular-Correcta

sábado, octubre 27, 2012

“Argo” (2012) - Ben Affleck

Crítica Argo 2012 Ben Affleck

Poquito a poco, Ben Affleck está consiguiendo hacerse un hueco muy respetable como cineasta. Primero sorprendió a propios y extraños con su notable debut, “Adiós, pequeña, adiós”, y con “The Town”, pese a que en lo personal no me resultó tan gratificante, reafirmó que su pericia en su primer contacto tras las cámaras no fue un caso aislado (o la suerte del principiante, que se suele decir). 

Todo el beneplácito de público y crítica que Affleck se está ganando a pulso como director es el que le ha faltado –no sin razón- como actor. Puede que haya tardado demasiado tiempo en dar con su verdadera vocación (empezó a actuar con 12 años y a dirigir con 35), pero hay otros que no lo logran nunca. O quizás se trate simplemente de haber encontrado, por fin, el lugar que le corresponde en la industria, habida cuenta de las aptitudes demostradas. Y ya no hablamos sólo de su labor como director sino también de su faceta como guionista.

En cualquier caso, su último trabajo llega a nuestras carteleras precedido, nuevamente, de excelentes críticas. Y si esto termina por devenir en una costumbre, como parece ser que así será, poco habrá que reprocharle más que el reservarse los papeles protagónicos de sus propios largometrajes. Y es que con una historia tan suculenta entre manos, no había quién se resistiese.

4 de noviembre de 1979. La revolución iraní alcanza su momento de mayor tensión cuando unos militantes irrumpen en la embajada norteamericana en Teherán tomando a 52 norteamericanos como rehenes. Pero en medio del caos, seis de ellos consiguen escabullirse y encuentran refugio en la residencia del embajador canadiense, Ken Taylor. Conscientes de que es sólo cuestión de tiempo que los encuentren y posiblemente los asesinen, los gobiernos de Canadá y Estados Unidos piden la intervención de la CIA, que recurre a su mejor especialista en rescates, Tony Mendez, para que idee un plan que les permita sacarlos del país sanos y salvos.

Affleck aborda aquí un guión de Chris Terrio basado en el artículo de la revista Wired “The Great Escape” (“La gran evasión”), escrito por Joshuah Bearman, y en un capítulo de “El maestro del disfraz: mi vida secreta en la CIA”, del propio Antonio J. Mendez, protagonista de la historia que nos ocupa.

Para comprender el contexto en el que se relata la trama de “Argo” conviene hacer un repaso histórico de los hechos transcurridos varias décadas atrás. Y de eso es de lo que se encarga Affleck en los primeros minutos de la película. 

Mediante un breve prólogo nos resume, a grandes rasgos, cómo los estadounidenses (y también los británicos, que no se nos olvide) lograron expulsar del poder al primer ministro Mohammad Mosaddeq (que pretendía nacionalizar los recursos petrolíferos del país, cosa que no agradaba lo más mínimo a países dependientes como EE.UU.) y cómo ayudaron a Mohammad Reza Pahlavi a convertirse en emperador (o sha) de Irán, iniciándose así una serie de reformas que transformarían -valga la redundancia- el país al gusto de sus nuevos “amigos” políticos.

Al tiempo que el sha se enriquecía a base de bien, gran parte del pueblo se empobrecía, originando con ello un descontento masivo que, por supuesto, el gobierno trató de frenar con mano férrea.

A finales de los 70, la situación se hizo insostenible, con crecientes manifestaciones y continuas represalias por parte del poder policial del sha, quién a principios de 1979 acabaría huyendo exiliado en vistas de la inminente revolución que se le venía encima.

La sublevación del pueblo hizo crecer las protestas hasta llegar a la capital, Teherán, en donde se encontraba la Embajada de Estados Unidos. Justo ahí comienza la historia que se nos cuenta en “Argo”.


El secuestro de los trabajadores de la Embajada causa enorme conmoción en el mundo entero. El mayor problema, sin embargo, no reside en éstos rehenes, a los que se podría conseguir liberar de forma diplomática (y no sin dificultades), sino en los seis que han conseguido escapar y que corren el peligro de ser ejecutados en el momento en el que los revolucionarios iraníes den con su paradero (a ellos y a los samaritanos canadienses que arriesgan sus vidas dándoles cobijo).

Todas las estrategias que la inteligencia americana propone tienen pocas posibilidades de llegar a buen puerto, hasta que el experto en “exfiltraciones” Tony Mendez pone su disparatado plan sobre la mesa: aterrizar en Irán haciéndose pasar por productor de cine y lograr que los seis finjan ser un equipo de rodaje canadiense en busca de localizaciones para una exótica película de ciencia-ficción (una space opera al estilo Flash Gordon), para después marcharse del país en avión, como si tal cosa. 

Suena de locos, pero no hay un plan mejor. De hecho, éste es el plan “menos malo” que tienen entre manos. Así que le dan el visto bueno, y arreando que es gerundio.

Toda la parte en la que Mendez debe hacer creíble el interés de un estudio de Hollywod (Studio Six Productions) en busca de localizaciones en Irán para rodar allí una película de ciencien-ficción es, simple y llanamente, sublime. Y Terrio nos regala, de paso, una ácida crítica al mundillo hollywoodiense de la mano de dos personajes descacharrantes: John Chambers, un famoso artista de maquillaje y amigo de Mendez; y Lester Siegel, un deslenguado director en horas bajas. Ambos encarnados pero dos estupendos actores como son John Goodman y Alan Arkin.

Estas gratificantes notas de humorAr-goderse!) son un contrapunto perfecto a una historia, en realidad, bastante seria. Pero es que el plan –verídico- de Mendez resulta tan descabellado, que la película debe contagiarse irremediablemente de esa excentricidad latente. De hecho, es una de las claves por las que “Argo” se convierte en una propuesta excitante y perfectamente calibrada.

El tramo final correspondiente a la “gran escapada” resulta sorprendentemente intenso a sabiendas de conocerse de antemano el desenlace. Para ello, Affleck no renuncia a algunos de los típicos “truquitos” cinematográficos por excelencia (vehículos que no arrancan a la primera, por ejemplo) que permiten aumentar el nivel de tensión y suspense de esos minutos destinados a dejarnos sin uñas.


El punto flaco de la película, no obstante, reside en el propio Tony Mendez. Y no voy a hacer sangre al respecto, ya que pese a que nunca ha sido santo de mi devoción, debo reconocer que en los últimos tiempos Affleck ha mejorado considerablemente como actor (véase “Hollywoodland” o “The Company Men”). Sin embargo, aquí sus discretas aptitudes interpretativas van en consonancia al discreto calado dramático del protagonista, al que ya se le destina el mimo justo desde el guión (medianamente generoso en los últimos minutos de metraje). Claro que otro actor bien podría haber ofrecido más empaque y conseguir sacarle algo de punta a su personaje, aún a pesar de que la historia en sí parezca estar muy por encima de individualismos. 

La planificación y ejecución del plan orquestado por Mendez es el plato principal de un thriller ágil, inteligente y apto para todos los públicos. Y que pese a su contexto político, evita posicionarse sobre el conflicto exponiendo los hechos históricos de forma veraz, concisa y objetiva, permitiendo así que el espectador reflexione y juzgue por sí mismo. 

Es cierto que los americanos son los héroes de esta historia con final feliz (héroes en la sombra durante muchos años hasta que se archivó el caso), y así debe reflejarse en esta recreación (sin olvidar el apoyo canadiense, de incalculable valor), pero ni mucho menos son los buenos de la película, por así decirlo. Recordemos por qué se originó el malestar en la comunidad iraní, quién estuvo detrás del sha apoyándolo primero y protegiéndolo luego. Claro que eso tampoco justifica secuestro o asesinato alguno por parte de la milicia, por lo que aquí tampoco es cuestión de discernir entre “buenos” y “malos”.

Dejando eso a un lado, Affleck se confirma como un director hábil en el manejo de la cámara (a destacar cómo filma a lo Greengrass en medio del alboroto inicial a las puertas de la embajada para captar el bullicio imperante, para luego enderezar la cámara a medida que el plano se eleva por encima de la muchedumbre) y con una gran capacidad narrativa y escenográfica que aquí se tornan fielmente documentalistas en muchas ocasiones (las comparaciones fotográficas durante los créditos finales dan buena cuenta de ello). 

El sobresaliente resultado final convierte a “Argo” en uno de los títulos del año con serias posibilidades a rascar nominaciones en los Oscars (las estatuillas ya son otro cantar, que con la Academia nunca se sabe y los ninguneos son marca de la casa). Aunque esto último sería un reconocimiento adicional a su ya excelente acogida por parte del público y de la prensa especializada. Y eso, al fin y al cabo, es lo que de verdad importa.


Lo mejor: el humor y la tensión de varios segmentos.

Lo peor: el escaso retrato que ofrece de Tony Méndez.


Valoración personal: Buena.

domingo, octubre 07, 2012

“El fraude (Arbitrage)” (2012) - Nicholas Jarecki

Crítica El fraude  Arbitrage Nicholas Jarecki

Los años no pasan en balde, y Richard Gere lo sabe. El que fue uno de los grandes sex symbols de los 80 y 90, hoy día cuenta ya con 63 tacos a sus espaldas, por lo que no es plan de seguir mostrando sus encantos masculinos (sonrisa Profident mediante) en comedias románticas de medio pelo.  Y no es que haya abandonado el género por completo, pues todavía se presta a seguir siendo la opción cinéfilo-romántica de las maduritas de turno que han crecido estampando sus fotos en la agenda del colegio, pero sí es evidente que estas producciones han dejado de ser la nota predominante de su filmografía más reciente.

No se puede negar que a lo largo de su carrera  ha procurado desligarse del encasillamiento con algún que otro proyecto eventual, pero casi siempre ha reincidido en el género que mayor fama le ha otorgado, con lo que no siempre ha resultado fácil que la crítica (ni tampoco gran parte del público) se lo tomara en serio como actor. Ahora, no obstante, sus apuestas son más variadas, dentro de lo que la industria de Hollywood le permite a un hombre de su edad (que según el aprecio o el rechazo que te tengan y lo bueno o malo que sea tu agente, puede ser mucho o poco).

Algunos de sus últimos trabajos le han reportado numerosos halagos e incluso algún que otro galardón de prestigio (el Globo de Oro a Mejor Actor en Comedia-Musical por “Chicago”), con lo que parece que Gere desea dejar un legado con algo más de enjundia del que se le preveía en sus inicios.

 “El fraude” sigue en esa línea de proyectos suficientemente interesantes como para prestarles la debida atención.

Robert Miller (Richard Gere) es un magnate que en la víspera de su 60 cumpleaños parece el perfecto retrato del éxito americano en su vida profesional y familiar. Sin embargo, tras esa fachada de feliz comodidad, se esconde la cruda realidad: Miller está con el agua al cuello, desesperado por completar la venta de su imperio a un gran banco antes de que quede expuesto un fraude que ha cometido. Además, mantiene un romance con una marchante de arte francesa (Laetitia Casta) a espaldas de su mujer (Susan Sarandon) y su hija (Brit Marling). Justo cuando se dispone a deshacerse de su problemático imperio, un sangriento e inesperado error le pondrá entre las cuerdas.

Con la crisis económica como telón de fondo (el personaje de Miller bien podría ser el vivo ejemplo del tipo de personas que han pisoteado la economía capitalista de medio mundo), el debutante en estas lides Nicholas Jarecki nos sumerge en un tenso thriller en el que el protagonista se encuentra entre la espada y la pared por culpa de, por un lado, su mala gestión en los negocios; y por el otro, de un desafortunado accidente. Dos hechos que entran en conflicto en el peor momento de su vida.

La mala inversión de Miller en una compañía que, en principio, debía reportarle una fortuna, le acaba haciendo perder un buen montón de dinero, por lo que decide recurrir a un prestamista para tapar el agujero de sus cuentas. Obviamente, con semejantes pérdidas en su haber, el negocio no puede seguir adelante, por lo que necesita deshacerse inmediatamente de él y así encasquetarle el problema  a otro.


En apariencia, Miller es el perfecto hombre de negocios, y el suyo va viento en popa a ojos de de los demás. Ni su propia hija, jefa del Departamento de Inversiones, sospecha nada del asunto. Pero la realidad es bien distinta. Por eso Miller se encuentra en conversaciones con un banco para que le compre el negocio, y por eso es tan importante cerrar el trato antes de que se huelan la estafa.

Por si esto no le tuviera suficientemente angustiado, surge un nuevo problema derivado de su affair extramatrimonial. Y es algo tan peliagudo que pone a la policía tras su pista, y más concretamente al detective Michael Bryer, un sabueso duro de roer al que no se le escapa ni una y que está dispuesto a hacer lo que sea (acosar y presionar a su único testigo o, si es preciso, cruzar él mismo la línea de la legalidad) para meter a Miller entre rejas. Y es que Bryer, un tipo de clase media, está harto que los tipos como Miller, pertenecientes a la alta sociedad, campen a sus anchas por el mundo sin responder por sus pecados; tipos que gracias a su dinero, su poder y/o sus influencias evaden las consecuencias  de sus actos o consiguen que otros paguen el pato por ellos.  Pero esta vez el detective no está dispuesto a dejar que su sospechoso se libre tan fácilmente.

Por tanto, tenemos a nuestro protagonista en una encrucijada con dos flancos abiertos que le están asfixiando. El destape de uno de sus secretos le podría poner en el punto de mira del otro y, por consiguiente, perderlo todo de una tacada. Está en juego su futuro y el de su familia; su negocio, su estatus social y también su matrimonio.

La película podría haber funcionado perfectamente como thriller financiero a secas, sin añadir un componente criminal a la trama. Sin embargo, Jarecki, que también se encarga del guión, decide jugar a dos bandas, abriendo ambos frentes de presión hacia el protagonista. Consigue que ambos funcionen sin estorbarse y, lo que es mejor, complementándose a la perfección, logrando un audaz equilibrio entre las partes en conflicto.


Ahí entra también la actuación de Richard Gere, capaz, sin titubeos, de llevar a cuestas prácticamente todo el peso de la historia. Ya no se trata de seducir a bellas mujeres (que también), sino de seducir a las gentes del mundo de las altas finanzas. Y Gere les convence a ellos y nos convence a nosotros.

Miller es el mayor fraude de la película; es un fraude como empresario y un fraude como marido. No nos compadecemos de él, e incluso deseamos que pague con la cárcel por lo que ha hecho.
El espectador no siente, por tanto, ninguna simpatía hacia el protagonista, y no siempre es fácil de manejar a un protagonista así de cara a mantener el interés del respetado. Pero el director lo consigue y nos mantiene en vilo hasta su verosímil final; el cual, dicho sea de paso, es el que cabría de esperar de este tipo de situaciones. 

Conviene apuntarse el nombre de Nicholas Jarecki después de su debut con este (muy) solvente thriller.


Lo mejor: su ritmo; Richard Gere.

Lo peor: algunos personajes cliché.


Valoración personal: Correcta

viernes, marzo 02, 2012

“Luce rojas” (2012) – Rodrigo Cortés

Crítica Luce rojas 2012 Rodrigo Cortés
En 2010, el español Rodrigo Cortés demostró con “Buried (Enterrado)” no sólo que se podía rodar una historia que transcurriera enteramente dentro de una caja de madera sino que además con ella se podía lograr una muy buena película. Gracias a una dinámica puesta en escena, a un actor entregado en cuerpo y alma y a un guión prácticamente impecable, Buried se convirtió, para un servidor, en uno de las mejores propuestas de aquél año y en uno de los thrillers claustrofóbicos/psicológicos más conseguidos que se hayan hecho en mucho tiempo.

Después del buen sabor de boca dejado por aquél segundo trabajo, Cortés se ganó el crédito de trabajar con grandes como Robert De Niro o Sigourney Weaver, intérpretes que conforman el reparto de su enigmático tercer largometraje, “Luces rojas”.

Dos investigadores de fraudes paranormales, la veterana doctora Margaret Matheson (Sigourney Weaver) y su joven ayudante Tom Buckley (Cillian Murphy), estudian los más diversos fenómenos metapsíquicos con la intención de demostrar su origen fraudulento. Tras una ausencia de treinta años, el legendario psíquico Simon Silver (Robert De Niro) reaparece con un nuevo espectáculo en el que desafía a los escépticos profesionales. Tom comienza a desarrollar una densa obsesión por Silver, cuyo magnetismo se refuerza de forma peligrosa con cada nueva manifestación de oscuros fenómenos inexplicables…

Los que aún se pregunten qué demonios son las “luces rojas” que dan título a la película, encontrarán la respuesta en boca de su propio director en una de las promos virales que circulan por la red. En palabras de Cortés, “las luces rojas son notas discordantes; cosas que no deberían estar ahí. Es como si hubiera pequeñas luces destellantes en la realidad que delatan que algo sucede; algo que no debería estar sucediendo”. Por tanto, consideramos como luces rojas todos aquellos fenómenos que escapan a nuestra comprensión; fenómenos contradictorios a la realidad que conocemos y que no somos capaces de explicar.

Para nuestros protagonistas no existe fenómeno alguno que no pueda ser explicado bajo un razonamiento lógico y/o científico. Conscientes de ello, y muy seguros de sí mismos, la doctora Matheson y su joven ayudante se dedican a destapar toda clase de fraude parapsicológico que caiga en sus manos, es decir, médiums y demás farándula que se llenan los bolsillos a costa de la ingenuidad de las personas con las que tratan.


El sorpresivo regreso a la vida pública del psíquico Simon Silver (una especie de Uri Geller) deviene en un reto para Tom, que se obsesiona con la idea lograr lo que otros no han podido: destapar su engaño. Incluso Margaret tuvo, en el pasado, sus encuentros con Silver, un hombre al que ella considera muy peligroso. Pero pese a las advertencias de su maestra, Tom no cede en su empeño e inicia su particular investigación; una investigación que le hará replantearse todo en lo que creía hasta ahora.

La película empieza con Matheson y Buckley desacreditando a una espiritista de pacotilla, lo que nos sirve para que a continuación se nos vaya ilustrando acerca de cómo detectar este tipo de fraudes, con la pareja de expertos ofreciéndonos las debidas explicaciones razonables a todos aquellos fenómenos que a priori podríamos considerar de carácter sobrenatural. Hasta ahí, protagonistas y espectador compartimos el mismo escepticismo, pero la irrupción del personaje de Silver comienza a resquebrajar nuestra desconfianza hacia lo paranormal.

¿Es Silver realmente un farsante? Cortés siempre la duda y juega constantemente con la ambivalencia de una respuesta clara a semejante cuestión. En ese sentido, el mayor logro del director es mantener el suspense de forma constante, captando nuestra atención y consiguiendo que estemos dispuestos a seguir contemplando sus malabarismos narrativos. Desgraciadamente, todo acierto estético y narrativo que Cortés alcanza como director (la sobriedad y elegancia de su puesta en escena, la rigurosidad de su discurso, etc.) queda lastrado por su tramposa tarea como guionista. Cortés no juega limpio y se convierte en el mayor farsante de su película.


Con tal de despistarnos, hacernos dudar y poder, al fin, ofrecernos esa “sorprendente e inesperada” explicación al misterio que nos ha de dejar clavados en la butaca (al más puro estilo Shyamalan), Cortés urde toda clase de artimañas (muertes repentinas, llamadas oportunas, perturbadores sueños oníricos…) que arremeten contra nuestra incredulidad, saboteando nuestros pensamientos de forma incesante y dándonos, finalmente, gato por liebre esperando que con el despliegue de humo y luces no nos percatemos de que su truco es de un bajeza y ridiculez casi insultantes. El error más sangrante que comete Cortés es el de perderle el respeto al espectador, y cuando eso ocurre, no hay ilusión que valga. La coherencia y credibilidad de la trama se pierden justo en el instante en el que el guión empieza a jugar a dos bandas, utilizando luego esa ambigüedad para justificar un desenlace tan pretencioso como efectista.

No parece haber voluntad por parte de Cortés en tomarse si quiera la molestia de construir una historia sólida que funcione por sí misma, pues parece convencido de que con el ilusionismo de baratillo tiene más que suficiente para contentar al espectador y hacer que se trague el timo con una sonrisa en la boca. Y probablemente no le falte razón. Porque “Luces rojas” es una tomadura de pelo que entretiene y logra buenos picos de tensión, algo que para algunos será más que suficiente. Los que preferimos que nos embauquen con algo más de ingenio y honestidad no podemos hacer otra cosa que correr un tupido velo ante el último trabajo del director gallego esperando que haya sido sólo un pequeño y olvidable traspiés. Al fin y al cabo, si a Fresnadillo le perdamos la ponzoña que fue “Intruders”, seguramente a Cortés también podamos perdonarle “Luces rojas”.


Lo mejor: la intriga y tensión inicial.

Lo peor: que Cortés nos tome por idiotas.


Valoración personal: Regular