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sábado, enero 26, 2013

“El lado bueno de las cosas (Silver Linings)” (2012) – David O. Russell



Con siete nominaciones a los Oscars, otras seis a los Globos de Oro y unas críticas más que decentes, “The Fighter” supuso el relanzamiento del director y guionista David O. Russell, cuya filmografía hasta el momento había pasado bastante inadvertida para el gran público. 

Desde entonces, su caché se ha revalorizado hasta el punto de que su nombre suene para proyectos mainstraim como la adaptación del videojuego “Uncharted: Drake's Fortune”, algo que finalmente no ha llegado a suceder. Tras infinidad de rumores acerca de su argumento y el posible reparto, el director terminó desentendiéndose del blockbuster para finalmente rodar algo más modesto.

Tras pasar ocho meses en una institución mental por agredir al amante de su mujer, Pat (Bradley Cooper) vuelve con lo puesto a vivir en casa de sus padres (Robert De Niro y Jacki Weaver). Dispuesto a recuperar a su ex-mujer, Pat decide mantener una actitud positiva e intentar encontrar el lado bueno de las cosas. Pero en sus planes no entraba conocer a Tiffany (Jennifer Lawrence), una chica con ciertos problemas y no muy buena fama en el barrio. Su primer contacto no resulta demasiado afortunado, pero pronto se desarrollará un vínculo muy especial entre ambos que les ayudará a seguir adelante con sus vidas.

Tras un drama deportivo no demasiado original pero si muy bien armado, O. Russell se nos ablanda un poco y nos trae esta vez una historia romántica entre Bradley Cooper, actor en alza desde hace algunos añitos, y Jennifer Lawrence, la nueva chica de moda. Ambos en unos papeles previstos inicialmente para Mark Walhberg y Angelina Jolie, respectivamente. Ni qué decir que hemos salido ganando –y mucho- con el cambio.

Lo cierto es que la película no pasaría de ser una comedia romántica al uso en base al ya clásico punto de partida de “chico conoce chica” si no fuera por el tipo de personajes que maneja el guión, y que para el caso resultan bastante inusuales.

A grandes rasgos, Pat vendría a ser un cornudo con trastorno bipolar, y Tiffany una viuda con inclinaciones ninfómanas. El primero está obsesionado con recuperar a su exesposa, y la segunda con tener un amigo. El destino les junta y enseguida salta la chispa ¿del amor? En principio, su relación es algo tormentosa, pero poco a poco se sienten más cómodos en lo que empieza siendo una amistad de conveniencia. Se dicen el uno al otro lo que piensan, y eso, aunque motive alguna que otra bronca, en realidad les permite entenderse y comprenderse mejor.

Pero cuando los sentimientos empiezan a aflorar entre ambos, también lo hacen las pequeñas mentiras. 

 
A medida que avanza la historia entre los personajes, éstos se van “normalizando” y perdiendo un poco de la frescura y locura iniciales. Eso afecta al desarrollo de su relación, que poco a poco se va volviendo algo más previsible y tópica, especialmente durante el tramo final. Sin embargo, el guión sabe sortear con bastante humor e ingenio los clichés más resabidos del género romántico, dándole un toque de excentricidad que a ratos desemboca en situaciones realmente hilarantes. Y ése es precisamente el encanto de la película. 

La concepción de los personajes se aleja bastante de los estándares tanto por su vulnerabilidad o su franqueza como por sus vínculos emocionales con el entorno familiar. La relación de Pat con su padre es cuasi inexistente debido a su falta de comunicación y a la dificultad de ambos por exteriorizar sus sentimientos. Lo que más le une a Tiffany es, no obstante, acarrear el estigma de ser “la oveja negra de la familia”, por lo que en seguida se sienten identificados el uno con el otro, facilitando así una conexión que difícilmente lograrían establecer con otra persona.  Sus conflictos personales no se parecen en nada, ni su forma de afrontarlos, pero si el cómo se sienten -vulnerables, dolidos, impotentes- ante ellos.

Pat y Tiffany, Cooper y Lawrence. Ellos son la pieza clave de una película sencilla y agradable que logra encandilarnos con facilidad.


Lo mejor: la pareja protagonista y sus transtornados personajes.

Lo peor: su previsibilidad hacia el final.


Valoración personal: Buena
 

domingo, diciembre 09, 2012

“Un buen partido” (2012) - Gabriele Muccino


El salto de su Italia natal a la meca de Hollywood no pudo haber sido mejor para el director Gabriele Muccino. Su primera película allí, la notable “En busca de la felicidad”, fue todo un éxito de taquilla que le valió a Will Smith, su protagonista, su segunda nominación al Oscar a Mejor Actor. De hecho,  aquél papel está considerado como uno de los mejores de su carrera junto al de “Ali”, dos cintas dramáticas que sobresalen dentro de una filmografía repleta de cine palomitero.

Muccino debió quedar tan satisfecho con Smith, que decidió repetir con él para su siguiente largometraje, “Siete almas (Seven Pounds)”, otro dramón de intenciones claramente lacrimógenas pero bastante más manipulador y rocambolesco que su predecesor, y con el que el público ya no respondió tan bien.

Después de regresar a Italia para rodar la secuela de uno de sus éxitos patrios, Muccino vuelve ahora con su tercer largometraje en suelo americano. Y lo hace dejando atrás los pañuelos.

George Dryer (Gerard Butler), es una antigua estrella de fútbol europeo venida a menos. Separado y desempleado,  George acepta entrenar al equipo de fútbol de su hijo Lewis (Noah Lomax) con el fin de restablecer los lazos con el pequeño, al tiempo que trata de conseguir un empleo como periodista deportivo en una importante cadena de televisión y de recuperar a su ex-mujer Stacie (Jessica Biel). Pero George no sabe la que se le viene encima cuando algunas de las atractivas madres de los compañeros de equipo de Lewis empiecen a interesarse por él.

El director italiano aparca el drama lacrimógeno para ofrecernos esta vez  una comedia familiar/romántica al uso. Habiendo leído la sinopsis no os extrañará si os digo que esta película ya la habéis visto.  Y más de una vez.
 
Si la semana pasada comentaba que “Golpe de efecto” era una “peli de manual”, ésta todavía lo es más, concentrando  tal cantidad de clichés que es imposible no prever paso por paso el desarrollo de la historia.
Repasemos lo que tenemos: padre un poco desastre (y ligón involuntario) que intenta afianzar los lazos paternofiliales con su hijo pequeño (topicazo nº 1) al tiempo que trata de recuperar al amor de su vida, su ex esposa (topicazo nº2), la cual -¡oh sorpresa!- tiene un nuevo novio con el que pretende casarse en breve (topicazo nº 3). La futura carrera profesional de George y las mujeres que ahora se le lanzan al cuello serán los grandes dos obstáculos que dificultarán su reconciliación familiar (topicazos nº 4 y 5).

No hay prácticamente nada en “Un buen partido” que no hayamos visto antes, y el guión tampoco depara ninguna sorpresa que huya del romanticismo más convencional y el desenlace más previsible (sí, es ese final que estáis pensando).  

El contexto deportivo entorno al mundo del fútbol bien podría haber sido béisbol, baloncesto, hockey o cualquier otro deporte. El niño podría haber sido mayor o incluso ser una niña (aunque en el caso que nos ocupa funciona mejor lo primero); y el novio de la madre podría haber sido un auténtico cretino (ese papel recae aquí en Dennis Quaid) en vez de un buen tío. De hecho, es preferible que el nuevo novio de la madre nos caiga mal, así luego no nos da penita que le acaben dando platón. En el final feliz de todas estas películas, ¿dónde quedan los tipos como Matt? Nadie tiene en cuenta su desdicha…


Matt es un hombre bueno y enamorado al que plantarán dos semanas antes de la boda. Qué injusto, ¿verdad? Pero sin tipos como Matt a los que amargarles la vida, muchas comedias románticas nos dejarían un sabor amargo. Y es que lo que al fin y al cabo queremos aquí (y la película nos lo da, faltaría más) es que George, Lewis y Stacie vuelvan a formar una familia. 

El puntito más refrescante (entre comillas) de la historia lo pone la trupe de féminas que quiere llevarse a la cama al bueno de George.  Mujeres divorciadas, solteras o aburridas de su matrimonio y con ganas de echar una canita al aire que se mueren por los huesos del nuevo entrenador de fútbol de sus hijos. Ellas son Barb (Judy Greer), Denise (Catherine Zeta-Jones) y Patti (Uma Thurman), que competirán por el afecto (físico, más que nada) del protagonista, al que le complicarán bastante las cosas. Y en medio del follón tenemos también a Carl King (Quaid), patrocinador del equipo y celoso (e infiel) marido de Patti, que aprovecha la llegada de una famosa ex estrella del fútbol para presumir de amigo entre sus socios ricachones. 

Toda una sarta de tópicos y clichés relacionados con la redención, el amor verdadero y la madurez tardía, para una insustancial (aunque medianamente complaciente) comedia romántica de sábado por la tarde sazonada con maduritas de buen ver y algo de sexo (fuera de pantalla, por supuesto); con un reparto más que aceptable y un director especialista en dramas con el piloto automático. No hay mucho de dónde rascar, pero si lo último que le pides a la película es algo originalidad, igual puede servirte para pasar el rato.

P.D.: Cuánto menos irónico que Butler sea un crack del balón cuando desde “300” (el gran pelotazo que lo dio a conocer) prácticamente no da pie con bola a la hora de elegir proyectos.


Lo mejor: Gerard Butler y el desfile de atractivas milfs.

Lo peor:  una historia repleta de clichés que ya hemos visto mil veces.


Valoración personal: Regular-Pasable

viernes, agosto 10, 2012

“Rock of Ages (La era del rock)” (2012) - Adam Shankman

Crítica Rock of Ages (La era del rock) 2012 Adam Shankman
Después de “Bedtime Stories”, su último trabajo al servicio de Adam Sandler, el director Adam Shankman regresa al género musical tras el –incomprensible- éxito de crítica (y en menor medida, de taquilla) de “Hairspray”, remake del filme homónimo del inclasificable John Waters.

Esta vez el punto de partida es un exitoso musical de Broadway, lo que a menudo suele ser sinónimo de calidad y un buen punto de partida cara al celuloide. Pero si por algo ha llamado la atención este musical es por la participación en él de un Tom Cruise greñudo y heaviata a más no poder. De hecho, él fue el protagonista de la primera imagen oficial del proyecto, en la que aparecía sin camiseta y agarrando un micro como si le fuera la vida en ello.

Sin embargo, con el primer tráiler se desveló el pastel: Cruise no era el protagonista sino uno de los secundarios. Su misión: lucirse lo suficiente sin eclipsar a los verdaderos protagonistas de la película, una joven parejita de enamorados.

Sherrie (Julianne Hough) es una chica de pueblo que viaja hasta la gran ciudad para ser cantante. A su llegada conoce a Drew (Diego Boneta), un amable chico que le consigue un trabajo en The Bourbon Room, uno de los legendarios locales del Sunset Strip, la zona rockera por excelencia de California. Ambos persiguen un mismo sueño: triunfar en la música. 

Lo que tenemos aquí es la historia de siempre: chica conoce a chico, chica y chico se gustan, se besan y se enamoran. En el transcurso de su romance acaban discutiendo por alguna tontería (en este caso en particular, un desafortunado malentendido) pero finalmente se reconcilian, comen perdices y el amor triunfa por encima de todas las cosas.

No es que uno exija algo novedoso al respecto (que no estaría de más y se agradecería mucho-----> “(500) Days of Summer”), pero ya que se cae en el romance típico tópico de toda la vida, lo menos que se puede pedir es que éste no indigeste al espectador. Y en “Rock of Ages” eso es pedir un imposible.

Sherrie y Drew son un par de tortolitos insufribles. Su pasteloso y cursi romance empalaga, y las canciones no hacen más que aumentar esa sensación.  

Esto podría no ser un problema si el resto de la película ofreciera algo en compensación. Lamentablemente, no es así.

Dejando de lado que los personajes son tópicos con patas, la película parece deambular en una fina línea entre el homenaje y la parodia más estúpida. Más lo segundo que lo primero, pues no parece quedar muy claro si lo que quieran es ensalzar al rock y sus estrellas o bien ridiculizarlos hasta al más profundo patetismo. Los protagonistas no se cansan de proferir una y otra vez “viva el rock and roll”, pero la imagen que en ocasiones transmite suena más a burla que a otra cosa.

Los momentos musicales entran ágilmente por el oído gracias al repertorio ochentero elegido para la ocasión.  Temas, eso sí, sacados de la vertiente más glam y también más comercial del hard rock (con algo de AOR, esto es, ni demasiado heavy ni demasiado pop) para no espantar al público potencial de la película: los adolescentes.


Así pues, escuchamos a Foreigner, Whitesnake, Journey, Guns ‘n Roses, Twisted Sister, Poison…  Bandas estupendas cuyos famosos y emblemáticos temas nos traen un montón de recuerdos a los más nostálgicos (por no faltar, no falta ni el “More Than Words” de Extreme). ¿Pero dónde quedaron Motorhead, Black Sabbath o UFO? ¿Demasiado duros para la historia que nos ocupa? Puede que sí.

Pero no me quejaré. La música es lo más atractivo de esta producción. El resto no acompaña, y eso hace que las dos horas de metraje se hagan largas y pesadas, con números musicales poco inspirados y demasiado seguidos que van de un extremo (lo ñoño) al otro (lo vulgar).

¿Lo mejor? Ya los lo digo ahora: Tom Cruise. El actor se sale, y eso que el guión le obliga en ocasiones a hacer el mayor de los ridículos (no veía desde hacía tiempo una tensión sexual desatada tan lamentable como la que aquí escenifican los personajes de Cruise y Malin Ackerman). Y ya va siendo hora que los guionistas de Hollywood se enteren de que incluir un mono como acompañante es un recurso facilón, gastado y carente de gracia. 

Dicho esto, Cruise se pasa la mayor parte del tiempo sin nada que le cubra el torso (lo que podríamos llamar “marcarse un Mario Casas”), y pese a que la edad del pavo le queda lejos, ya le gustaría  a un servidor lucir ese tipito con 50 tacos (¡Qué puñetas! Incluso ahora pactaría con el Diablo por tener esos pectorales). 

Cruise encarna a Stacee Jaxx, una leyenda del rock quemada por la fama, que ha perdido la pasión por la música y que busca la salvación en una futura carrera en solitario. Mientras tanto, trata de llenar su vacío a base de sexo y alcohol, lo que saca de quicio a su representante, un Paul Giamatti en modo “vendería a mi madre por un buen fajo de billetes”.

En la otra cara de la moneda tenemos a un Alec Baldwin más perdido que un gusano en una manzana de plástico. Lo suyo no son los musicales (o al menos aquí no lo demuestra), y en sus momentos de canto da un poco de lástima. Tampoco ayuda mucho ponerle al lado de Russel Brand, un tipo que haga lo que haga, siempre da repelús.

Catherine Zeta-Jones, que ya tiene experiencia en esto de los musicales (véase “Chicago”, con el que se llevó el Oscar a mejor actriz secundaria), ofrece la versión más histriónica de sí misma. Pero eso no es del todo culpa suya sino de los guionistas, que reducen su personaje a “groupie despechada con ganas de venganza”. Zeta-Jones interpreta a la mujer del alcalde (un Bryan Cranston sometido también a algún que otro momento bochornoso), una señora dispuesta acabar con el rock and roll de Sunset Strip por considerarlo música satánica.

Si la trama principal resulta indigesta y soporífera, la parte que le toca a Zeta-Jones y Cranston no ayuda a hacerla más digerible. Sus esporádicas apariciones terminan de rematar una producción, en conjunto, bastante vergonzosa. Y es que “Rock of Ages” es un musical mediocre y un insulto a los rockeros. Un musical destinado a contentar casi en exclusiva a la “generación High School Musical”. Si de paso arrastra a algún nostálgico empedernido del rock de los ochenta, será de pura chiripa.

Cualquiera que ame el género musical y el rock se haría un favor evitando su visionado.


Lo mejor: Tom Cruise; las canciones ochenteras.

Lo peor: la empalagosa historia de amor; la ridiculización del rock.


Valoración personal: Mala

viernes, noviembre 04, 2011

“Footloose” (2011) - Craig Brewer

Crítica Footloose 2011 Craig Brewer
En la década de los 80 proliferaron una serie de películas juveniles de corte musical que causaron furor entre la chavalería de aquel entonces. Películas como Fama, Flashdance, Dirty Dancing o Footloose fueron las precursoras de cintas actuales como “El ritmo del éxito”, “Espera al último baile” o la saga “Step Up”. A día de hoy, muchas de aquellas cintas son recordadas como pequeños clásicos de una época que ya dejamos atrás hace ya mucho tiempo; una época que no se ha vuelto a repetir, por mucho que Hollywood se empeñe en intentarlo a costa de remakes, reboots y secuelas tardías. Y precisamente de su enésimo intento por “rescatar” historias de antaño toca hablar ahora con la llegada de esta versión 2011 de “Footloose”.

Ren MacCormack (Kenny Wormald) se traslada desde Boston hasta el pequeño pueblo sureño de Bomont para vivir con su tío y su familia. Unos pocos años antes, la localidad quedó conmocionada por un trágico accidente en el que murieron cinco adolescentes después de una noche de fiesta. Ese suceso provocó que los concejales de Bomont y el respetado Reverendo Shaw Moore (Dennis Quaid) reaccionaran aprobando unas restrictivas leyes que desde ese momento prohibieron la música a gran volumen y el baile.

Nadie en el pueblo se enfrenta a esta situación hasta que llega Ren, quién ni corto ni perezoso decide desafiar la prohibición insuflándole vida al pueblo y, de paso, enamorándose de Ariel (Julianne Hough), la problemática hija del pastor.
Si en 2004 se estrenaba una (pobre) secuela de la exitosa "Dirty Dancing", y hace cosa de tres años lo hacía un remake de “Fama”, ahora le ha tocado el turno a la no menos mítica “Footloose”, aquella cinta que catapultó a la fama a un jovencito y semidesconocido Kevin Bacon.

Y la verdad, visto lo visto, quizás les hubiera salido más rentable reestrenar la original (y en 3D, para hacer más caja) que no volver a rodarla tal cual para venir a contarnos lo mismo pero con otras caras. Y es que esta “nueva” versión a cargo de Craig Brewer (Hustle & Flow, Black Snake Moan) no es más que un calco de la ochentera, una copia sin atisbo de originalidad o frescura que aportar respecto a lo que dirigió Herbet Ross con Bacon y cía. El propio Brewer se ha encargado de co-escribir el guión con, precisamente, el guionista de aquella, y lo que uno deduce al ver el resultado es que se han limitado a “copiar y pegar” escena por escena casi literalmente, introduciendo alguna mínima novedad y realizando algún que otro cambio (sustituir la carrera de tractores por autobuses y añadir una explosión final para que “mole” más), para luego pasarlo a limpio y entregárselo a los productores como “un remozado producto que vender a las nuevas generaciones”.


Tras unos créditos iniciales que beben directamente de su predecesora, el director nos muestra lo que en aquella tan sólo se citaba, es decir, el accidente mortal que deja conmocionado al pueblo y desencadena el posterior recorte de libertades para los más jóvenes. Luego ya empieza la historia que muchos ya conocemos: joven rebelde llega al pueblo y no da créditos con las absurdas prohibiciones del lugar; se hace amigo del friki de turno y se cuela por la chica guapa (de turno) que sale con el macarra/matón (de turno). Mientras conquista a la moza, el muchacho trata de reivindicar el estilo de vida de los adolescentes saltándose las normas y poniendo contra las cuerdas a una comunidad retrógrada y excesivamente conservadora encabezada por el Reverendo Shaw.

Si la historia ya era simple y tópica en los ochenta, aún lo es más ahora. Por otro lado, al haberse mantenido tan fiel al espíritu de la original, la ingenuidad de aquella sigue presente en ésta, y eso la hace parecer un poco “anticuada” para las nuevas generaciones (sobre todo en lo que respecta al tema de la sexualidad). Algunos comportamientos y actos de rebeldía se nos antojan demasiado blanditos para estos tiempos, amén de que la propia premisa argumental se sostiene con mayor dificultad. De todas formas, localizándose la historia en el típico pueblo sureño de la América profunda (en donde el cristianismo más radical sigue arraigado entre sus habitantes), la sensación de inocencia de la que se impregna podría darse por válida.


Todo lo que le pudiéramos criticar a la cinta original bien podríamos criticárselo a ésta, del mismo modo que lo que hizo especial o destacable a aquella (los atractivos bailes, el romance…) sigue funcionando de igual modo en ésta. Si la Footloose de 1984 era un producto para adolescentes, la Footloose de 2011 es exactamente lo mismo (no en vano, son la misma película), por lo que en un principio debería contentar justamente a ese público al que va dirigida. Ni más ni menos.

Los que ya dejamos atrás la edad del pavo saldremos ganando revisando la original, por aquello de la nostalgia y porque, puestos a ver lo mismo, que sea con la banda sonora de nuestra época (Kenny Loggins, Foreigner, Bonnie Tayler, Quiet Riot…). Y eso que el soundtrack elegido para la ocasión no es tan infecto como cabría esperar, e incluso se mantienen algunos temas ochenteros (no solamente el que da título a la película)


Lo mejor: los bailes; volver a escuchar el tema de Kenny Loggins (y a Quiet Riot) en una sala de cine.

Lo peor: Haberse limitado a copiar la original en vez de actualizarla y aportar algo nuevo o diferente para el público juvenil de ahora.


Valoración personal: Correcta

domingo, mayo 08, 2011

“Agua para elefantes” (2011) - Francis Lawrence

critica Agua para elefantes 2011 Francis Lawrence
Señoras y señores, damas y caballeros ¡Bienvenidos al circo!

Sí amigos, el circo ha vuelto a la ciudad. Así lo atestiguan películas como “El circo de los extraños”, “El imaginario del Doctor Parnassus” o la más reciente “Balada triste de trompeta”. Claro que antes que éstos, otros ya nos mostraron cómo es el mundo circense por dentro, como Cecil B. DeMille en “El mayor espectáculo del mundo” (mi favorita), Henry Hathaway en “El fabuloso mundo del circo” o Charles Chaplin en “El Circo”, por citar sólo algunos de los films más conocidos de entre los muchos (La parada de los monstruos, El callejón de las almas perdidas, Trapecio, Bronco Billy, Dumbo…) que hay.

Ahora es Francis Lawrence el último que su sube al trapecio con “Agua para elefantes”, película basada en la aclamada (best-seller, faltaría más) novela homónina de Sara Gruen. Para su primera inmersión en el género melodramático (recordemos que es el director de los blockbusters Constantine y Soy leyenda), Lawrence se ha rodeado de un reparto compuesto por el roba corazones Robert Pattinson, el recientemente redescubierto Christoph Waltz (gracias, Tarantino) y la siempre risueña Reese Witherspoon (una rubia muy legal, o eso dicen)

Y la historia es la siguiente: Un estudiante de veterinaria sin recursos económicos, Jacob (Pattinson), se aventura en un circo ambulante para trabajar cuidando de sus animales. Son tiempos difíciles, de mucha penuria, y Jacob lo ha perdido todo en esta vida menos la esperanza de seguir adelante. En el mundo del espectáculo circense de los hermanos Benzini el joven hará nuevos amigos y conocerá al amor de su vida, Marlena (Whiterspoon), la estrella del circo y esposa August (Waltz), el carismático pero peligroso dueño del mismo.

Habida cuenta de esta sinopsis, es más que evidente que lo que tenemos entre manos es un triángulo amoroso con todas las de la ley. Y ese es, precisamente, el tema central de la película.

El circo no es más que el entorno de la historia, aunque ésta, obviamente, se beneficia enormemente de todos esos elementos circenses que enriquecen la trama amorosa y que le otorgan un toque especial y distintivo a la película. Hay que olvidarse, eso sí, de “la magia del circo” que hemos visto en otras películas, pues aquí no se trata de ofrecer un gran espectáculo lleno de acrobacias, trucos de magia y payasadas, sino de mostrar la crudeza de unos años difíciles, los de la Gran Depresión. Y el circo de los hermanos Benzini es uno de tantos circos en vías de extinción y necesitado urgentemente de algún gran show que logre atraer al público en masa y lo rescate de una más que presumible quiebra.

A este circo llega por casualidad nuestro protagonista, Jacob Jankowski, quien, tras una tragedia personal, vaga sin rumbo hasta que, de forma impulsiva, se sube como polizón al tren que alberga al Benzini Bros. Circus. Abatido emocional y económicamente, Jacob busca aquí una nueva oportunidad para encauzar su vida.

Tras la aprobación de August, el férreo jefe de pista y propietario del circo, el joven se unirá a la troupe haciéndose cargo primero de las tareas más desagradables, para luego pasar a encargarse del cuidado de los animales.

Esta tarea le brinda la posibilidad de estar más cerca de Marlena, la estrella del espectáculo, y de la que se siente atraído inmediatamente



Pese a la cautela de Marlena, ésta no tarda en darse cuenta que ambos comparten un fuerte vínculo con los animales, y eso es lo que terminará acercándolos, pese a la insalvable barrera que supone su matrimonio con August.

Los sentimientos del uno hacia al otro irán en aumento, y cuanto mayor sea esa atracción, mayor será también el peligro a ser descubiertos.

“Agua para elefantes” es un drama romántico al más puro estilo clásico, y del que cabría destacar su cuidada ambientación (fiel retrato de la década de los 30) y su delicada y harmoniosa banda sonora a cargo James Newton Howard (mención especial a los temas más jazzísticos). En cuanto a la historia, puede que se sienta un tanto encorsetada y, en cierto modo, prefabricada. Se echa de menos algo más de garra y valentía en una trama que parece seguir el “manual del buen drama romántico”, empezando por un prólogo (típico a más no poder; y me consta que también está en la novela) narrado en la actualidad por un Jacob ya mayor y que nos introduce en la historia rememorando sus años mozos. Curiosamente, son estas escenas, que abren y cierran la película y que corren a cargo del veterano Hal Holbrook, las que resultan ser las más emotivas y entrañables de toda la cinta. No es que el resto carezca de sentimientos o ternura (las escenas con Rosie son de lo mejorcito), pero las sensaciones que transmite sí son mucho menos intensas.

De todos modos, estamos ante un drama bien llevado y que no aburre en ningún momento. Su historia, por conocida y previsible que resulte, no deja de ser menos interesante, y además nos permite disfrutar nuevamente de un magnífico Christoph Waltz. El austríaco nos muestra a la perfección a las dos caras de August, el amo y señor del circo, respetado y temido a la vez por sus empleados. Waltz transmite simpatía cuando éste muestra su cara más amable, pero acongoja cuando saca a relucir su lado más oscuro.


Ligada a él en matrimonio está Marlena, una mujer que le debe todo lo que es y lo que tiene a su marido. Whiterpoon logra transmitir el encanto y candidez de Marlena sin convertirla en un personaje vulnerable, pero sí mostrando que está atrapada en una relación en la que el amor ha sido sustituido por la gratitud y la dependencia (más que por el miedo)

Pattinson resulta convincente a ratos. En ocasiones, está más que correcto; mientras que en otras tantas le falta algo más de expresividad y capacidad para sugerir. Al joven actor aún le faltan tablas para desenvolverse con soltura en personajes de mayor enjundia, especialmente en un Jacob que debe transmitir más con la mirada o un gesto que mediante palabras.

“Agua para elefantes” tiene todos los ingredientes para ser un drama memorable, pero no lo es. Aún así, no se siente tan pretencioso como otros (ejem, Australia) y seguramente convencerá a los amantes de este tipo de historias.


Lo mejor: la ambientación

Lo peor: todo se siente demasiado artificial y típico.


Valoración personal: Correcta

sábado, agosto 14, 2010

“Killers” (2010) - Robert Luketic

crítica Killers 2010 Robert Luketic
Después de “Exposados”, “Noche loca” y la reciente “Noche y día”, “Killers” es la última película que faltaba para llenar el cupo de comedias románticas de acción que se han estrenado este año.
De todas ellas, ésta es la que tiene a la pareja protagonista más joven, pero en vista de su taquilla actual, no parece que eso sea mucho reclamo para el público.

Jen es una técnica informática que llega de vacaciones a Niza acompañada de sus padres con la idea de recuperarse de una dolorosa ruptura sentimental. Spencer es un superagente secreto que llega a la ciudad francesa para llevar a cabo una misión. Ambos se hospedan en el mismo hotel, y cuando coinciden en el ascensor, surge entre ellos el amor a primera vista (el torso desnudo de él habrá influido lo suyo)

Spencer, harto ya de su trabajo, decide sentar cabeza junto a Jen, así que tras unas románticas vacaciones, acaban casándose.


Tres años después, la pareja disfruta de un idílico matrimonio… hasta que el pasado de él surge de forma tan imprevista como molesta. Al parecer, alguien ha puesto precio a su cabeza.


A Spencer no le quedará más remedio que sincerarse con Jen e intentar averiguar quién le desea ver muerto y porqué. Por si el hecho de hacer frente a un grupo de asesinos no fuera suficiente, el ex agente deberá preocuparse también de salvar su matrimonio.



El director Robert Luketic prosigue con la comedia romántica, género al que más atención le ha dedicado a lo largo de su carrera. Debutó primero con la exitosa “Una rubia muy legal”, y otras tantas le siguieron hasta llegar a “La cruda realidad”, su película más taquillera hasta la fecha (205 millones de dólares de recaudación por tan sólo 38 de presupuesto)

El interesante thriller “21 Black Jack” (su trabajo más decente) ha quedado ya como un mero espejismo dentro de su filmografía.

Precisamente, por lo poco que invierte en sus películas y lo mucho o bastante que, en comparación, suele recaudar, los productores debieron pensar que sería el director ideal para una nueva comedia, pero añadiendo esta vez unos toques de acción, algo que sin duda permitiría ampliar el rango de público al que va dirigida. Pero parece que el tiro –nunca mejor dicho- les ha salido por la culata…


Luketic vuelve a tener bajo sus órdenes a Katherine Heigl, actriz que ha vivido una resurrección profesional gracias a la serie “Anatomía de Grey”, lo que le ha permitido volver a la gran pantalla y ser considerada como la nueva “novia de América” (título que han ostentado actrices como Julia Roberts, Sandra Bullock o Meg Ryan)

Como pareja, nadie mejor que otra cara guapa y joven de Hollywood, Ashton Kutcher, otro al que le van las comedias.

Ambos encabezan el reparto de “Killers” en los papeles de Jen y Spencer, respectivamente. Físicamente dan el pego, pero no se puede decir que haya mucha química entre ellos.

Heigl se esfuerza tanto en no perder la compostura, no despeinarse y estar sexy en cada plano, como en caer simpática al espectador. Lo cierto es que a la actriz se le da bien la comedia, por lo que su actuación es convincente, aunque de vez en cuando haya momentos en los que nos saque de quicio con sus chillidos y su autoritarismo (si bien he de admitir que su presencia es más soportable de lo que pensaba en un principio, a juzgar por el trailer)

Kutcher, que resuelve con fortuna las escenas de acción, es un cero a la izquierda al lado de ella. El actor se muestra bastante apático la mayor parte del tiempo, y no parece creerse demasiado su personaje (aunque con lo que le han escrito, tampoco me extraña)

En films como “El Efecto Mariposa” o “The Guardian” lo he visto más acertado que aquí (incluso haciendo de lerdo en “Colega, ¿Dónde está mi coche?” o en la serie ”Aquellos maravillosos 70”)

De todas formas, la trama urdida por Bob DeRosa y Ted Griffin tampoco es que sea gran cosa, con lo que un actor mejor hubiera servido de poco.


“Killers” es una especie de mala copia de “Mentiras Arriesgdas” mezclada con un poquito de “Sr&Sra Smith”. No le llega ni a la suela de los zapatos a la de Cameron, pero quizás para algunos se haga más digerible que el espantoso vehículo para lucimiento de “brangelina”, lo cual tampoco es decir mucho.

Los primeros minutos ya nos indican por donde van a ir los tiros. Tiene algunos momentos dignos de postal romantico-pastelosa (aquellos en que la parejita empieza a conocerse), pero dentro de lo que cabe, tampoco son una mala carta de presentación para el que asiste a la sala sabiendo a lo que va.

Luego la película se desmadra un poco y se va volviendo más boba a medida que transcurren los minutos, saliendo asesinos hasta de debajo de las piedras para acabar con Spencer (aunque eso más o menos está justificado)

No le vamos a negar que tiene algún que otro momento lúcido y hasta simpático (la escena del supermercado), pero en general no ofrece nada que no hayamos visto antes y mejor. Luketic tampoco está muy acostumbrado a las escenas de acción, y eso se nota, por lo que no hay ninguna que sea realmente destacable. Un par de persecuciones (a coche y a pie) sin demasiado interés y unos cuantos tiroteos en la misma línea. Lo mejor son un par de enfrentamientos cara a cara entre Spencer y sus verdugos, que están bastante bien coreografiados.

Eso y algunas discusiones de pareja con cierta chispa hacen más distraída la cinta. Ahora bien, el intento de rematar la trama con un giro final sorpresa es de lo más lamentable y no se lo deben creer ni los propios guionistas.

Tom Selleck y Catherine O'Hara también andan por ahí como los veteranos secundarios. Cuentan con un papel más bien reducido, aunque tienen su gracia (sobre todo O'Hara como la madre alcohólica de Jen)

Por lo demás, “Killers” es una pobre y tontorrona comedia de acción y romance que está muy por debajo de sus semejantes, aunque aburrir no aburre.

Recomendada exclusivamente a los fans de Heigl y de Kutcher.


Lo mejor: que uno no se aburre.

Lo peor: Ashton Kutcher.


Valoración personal: Regular

jueves, febrero 12, 2009

"Slumdog Millionaire", una historia de amor y supervivencia


De nuevo, tenemos aquí a otra de esas candidatas a arrasar en la edición de los Oscars de este año. Ganadora de 7 premios BAFTA, 4 Globos de Oro entre los que se incluyen el de mejor película, director y guión, y 10 nominaciones a los citados Oscars, convierten a “Slumdog Millionaire” en la directa competidora de “El curioso caso de Benjamin Button” y la única con serias posibilidades de arrebatarle la estatuilla en las categorías reinas.

Hacía mucho tiempo que Danny Boyle, su director, no conseguía el clamor popular de crítica y público. Más o menos desde la genial “Trainspotting, y de eso hace ya más de 10 años, que no es poco. De hecho, podría decirse que este es su mejor trabajo desde aquella, algo que se agradece después de tanto producto decepcionante (con lo buena que estaba siendo “Sunshine” y se la cargó con un tramo final a lo cutre-slasher)


La historia que aquí se nos presenta, más o menos la conocéis todos. Jamal Malik (Dev Patel), es un adolescente de clase baja de Bombay que un día se presenta a la versión hindú del concurso "¿Quieres ser millonario?". Este acontecimiento cambiará por completo su vida y nos permitirá a nosotros, los espectadores, conocer más de su pasado y de cómo llegó hasta allí.


Esta escueta sinopsis es más que suficiente para tomar la decisión de ver o no ver esta película. Contar más de su trama sería adentrarse en el peligroso terreno del spoiler, así que todo aquello que comente acerca de la misma, lo haré con la debida señalización (siempre que lo considere oportuno). Y es que cuanto menos sepáis, más os sorprenderá esta película.

Para empezar, la premisa argumental de la cinta es toda una rareza, y puede que sea el motivo por el que algunos, atacados por la curiosidad, decidan echarle un vistazo. A la vez, también puede ser el motivo por el cual suscite un vago interés entre otros espectadores, aunque tanto premio y tanto elogio, seguro que convencerán a más un escéptico.

Para despejar dudas, toda la parte del concurso es más bien una ingeniosa fórmula que sirve al director para contarnos la dura vida de Jamal y los suyos (familia, amigos…). Un recurso narrativo que paso a paso nos adentra en el pasado del muchacho, conociendo poco a poco sus penurias y esa dificultad de crecer en un lugar atroz para la población más pobre del país. Todas experiencias que sufre y también disfruta Jamal son la base que conforma la trama y lo que, imagino, ha cautivado a la crítica.


Pero “Slumdog Millonaire” no es un duro drama al estilo “Ciudad de Dios (peliculón donde los haya y a mi gusto, mucho mejor que ésta), sino una película mucho más contemplativa en cuanto a géneros. Hay en ella un poco de comedia, de suspense, de romance y finalmente, de drama, siendo esto último lo más arrebatador de todo. Pero lejos de mostrar la pobreza y la crueldad de la vida en su forma más desgarradora, lo que Boyle y su guionista han pretendido, además de mostrar una viva realidad que muchos occidentales desconocemos, es dejar un pequeño lugar para la esperanza. Y eso es lo que al fin y al cabo termina dejándonos un buen sabor de boca.

SPOILER-- Jamal y su hermano se quedan huérfanos desde bien pequeños. Tras la muerte de su madre, deben sobrevivir en un lugar hostil que no siente compasión por los más desfavorecidos. Los dos hermanos subsisten como pueden, ingeniándoselas para conseguir dinero y comida. A veces es robando sin contemplaciones, otras es tomando el pelo a los turistas, y otras tantas es trabajando en un McDonald’s por un mísero sueldo. Pero pese a vivir lo mismo, la personalidad de ambos muchachos condiciona su destino, y mientras que uno, Jamal, intenta ir por el buen camino, el otro, Samil, cae en la codicia a cualquier precio y el puro egoísmo. A ninguno de los dos se les puede recriminar su forma de vivir, pero sí algunas decisiones que puedan cambiar no sólo su futuro sino el de quienes les rodean -- FIN SPOILER


La película goza de un buen desarrollo a modo de flashbacks que cada vez nos adentra más en la historia, y que a medida que pasan los minutos nos hace sentir una mayor empatía por el personaje, sobre todo en aquellos sucesos que poco a poco van complicando el tema amoroso de Jamal con el personaje de Latika (interpretada por Freida Pinto, todo un bellezón)

Para que quede más claro, cada pregunta que el presentador del show televisivo lanza a al joven, recibe una respuesta a modo de flashback que nos descubre el por qué Jamal es capaz de conocer esa respuesta, y a su vez, es la forma con la que su vida, su pasado, se van colando en la película. Y como ya he comentado antes, este es el recurso que mejor sabe utilizar Boyle para desarrollar toda la trama. Los recursos menos favorecedores son algunos efectismos visuales que le dan un aire más comercial a la propuesta, llegando por momentos a antojársenos incluso demasiado videocliperos. Eso sin contar el bienintencionado pero un tanto edulcorado “happy end”, que le resta algunos puntos al resultado final SPOILER-- que Jamal consiga a su chica es de recibo, pero que gane el concurso es demasiado complaciente con el espectador. Debería haber perdido el dinero –nunca supo la respuesta- y haber ganado lo que su corazón siempre ha deseado: a Latika, el amor de su vida. Pero claro, eso ya es una opinión muy personal-- FIN SPOILER


Otro punto en contra es su verosimilitud para con el concurso, que de vez en cuando se cae por su propio peso. El modo en el que Jamal conoce alguna de las respuestas del concurso es un tanto forzada (SPOILER --la de los objetos que sostiene el Dios Rama, por ejemplo -- FIN SPOILER) e incluso el nivel de dificultad de las preguntas se podría considerar de tipo medio y no alto. Esto último podría justificarse del siguiente modo: teniendo en cuenta que las últimas preguntas responden más a la cultura popular americana y europea que a la india, un hindú no tendría porque saberlas, y ahí radicaría esa mayor dificultad en responderlas correctamente. Peeero… SPOILER-- que la pregunta que le va a hacer ganar 20 millones de rupias sea sobre los mosqueteros, famoso libro donde los haya -aquí y en Lima- y que encima él lo estudió en la escuela, sea la pregunta final… resulta poco creíble, aunque era obvia su utilización dada la importancia que tiene ese concepto al principio de la película. Vamos, que por muy bonito y sorprendente que quede, no deja de estar metido con calzador para conseguir ese desenlace tan adecuado --FIN SPOILER

En contraposición a esto, tenemos un rodaje ubicado en chabolas de verdad, un acercamiento a la india pobre muy realista (o así lo parece), unas interpretaciones de todo el reparto muy convincentes (desde los chavales más pequeñajos hasta los adolescentes), una música autóctona acorde con lo que se nos muestra, y una bonita historia de amor y de supervivencia con la que es difícil no sentir algún tipo de empatía. Todo ello hace que la película se vea con agrado y sin aburrir ningún momento.

Slumdog Millionaire no está exenta de fallos y de algún que otro efectismo bien disimulado, pero es su sencillez lo que la hace brillar. No hay grandes alardes de ningún tipo en ningún aspecto, pero precisamente convence por su moderación. No se vislumbra en ella un afán de conseguir premios a toca teja, como sí lo parece con otras propuestas más presuntuosas y oscarizables. Y es por ello que Boyle y todo su equipo están recibiendo tanto reconocimiento.

No es una gran película –no para mí- pero sí es digna de ver y recomendar.


P.D.: El homenaje al cine made in Bollywood de los créditos finales no viene muy a cuento e incluso yo diría que sobra, pero tiene la suficiente gracia para que no moleste.


Lo mejor: su sencillez; el modo de relatar la historia.

Lo peor: algún recurso efectista y forzado para terminar de redondear la historia.


Valoración personal: Correcta.