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lunes, diciembre 24, 2012

“Los Miserables” (2012) – Tom Hooper


“Les Miserables” es, seguramente, la obra más conocida del escritor y dramaturgo Victor Hugo, y sin lugar a dudas una de las más populares de la literatura del siglo XIX. A finales de la década de los 70,  los compositores franceses Alain Boubill y Claude-Michel Schönberg decidieron convertir la novela en una adaptación musical, editando un álbum conceptual que acabaría siendo representado en un espectáculo parisino. De ahí a su paso por los escenarios de Londres no pasaron muchos años, pero sí han sido muchos los que la obra se ha mantenido en cartel en todo el mundo, convirtiéndose así en uno de los musicales más longevos y exitosos de la historia. 

Aunque de la novela de Hugo se han hecho ya numerosas adaptaciones cinematográficas (entre ellas la infravaloradísima versión de los noventa con Liam Neeson y Geoffrey Rush en los papeles principales), ésta es la primera vez que el musical londinense se lleva a la gran pantalla, y lo hace de la mano del oscarizado Tom Hooper (El discurso del rey).

La historia transcurre en la convulsa Francia del siglo XIX. Tras una larga condena de 19 años por robar pan para alimentar a su sobrina, Jean Valjean (Hugh Jackman) es puesto en libertad condicional por el oficial Javert (Russel Crowe). Pese a volver a ser un hombre libre, Valjean no encuentra un lugar en el que establecerse. Su condición de exconvicto le cierra todas las puertas a las que llama, siendo rechazado y tratado como un paria. Hasta que se topa con el obispo Myriel de Digne, el único que le trata con amabilidad y le ofrece comida y refugio. Pero Valjean traiciona su hospitalidad robándole la cubertería de plata, y huye del templo a escondidas. Cuando la policía lo captura y lo lleva en presencia del obispo, éste niega su delito concediéndole una segunda oportunidad para que siga el buen camino y se vuelva un hombre de bien.

Valjean inicia así una nueva vida bajo otro nombre, convirtiéndose en una persona respetable y generosa. Desgraciadamente, su pasado no tardará en volver a atormentarle…

Con Los Miserables no nos encontramos un musical al uso. Lo que tenemos aquí es una opereta, y eso significa que la historia se narra a base de canciones, o dicho de otro modo, que la película es un gran número musical en el que todos los personajes interpretan cantando. Es más, aquí no veréis más de 20 líneas de diálogo, siendo todo lo demás exclusivamente musical.

Por tanto, si no sois muy afines al género o si os quedasteis fritos en la butaca (o en el sofá de casa) viendo “Sweeney Todd: El barbero diabólico de la calle Fleet” (musical de misma estructura, aunque de temática muy diferente), mejor que ni os molestéis con el filme de Hooper.

Desde el minuto uno hasta el final, prácticamente todos los diálogos de la película son cantados, a excepción de unos pocos en los que el intercambio de palabras es más bien escaso. La música es la base en la que reposa toda la trama, y la letra de las canciones se emplea tanto para que los personajes se comuniquen entre sí como para que éstos se desnuden (figuradamente) ante la audiencia y expresen sus sentimientos, emociones o pensamientos. En este último apartado cabría destacar de manera especial los números de Anne Hathaway, que está pletórica, el momento de “iluminación divina” de Valjean/Hugh Jackman, o las lamentaciones de Marius/Eddie Redmayne por los compañeros y amigos caídos.


La dramatización de la obra de Hugo en formato musical tiene, no obstante, sus pros y sus contras. El mayor problema es a nivel narrativo, ya que los hechos transcurren, a menudo, con desmesurada precipitación (especialmente los primeros actos de la historia), precisamente porque no se puede abusar de los diálogos ni hacerlos demasiado complejos, lo que impide muchas veces profundizar no sólo en algunas partes de la historia (todo lo que ocurre desde el momento en el que Javert sospecha que el Sr. Madeleine, el nuevo alias de Valjean, es en realidad el preso al que tanto tiempo lleva persiguiendo; o la historia de amor entre Marius y Cosette, de una superficialidad e ingenuidad aplastantes) sino también en las acciones de sus protagonistas.
No me cabe duda que el guionista ha tenido que echar mano de la novela original en más de una ocasión para rellenar los huecos que deja el musical londinense, y así poder hacer mucho más comprensible la trama. Y es que lo que puede funcionar perfectamente sobre un escenario no necesariamente tiene que hacerlo de igual manera en pantalla. Mientras que en los escenarios la trama se tiene que simplificar para adaptarse a la estructura del musical, fuera de ellos esa simplificación debe enriquecerse a través de otros recursos, y no siempre meramente visuales (que aquí éstos funcionan de maravilla; desde la excelente escenografía hasta la inmaculada dirección de Hooper).

La cinta también tropieza, en ocasiones, con la propia estructura en sí misma. Encadenar una canción tras otra, casi sin apenas dejar respirar al espectador, puede no ser fácil de dirigir, más aún cuando se trata de una historia con tanto y tan trágico melodrama. En ese sentido, Sweeney Todd, por ejemplo, entraba mejor, gracias a su ligereza, a su humor negro y a sus toques de terror victoriano. Aquí en cambio, el ritmo se resiente, y en una butaca del cine en vez de un teatro, las dos horas y media pesan un poco. Y eso afecta a nuestra implicación, de modo que mientras que algunos momentos nos llegan al alma (repito, Hatthaway está que lo borda), otros en cambio se encuentran con que hemos cerrado a  cal y canto el pasillo que conduce hacia nuestras emociones y nuestra empatía.

Es por eso que cuando Hooper concede pausas o combina el drama con puntuales momentos de humor (adheridos exclusivamente a los picarescos –entiéndase el adjetivo como un eufemismo de despreciables- personajes que interpretan Helena Bonham Carter y Sacha Baron Cohen), la función discurre con mayor comodidad, y uno se siente más predispuesto a dejarse llevar por los números y las maravillosas melodías. Porque eso sí, la banda sonora es una maravilla, con  temas asombrosamente pegadizos que nos invitan al canturreo postvisionado. El portentoso “Look Down” que abre la película reaparece de forma eventual cual leitmotiv, pero no es el único tema que sobresale  de la partitura. 

Y ese seguramente sea uno de su mayores pros y lo que sin duda ha convertido este musical en un éxito (amén de por la obra de Hugo). Además, tenemos a un reparto entregado que, en su mayoría, suplen la faceta de cantante con eficiencia, cuando no con nota. De nombrar un punto flaco, ese sería Russell Crowe, y no porque cante mal, ni mucho menos, pero no da el tono operístico que pide la obra. Lo que en sus compañeros fluye con más naturalidad, en Crowe resulta más forzado. El actor tiene formación musical y experiencia en ello (además de haber sido vocalista de una banda de rock) pero aquí le cuesta dar la talla si lo comparamos con el resto. Aún así, es un punto flaco muy menor, teniendo en cuenta que interpretativamente es perfecto para el papel, y su presencia en pantalla es un 50% del trabajo, y ahí no hay peros que valgan.

Por su parte, Jackman, que también tiene trayectoria en el género, pedía a gritos un musical cinematográfico desde hace tiempo, y aquí lo tiene. Un regalazo. Su Jean Valjean es uno de los papeles de su (irregular) carrera.

“Los Miserables” es un buen musical de implecable factura, excelentes actuaciones y magníficas  melodías, pero su sitio está en los escenarios.  

A los que jamás se hayan acercado a la obra de Victor Hugo en sus distintas adaptaciones al cine, les recomendaría que empezaran por ellas (la que os dé más rabia) antes que con esta versión musical, pues considero que es la mejor forma de apreciar todos los matices de la trama y de su contexto histórico. 


Lo mejor: el reparto y las canciones.

Lo peor: su ritmo y larga duración; que en formato musical la novela se quede demasiado "resumida".


Valoración personal: Correcta-Buena

viernes, agosto 10, 2012

“Rock of Ages (La era del rock)” (2012) - Adam Shankman

Crítica Rock of Ages (La era del rock) 2012 Adam Shankman
Después de “Bedtime Stories”, su último trabajo al servicio de Adam Sandler, el director Adam Shankman regresa al género musical tras el –incomprensible- éxito de crítica (y en menor medida, de taquilla) de “Hairspray”, remake del filme homónimo del inclasificable John Waters.

Esta vez el punto de partida es un exitoso musical de Broadway, lo que a menudo suele ser sinónimo de calidad y un buen punto de partida cara al celuloide. Pero si por algo ha llamado la atención este musical es por la participación en él de un Tom Cruise greñudo y heaviata a más no poder. De hecho, él fue el protagonista de la primera imagen oficial del proyecto, en la que aparecía sin camiseta y agarrando un micro como si le fuera la vida en ello.

Sin embargo, con el primer tráiler se desveló el pastel: Cruise no era el protagonista sino uno de los secundarios. Su misión: lucirse lo suficiente sin eclipsar a los verdaderos protagonistas de la película, una joven parejita de enamorados.

Sherrie (Julianne Hough) es una chica de pueblo que viaja hasta la gran ciudad para ser cantante. A su llegada conoce a Drew (Diego Boneta), un amable chico que le consigue un trabajo en The Bourbon Room, uno de los legendarios locales del Sunset Strip, la zona rockera por excelencia de California. Ambos persiguen un mismo sueño: triunfar en la música. 

Lo que tenemos aquí es la historia de siempre: chica conoce a chico, chica y chico se gustan, se besan y se enamoran. En el transcurso de su romance acaban discutiendo por alguna tontería (en este caso en particular, un desafortunado malentendido) pero finalmente se reconcilian, comen perdices y el amor triunfa por encima de todas las cosas.

No es que uno exija algo novedoso al respecto (que no estaría de más y se agradecería mucho-----> “(500) Days of Summer”), pero ya que se cae en el romance típico tópico de toda la vida, lo menos que se puede pedir es que éste no indigeste al espectador. Y en “Rock of Ages” eso es pedir un imposible.

Sherrie y Drew son un par de tortolitos insufribles. Su pasteloso y cursi romance empalaga, y las canciones no hacen más que aumentar esa sensación.  

Esto podría no ser un problema si el resto de la película ofreciera algo en compensación. Lamentablemente, no es así.

Dejando de lado que los personajes son tópicos con patas, la película parece deambular en una fina línea entre el homenaje y la parodia más estúpida. Más lo segundo que lo primero, pues no parece quedar muy claro si lo que quieran es ensalzar al rock y sus estrellas o bien ridiculizarlos hasta al más profundo patetismo. Los protagonistas no se cansan de proferir una y otra vez “viva el rock and roll”, pero la imagen que en ocasiones transmite suena más a burla que a otra cosa.

Los momentos musicales entran ágilmente por el oído gracias al repertorio ochentero elegido para la ocasión.  Temas, eso sí, sacados de la vertiente más glam y también más comercial del hard rock (con algo de AOR, esto es, ni demasiado heavy ni demasiado pop) para no espantar al público potencial de la película: los adolescentes.


Así pues, escuchamos a Foreigner, Whitesnake, Journey, Guns ‘n Roses, Twisted Sister, Poison…  Bandas estupendas cuyos famosos y emblemáticos temas nos traen un montón de recuerdos a los más nostálgicos (por no faltar, no falta ni el “More Than Words” de Extreme). ¿Pero dónde quedaron Motorhead, Black Sabbath o UFO? ¿Demasiado duros para la historia que nos ocupa? Puede que sí.

Pero no me quejaré. La música es lo más atractivo de esta producción. El resto no acompaña, y eso hace que las dos horas de metraje se hagan largas y pesadas, con números musicales poco inspirados y demasiado seguidos que van de un extremo (lo ñoño) al otro (lo vulgar).

¿Lo mejor? Ya los lo digo ahora: Tom Cruise. El actor se sale, y eso que el guión le obliga en ocasiones a hacer el mayor de los ridículos (no veía desde hacía tiempo una tensión sexual desatada tan lamentable como la que aquí escenifican los personajes de Cruise y Malin Ackerman). Y ya va siendo hora que los guionistas de Hollywood se enteren de que incluir un mono como acompañante es un recurso facilón, gastado y carente de gracia. 

Dicho esto, Cruise se pasa la mayor parte del tiempo sin nada que le cubra el torso (lo que podríamos llamar “marcarse un Mario Casas”), y pese a que la edad del pavo le queda lejos, ya le gustaría  a un servidor lucir ese tipito con 50 tacos (¡Qué puñetas! Incluso ahora pactaría con el Diablo por tener esos pectorales). 

Cruise encarna a Stacee Jaxx, una leyenda del rock quemada por la fama, que ha perdido la pasión por la música y que busca la salvación en una futura carrera en solitario. Mientras tanto, trata de llenar su vacío a base de sexo y alcohol, lo que saca de quicio a su representante, un Paul Giamatti en modo “vendería a mi madre por un buen fajo de billetes”.

En la otra cara de la moneda tenemos a un Alec Baldwin más perdido que un gusano en una manzana de plástico. Lo suyo no son los musicales (o al menos aquí no lo demuestra), y en sus momentos de canto da un poco de lástima. Tampoco ayuda mucho ponerle al lado de Russel Brand, un tipo que haga lo que haga, siempre da repelús.

Catherine Zeta-Jones, que ya tiene experiencia en esto de los musicales (véase “Chicago”, con el que se llevó el Oscar a mejor actriz secundaria), ofrece la versión más histriónica de sí misma. Pero eso no es del todo culpa suya sino de los guionistas, que reducen su personaje a “groupie despechada con ganas de venganza”. Zeta-Jones interpreta a la mujer del alcalde (un Bryan Cranston sometido también a algún que otro momento bochornoso), una señora dispuesta acabar con el rock and roll de Sunset Strip por considerarlo música satánica.

Si la trama principal resulta indigesta y soporífera, la parte que le toca a Zeta-Jones y Cranston no ayuda a hacerla más digerible. Sus esporádicas apariciones terminan de rematar una producción, en conjunto, bastante vergonzosa. Y es que “Rock of Ages” es un musical mediocre y un insulto a los rockeros. Un musical destinado a contentar casi en exclusiva a la “generación High School Musical”. Si de paso arrastra a algún nostálgico empedernido del rock de los ochenta, será de pura chiripa.

Cualquiera que ame el género musical y el rock se haría un favor evitando su visionado.


Lo mejor: Tom Cruise; las canciones ochenteras.

Lo peor: la empalagosa historia de amor; la ridiculización del rock.


Valoración personal: Mala

martes, diciembre 06, 2011

“Happy Feet 2” (2011) – George Miller

Crítica Happy Feet 2 2011 George Miller
Aunque es más conocido por la saga del guerrero postapocalíptico Mad Max (de la que en estos momentos se encuentra preparando -no sin contratiempos- una tardía -e innecesaria- secuela/reboot), el australiano George Miller también se ha sumergido en otros géneros como la comedia fantástica o el drama (para el recuerdo queda la excelente “El aceite de la vida”). Prácticamente desaparecido durante buena parte de los 90 y principios de la pasada década (con la salvedad de una secuela de Babe, el cerdito por excelencia del cine australiano), en 2006 Miller volvió a la palestra con un inesperado éxito taquillero resultante de su primera incursión en el cine de animación. Los pingüinos bailarines/cantarines de “Happy Feet” aterrizaron en la cartelera encandilando no sólo al público sino también a la crítica. Pero ahí no quedó la cosa, pues la película también se llevó el Oscar en su categoría de Mejor Película de Animación, rompiendo así la racha triunfadora que llevaba Pixar en un año en el que la compañía del flexo presentaba su candidata más denostada (Cars), Dreamworks quedaba fuera de competición y “Monster House” (mi favorita) entraba de tapadillo y sin hacer mucho ruido.

Tal fue la recepción del filme de Miller, que ni él ni Warner Bros han dudado en aprovechar el tirón de los pingüinos para sacar una segunda entrega.

Mumble, el maestro de Tap, tiene un problema con su pequeño hijo Erik, un coreófobo. Reacio a bailar, y considerado por ello un bicho raro, Erik decide escapar de su hogar. En su camino, se encuentra con el poderoso Sven, ¡un pingüino que puede volar!

Mientras Mumble va en busca de su hijo, algo terrible ocurre en la gran nación de los pingüinos emperador. A su regreso, padre e hijo descubrirán con asombro lo sucedido, y tendrán que hacer lo imposible para ayudar al resto de la colonia.


Si en la película original era Mumble quién debía encontrar su verdadera vocación dentro de una colonia entregada al canto, ahora es su hijo quién deberá experimentar un viaje emocional similar para dar con su talento escondido.

La historia ya empieza con un número musical en el que un montón de pingüinos cantan y bailan música modernilla. En medio de todos ellos se encuentra el torpe de Erik intentando seguir, sin éxito, los pasos de sus mayores, lo que termina finalmente en un buen tortón y las consiguientes risas de sus semejantes.

Este hecho desencadena la posterior huida de Erik junto a un par de amigos y la llegada a otra colonia, donde se nos presenta el personaje de Sven, el único del mundo capaz de utilizar sus alas de pingüino para volar, algo que asombra al resto de su especie y muy especialmente al impresionable Erik, que enseguida lo considera un ídolo y un modelo a seguir.

A su regreso a casa con su padre, es cuando la película empieza a ganar algo de interés (gracias el golpe de efecto en el guión) y los bailecitos de los pingüinos encuentran una justificación para ser exhibidos de forma constante.


La tierra de los pingüinos emperador ha quedado sellada por culpa de un iceberg, y no hay forma de salir sin recibir ayuda del exterior. Mumble está decidido a hacer todo cuanto esté en su aleta para ayudar a la colonia, aunque tenga que pedir ayuda al fanfarrón de Sven.

Los continuos intentos de rescate son los que aportan algo de emoción a una trama bastante ramplona y que depende en exceso del factor musical para salir a flote. Y esto último es obvio si tenemos en cuenta que se inscribe dentro del género musical (del que un servidor se considera un ferviente admirador), pero con unos pingüinos lo cierto es que no se puede hacer mucho para animar el cotarro. Menos aún si los personajes carecen de carisma alguno y los gags cómicos no resultan mínimamente graciosos; o al menos no para un adulto. Y ese es el mayor problema de “Happy Feet 2” en relación a su enfoque familiar, pues resulta mucho más indicada para los niños que para los adultos que los acompañan (o mejor dicho, los llevan al cine)

La cinta de Miller cuenta con buenos mensajes (creer en un mismo, ayudar a los demás, admirar a los que te quieren, saber quién eres y dónde está tu hogar, etc.), pero es demasiado infantil para ser disfrutada en familia. No conectas con los personajes, no te ríes con ellos (¿hasta cuándo tendremos que soportar el estereotipo del personaje latino supuestamente gracioso?) y la vertiente musical apenas despliega sus posibilidades (y de nuevo me remito al hecho de que los pingüinos no dan mucho de sí, y el escenario tampoco es propicio).

La animación, eso sí, sigue haciendo gala de un nivel de hiperrealismo formidable. Cuanto más cercano es el plano, mejor podemos apreciar la calidad de las texturas, especialmente en lo que se refiere a la nieve (o hielo) y los crustáceos. Hablando precisamente de crustáceos, tenemos a una pareja de krills, Will y Bill, que probablemente sean lo más interesante de la película. Son sus peripecias y sus conversaciones/discusiones las que aportan algo de aire fresco al conjunto de la historia.


También el hecho de rescatar algún que otro tema musical añejo (el Under Preassure de Queen y David Bowie, por ejemplo) en sustitución del pop musical actual, sirve para captar algo del interés del adulto espectador que pasada una hora ya está un poco cansado de pingüinos danzarines. Esto ocurre ya en el tramo final, que es cuando la cinta empieza a ganar enteros al abandonar momentáneamente el humor infantiloide (y la chapucera introducción y posterior desaparación de los personajes humanos) para decantarse por algo más emocionante y dignamente emotivo.

No hay duda de que para los críos “Happy Feet 2” supondrá un más que recomendable espectáculo musical lleno de pegadizas canciones y deslumbrantes secuencias animadas. Pero para los más creciditos, no es ni de lejos la opción ideal para ir al cine en familia. Demasiado sosa.

P.D.: Precisamente para los talluditos, lo mejor de la película es el corto de Looney Tunes (con Piolín y Silvestre en modo musical) que la precede. Por aquello de la nostalgia, más que nada.



Lo mejor: el hiperrealismo de la animación.

Lo peor: demasiado infantil para ver en familia.


Valoración personal: Regular

jueves, marzo 04, 2010

“Corazón rebelde (Crazy Heart)” (2009) - Scott Cooper

Corazón rebelde Crazy Heart 2009 crítica Scott Cooper Jeff Bridges
Con el paso de los años, y después de interpretar a todo tipo de personajes, Jeff Bridges se ha convertido en uno de los actores más solventes y que más respeto de Hollywood. Para algunos siempre será “El Nota” de El Gran Lebowski; para otros el extraterrestre Starman de Carpenter o el programador Kevin Flynn de “Tron”; y puede que las nuevas generaciones lo identifiquen más con Obadiah Stane (aunque al personaje no le concedieran los minutos que merecía). Entre unas y otras, Bridges no ha parado de trabajar.

Sin contar series de televisión y telefilmes, empezó a ser conocido en los 70, pero a mediados de esa década su prometedora carrera sufrió un traspié debido al fracaso del remakeado King Kong. En los ochenta volvió a la palestra, y desde entonces ha ido encadenando éxitos y fracasos y también unas cuantas nominaciones a los Globos de Oro y a los Oscars.

Después de algunas comedietas alimenticias, esporádicas participaciones como secundario, algún que otro drama y un blockbuster millonario, tocaba que Bridges afrontará uno de esos papeles que huelen a Oscar desde una hora lejos. ¿Qué mejor que un perdedor, alcohólico y cantante en horas bajas para hacerse con la preciada estatuilla, esa que tantas veces se le ha resistido? Por el momento ya se ha llevado el Globo de Oro a Mejor Actor de Drama, por lo que todas las quinielas apuntan a que repetirá jugada este 7 de Marzo. Claro que eso mismo pensábamos de Mickey Rourke y su luchador, y ya sabemos todos lo que ocurrió…


En “Crazy Heart”, rebautizada en España como “Corazón Rebelde”, Bridges se mete en la piel de Bad Blake, un cantante de música country venido a menos.

Su época dorada ya ha pasado, y desde entonces Bad se dedica a tocar para su fiel público en pequeños locales e incluso boleras por cuatro duros mientras comprueba resignado como su aprendiz (Collin Farrel) se forra a costa de sus enseñanzas. Por si esto fuera poco, acumula demasiados matrimonios fallidos en su vida y demasiado alcohol en su sangre.


Apartado de la vida social y viajando de garito en garito con su vieja furgoneta, Bad encuentra un brillo de esperanza cuando aparece Jean (Maggie Gyllenhall), una periodista de un periódico local que descubrirá al verdadero hombre que se esconde tras esa dura apariencia de vieja gloria del country.


La película se basa en una novela de 1987 escrita por Thomas Cobb, y según declaraciones del propio autor, se inspiró en el cantante Hank Thompson (es de suponer que para la vertiente musical) y en el escritor Donald Barthelme para componer a su Bad Blake. Si bien se podría decir que Bad tiene un poco de muchos otros artistas.

Bridges, por su parte, se inspiró en Kris Kristofferson, entre otros, para encarnar a Bad de la forma más humana y auténtica posible. Tenemos ante nosotros a una estrella del country en las últimas, uno de esas viejas glorias que no saben que han tocado fondo hasta que se han dado de bruces contra el suelo. Un tipo que ha vivido al límite durante toda su vida, y que aún hoy día mantiene todos sus vicios intactos aunque éstos puedan costarle la vida.

Imagino que algunos estaréis pensando que todo esto os suena a ya visto. Y lo cierto es que no os falta razón. El personaje perdedor, adicto al alcohol, fumador y mujeriego empedernido es un clásico, un tópico que ya hemos visto en infinidad de ocasiones. Sin embargo, Crazy Heart tiene algo que la hace especial. Quizás sea esa apariencia patética a la vez que compasiva y entrañable que transmite Bad, o esas sonrisas que nos arranca de vez en cuando, por muy cruda y triste que nos resulte su vida. O quizás sean esas exquisitas y melancólicas canciones, cargadas de sentimientos, de lágrimas y de alegrías, de rebeldía y de resignación.

Bad Blake es, en sí mismo, un gran personaje. O mejor dicho, es todo un personaje. Un hombre curtido en la carretera, en grandes escenarios y en pequeños garitos. Ha pasado más tiempo en su vieja furgoneta y en moteles que en su casa. Se ha casado cuatro veces, pero nunca ha sido un hombre familiar. Ha bebido más alcohol del que su hígado podría asimilar y fumado más cigarrillos de los que sus pulmones podrían soportar. Pero ha llegado el momento de afrontar sus demonios, esos que le persiguen desde que el éxito le dio la espalda.



“Corazón Rebelde” es un crudo viaje hacia la redención.

Suena a típico también que sea el amor por una mujer mucho más joven que el protagonista la que le abra los ojos y le reconduzca hacia a la salvación. Aunque es de agradecer que el discurrir de ciertos acontecimientos no sea tan rematadamente previsible como cabría esperar.

Para empezar, la figura del aprendiz de Bad, Tommy Sweet (Farrel), podría haberse enfocado desde un punto mucho más engreído y egoísta. Sin embargo, éste guarda respeto y agradecimiento hacia su mentor, y eso nos regala unos cuantos buenos momentos (la conversación en el aparcamiento, en el restaurante y también la actuación musical)

Jean es algo más típica. Separada y con un hijo, es una mujer que no ha tenido demasiada suerte en el amor. Ha criado a su pequeño ella sola y no necesita un hombre a su lado. Pese a ello, no puede huir de sus sentimientos, y encontrará en Bad a otro de esos amores imposibles a los que no puede resistirse. No obstante, la película nos reserva un desenlace un tanto menos típico de lo habitual, lo cual es de agradecer.

Y luego tenemos al eterno amigo y punto de apoyo del protagonista. Un barman que ha visto a Bad subirse al carro de la gloria con la misma facilidad con la que lo vio caer.

Todos los personajes son importantes, aunque sea nuestro viejo cantante de country el verdadero centro de atención de esta historia.

Pero la película necesita algo más para honrar a la gran tradición de música country americana, y por ello cuenta con un apartado musical que es una verdadera delicia para los oídos, especialmente para aquellos que amamos la buena música y sabemos de sobra que el buen country no es Coyote Dax ni el papaíto de Miley Cyrus (precisamente este último forma parte de esos “nuevos” artistas que tanto crítica la cinta)

T-Bone Burnett, un legendario letrista, músico y productor que ya había trabajado en cine componiendo las –recomendables- bandas sonoras de O Brother y En la cuerda floja (el biopic del gran Johnny Cash), ha escrito y compuesto las canciones junto a su amigo Stephen Bruton, un alabado guitarrista, cantautor y productor discográfico cuya inspiración ha sido puesta al servicio de artistas como Willie Nelson, Bonnie Raitt, Kris Kristofferson o Johnny Cash. Desgraciadamente, Bruton falleció de cáncer antes de poder ver terminada la película.

El resultado, no obstante, son canciones como “Hold On You”, tema que nos acompaña a lo largo de la película; “The Weary Kind” la canción que Bad compone resurgiendo de sus propias cenizas, cual ave fénix; o "Fallin’ & Flyin", ese éxito que le reporta un buen dinero y cuya melodía interpreta Tommy Sweet.

Aparte de las exquisitas y acogedoras melodías (nada de artificios modernos, ni sintetizadores ni demás parafernalia digital), gracias al subtitulado de la v.o.s. apreciamos, palabra por palabra, la calidad de las letras. Canciones que hablan de la vida con honestidad y autenticidad, con aflicción, pero también con anhelo.

La dirección del debutante Scott Cooper es muy sencilla y directa, sin demasiadas florituras y conjugando sabiamente el humor con el drama. El guión, también escrito por el propio Cooper, es honesto, en el sentido de que no sea recrea en exceso en las escenas dramáticas, y por tanto, no cae en el sentimentalismo barato de otras producciones de este tipo.


Pero sin duda alguna, la gran baza del film está en un memorable Jeff Bridges, que consigue hacernos olvidar al actor y ver tan sólo al personaje, al simpático e inolvidable Bad Blake.

Por otro lado, su experiencia como músico, una faceta poco conocida del actor (ha grabado incluso un álbum), le ha servido de mucho para recrear con credibilidad los momentos musicales. Lo cierto es que se desenvuelve perfectamente encima de un escenario, tiene presencia y encima esa cálida voz que nos ofrece le sienta como un guante al viejo Blake (no como Kevin Costner, que en sus intentos como cantante parece un Bruce Springsteen de tercera fila)

Tampoco lo hace nada mal Colin Farrell, que también ha tanteado un poco con la música, y sabe aguantar el tipo en un par de ocasiones. Su actuación es bastante correcta, y da gusto verle en proyectos más independientes. Está claro que su estatus de estrella hollywoodiense y su condición de “chico malo” es, para bien o para mal (yo opino lo primero), cosa del pasado.

Maggie Gyllenhall se desenvuelve también con bastante soltura en su papel, al igual que el veterano Robert Duvall, cuyo rol interpreta sin apenas esfuerzo. A modo de curiosidad, comentar que Duvall se llevó un Oscar en el 82 por interpretar a un cantante de country similar a Blake -alcohólico y arruinado- en “Gracias y favores”.

Con todo, y pese a sus inevitables tópicos (que tampoco molestan en exceso), “Corazón Rebelde” es un muy recomendable drama musical. Una película tierna, triste y divertida a partes iguales. Una historia sobre el amor, la vida, la familia, el alcoholismo, la música y sobre todo las segundas oportunidades. Vale la pena verla aunque el country no sea de tu gusto.


Lo mejor: Jeff Bridges; la música.

Lo peor: los inevitables tópicos de este tipo de historias


Valoración personal: Buena

sábado, agosto 23, 2008

"Street Dance", guerra en la pista de baile


En el 2006 llegó a las pantallas “Step Up”, un musical juvenil con chicos y chicas pegando bailoteos que tuvo bastante tirón en EE.UU., aunque por nuestras tierras pasó sin hacer mucho ruido. Dos años más tarde se estrena su secuela y tanto la historia como los personajes son nuevos y nada tienen que ver con su predecesora, salvo por el cameo del principal protagonista de aquella, Channing Tatum, cuya presencia aquí es más bien testimonial.

Atendiendo al hecho de que ahora están muy de moda en televisión los programas de bailes y que esto es una secuela de una película que probablemente hayan visto sólo cuatro gatos, las distribuidoras han decidido cambiarle el título y venderla como la película de bailes que –una parte de- los adolescentes españoles estaban esperando. El bautizo se ha producido con… ¡otro título en inglés! Así que de “Step Up 2, The Streets” pasamos a “Street Dance”, misma artimaña utilizada para “Shawn Of The Dead”, aquí “Zombies Party” (sin comentarios)


Nuestra protagonista es Andie (Brizna Evigan), una joven bailarina urbana cuya rebeldía no hace más que meterla en problemas. Cansada ya de tanta irresponsabilidad, su tutora legal, Sarah (amiga de su difunta madre), decide alejarla de las calles y, por ende, de sus amigos, enviándola a Texas con su tía. Para evitar tal reprimenda, Andie se apunta a la escuela de baile Maryland School of the Arts (MSA) para demostrarle a Sarah que puede hacer algo de provecho con su vida.

Una vez allí procura integrarse entre los demás estudiantes, pero su estilo de baile callejero no terminará de encajar con el recatadísimo y clasicista estilo del centro. Chase, uno de los mejores y más populares bailarines de la escuela, se interesa por Andie de un modo profesional y personal, y juntos deciden montar un grupo de bailarines para participar en “Las Calles”, un particular torneo en el que los bailarines de la calle demuestran al público las virguerías que son capaces de hacer en la pista de baile. Uno de los grupos rivales de Andie y sus nuevos compañeros serán, precisamente, sus antiguos amigos del barrio que, tras ingresar en la MSA, le dieron la espalda.


Steet Dance” es la típica película de bailes destinada a un público juvenil, repleta de estereotipos y clichés, y con sus chicos y chicas guapos y rebeldes y su música pegadiza. La trama es simple y está más sobada que el pomo de una puerta, por lo que en ese aspecto no hay mucho que resaltar. Así que si por algo destaca este film es principalmente por sus bailes, plagados de increíbles coreografías y movimientos imposibles. Eso es lo mejor que te puedes encontrar aquí y básicamente es lo que uno busca cuando asiste a su visionado. Por ese motivo no engaña a nadie y se asemeja a otros films de corte similar vistos ya en décadas anteriores como Fama, Flashdance, Dirty Dancing o Footloose.

Su superficialidad y sus abundantes topicazos se compensan de alguna manera con la espectacularidad de sus bailes y su cuidada puesta en escena, con unos actores/bailarines que dan lo mejor de sí cuando se trata de bailar y que hacen lo que pueden cuando se trata de actuar. Y no es que actúen mal, pero es que el guión es tan plano que poco pueden ofrecer. Eso sí, sus personajes resultan más o menos simpáticos y la relación amorosa entre la pareja protagonista es lo suficientemente soportable como para que entre baile y baile el espectador no se aburra.

Por lo demás, tenemos los típicos mensajes de superación personal, la rivalidad entre bandas y clases sociales (aquí los callejeros contra pijolandia) y el discursito moralista que en un momento dado su protagonista efectuará para emocionar al espectador (en este caso, es lo peor de la película). El chico se quedará con la chica, los buenos ganarán, los malos quedarán humillados y la película se olvidará al poco rato de salir de la sala.

Por lo tanto, “Street Dance” ni sorprende ni molesta. Se deja ver con facilidad gracias a sus sorprendentes bailoteos (una pasada, oye), pero si este tipo de películas te indigestan o simplemente te causan indiferencia, es probable que ésta no sea la excepción.


Lo mejor: los bailes y las diferentes coreografías, sin duda.

Lo peor: los abundantes tópicos.


Valoración personal:
Correcta

miércoles, agosto 13, 2008

"Mamma Mía", a bailar!


Siendo ‘Mamma Mía!’ uno de los musicales más exitosos de los escenarios de todo el mundo, no es de extrañar que en un momento u otro tuviera su pertinente adaptación al cine.
Representado en más de 170 ciudades a lo largo de 10 años, este musical inspirado en las canciones del grupo de pop ABBA, ha sido visto ya por más de 90 millones de personas y de seguro que aún le quedan muchos espectadores más a los que encadilar.

La adaptación cinematográfica de la obra pretende cosechar el mismo éxito, aunque conseguir atraer al público al cine con un musical no suele ser tarea fácil, ya que independientemente de su calidad, no es un género que arrastre a la gente en manada (quizás si hicieran uno con superhéroes o Harry Potter…, jeje).

La historia es la misma pero aprovechando las ventajas que este medio puede ofrecer. Una de ellas es básicamente la escenografía. Allí donde el escenario se quedaba pequeño y limitaba las secuencias musicales a pocos espacios, aquí se soluciona sacando el máximo partido a una espléndida isla paradisiaca con sus bellos paisajes y formidables vistas, además de varias localizaciones y estancias (casi todo se desarrolla en un hotel) que nutren la narración y por supuesto, la hacen más cinematográfica.

Sophie (Amanda Seyfried) está a punto de casarse, y para tal ocasión quiere contar con la presencia de su padre. Un padre que jamás supo de ella y del que Sophie desconoce por completo su identidad.

Por medio del diario de su madre (Meryl Streep), Sophie descubre a tres posibles candidatos que podrían ser su progenitor, pero a riesgo de tener que elegir al azar en base a unas pocas pistas, decide invitar a los tres hombres para que acudan a la boda y así averiguar en persona cuál de ellos puede ser el hombre que, una alocada noche de verano, dejó embarazada a su madre.

Los tres posibles candidatos, un hombre de negocios, un aventurero y un banquero, aceptan la invitación y se desplazan a la isla griega donde tendrá lugar la ceremonia, alojándose en secreto en el hotel propiedad de Donna, la madre de Sophie.

La llegada de los viejos amantes de Donna revolucionará tanto a la madre como a la hija, y la tarea de descubrir cuál es el padre de la novia será algo más complicado de lo que Sophie pensaba.

La premisa es sencilla y la trama se desarrolla sin demasiadas complicaciones para que todo fluya con facilidad al ritmo de la música. El enredo familiar es el hilo conductor de la historia y las canciones son parte de la narrativa mediante la cuál ésta se nos va relatando. Al ritmo del pop sueco de ABBA, los personajes nos confiesan sus sentimientos, y mientras canta y bailan, se desnudan antes nosotros -metafóricamene hablando- dejando al descubierto aquello que les aflige o les alegra.

Las canciones del grupo han sido introducidas de tal manera que las letras de las mismas encajen con la historia ideada para el musical (no estoy del todo seguro si algunas han sido variadas o ligeramente adaptadas).

Los números musicales se suceden uno tras a otro, con mayor o menor tiempo de ‘descanso’ entre uno u otro dependiendo del momento. En estos números no hay grandes alardes escénicos ni rebuscadas coreografías. Más bien todo se desarrolla con una calculada espontaneidad, haciendo de estos números algo fresco y dinámico, y transmitiendo en todo momento una sensación de -falsa- improvisación que le da un toque al conjunto mucho más natural y menos ampuloso que el de otros musicales.

Las canciones son sumamente pegadizas (aquí el mérito es de ABBA) y enseguida el ritmo traspasa la pantalla para atrapar alguna de tus extremidades (un pie, por ejemplo). Los temas más marchosos se van repartiendo, junto a las baladas, a lo largo de la película, aunque son los primeros los que más abundan. Gracias a ello, la película transmite una vitalidad y una energía extraordinarias.

Uno a uno, los temas del grupo sueco van desarrollando la trama y descubriéndonos a los personajes, siempre procurando divertirnos con el espectáculo y metiéndonos la marcha en el cuerpo. Se aprovecha en todo momento las situaciones cómicas propiciadas tanto por las coreografias como por, a veces, las extravagantes vestimentas, para sacarnos una cómplice sonrisa, y no hay duda que el reparto se lo ha pasado en grande haciendo la película, algo que se transmite perfectamente al espectador.

Realmente los actores/actrices cumplen bien con su trabajo, tanto en la interpretación como en el canto, siendo en lo segundo, unos mejores que otros, claro.

Meryl Streep ya no tiene que demostrarnos nada porque es por todos reconocido su talento y su versatilidad. Aquí, lejos de sus habituales papeles de mujer de armas tomar, tenemos a una Streep más afable y cariñosa.

Su hija en la ficción, Amanda Seyfried, es la que más sorprende a la hora de cantar, con una voz dulce que aguanta bien los tonos más agudos. Pero a nivel interpretativo, nos ofrece también una Sophie cándida y llena de buenos sentimientos.

Las que se llevan el premio gordo son las dicharacheras amigas de Donna/Streep, interpretadas por las actrices Julie Walters, la loba solitaria, como a sí misma se define su personaje; y Christine Baranski, la ricachona aficionada a los divorcios y a pasar por quirófano. Ambas están muy sueltas, consiguiendo que sus apariciones sean de las más divertidas de toda la película.

En cuanto al reparto masculino, poco se puede decir aparte de que todos cumplen correctamente con sus respectivos roles. En esta ocasión, las mujeres son las verdaderas protagonistas de la función (ya tocaba), y los hombres quedan relegados a un segundo plano. Si acaso, en lo que al canto se refiere, el que más chirría es Pierce Brosnan, que sin ser horrible del todo, queda muy por debajo del resto de sus compañeros/as.


Como musical que es, ‘Mamma Mía!’ está lleno de vida y fuerza. Te atrapa el primer instante y no aburre en ningún momento. La trama es simplona y los personajes no están 100% desarrollados, motivo por el cuál parte de la crítica se ha podido cebar con ella, pero eso es lo de menos porque no supone un impedimento para pasar un rato agradable.

Al fin y al cabo, lo que importa es que la historia interese y los personajes gusten para que luego los números musicales hagan el resto, y en mi opinión, lo han conseguido de sobra.

Una película de esas que te alegran el día. Recomendada especialmente a los amantes de los musicales. Y si os gusta ABBA, como a mí, ‘Mamma Mía!. La película’ os encantará.


Lo mejor: el contagioso entusiasmo que transmite; las actrices.

Lo peor: una trama muy simple al servicio de la música.


Valoración personal: Buena

miércoles, febrero 13, 2008

"Sweeney Todd: El barbero diabólico de la calle Fleet" empanadas sabor venganza

Adaptando el popular musical de Broadway “Sweeney Todd: The Demon Barber of Fleet Street “, -que a su vez se basa en varios cuentos y leyendas del siglo XIX-, Burton recupera de nuevo toda la magia y habilidad visual y narrativa que ha caracterizado gran parte de su filmografía.

Admite el propio director que nos es muy dado a los musicales, pero que este tenía algo especial que le fascinaba. No en vano, se trata de algo muy diferente a lo que a uno le viene en mente cuando piensa en este particular género. Es una mezcla de romanticismo y tenebrosidad, con piezas musicales portentosas y ácidas, con un ritmo endiablado y carente de recargadas coreografías. Para que os hagais una idea, tenemos delante algo más similar a “El fantasma de la Opera” que no a “Cantando bajo la lluvia”, a parte de asemejarse a la obra de Andrew Lloyd Webber por su temática trágica y su toque oscuro (aunque eso sí, menos ampuloso y sofisticado)


La historia, en la línea de la más tradicional tragedia griega o shakesperiana, se centra en el personaje de Benjamin Barker (Johnny Depp) y en su personal y macabra venganza contra el indeseable juez Turpin (Alan Rickman).

Tras 15 años alejado de su tierra y su familia y encarcelado por un crimen que no cometió, Barker regresa a su Londres natal para acabar con la vida del hombre que le condenó y le arrebató a su esposa e hija (usease, Turpin).
Oculto tras una nueva identidad, la de Sweeney Todd, Barker vuelve a su antiguo oficio de barbero para llevar a cabo su plan. Para ello contará además con la ayuda de la devota Sra. Nellie Lovett (Helena Bonham Carter), la mujer que tiene un local de empanadas justo debajo de su barberia y que se convertirá en su fiel cómplice.


Desde los cuidados y sangrientos títulos de crédito hasta el dramático plano final, la película destila talento y creatividad por los cuatro costados. La puesta en escena es portentosa, con un trabajo de fotografía lugúbre muy adecuado y unas interpretaciones de altura.

Aquellos que no gusteis de los musicales absteneros de ver esta película, pues el 85% de la misma es precisamente eso, música. No obstante, aquí las canciones no sirven de mero espectáculo visual, sinó que son el hilo conductor de la trama, el pilar en el cual se sustenta toda la historia.
Todo se desarrolla a ritmo de canciones melódicas cargadas, algunas de ellas, de un ingenioso humor negro. A veces estos temas son más románticones y otras más siniestros, pero siempre de una exquísita sonoridad.

Además de hacer que la historia avance, las canciones sirven también para ahorrarse una gran cantidad de diálogos explicativos referentes, por ejemplo, al pasado de Todd como Benjamin Barker y su relación con su familia (hasta que Turpin interfiere en ella) o el cómo Turpin esclaviza a la hija de Barker. Todo ello apoyado además con unos agradecidos flashbacks que se intercalan dentro de las propias secuencias.

La ambientación, como ya es habitual en los films del director, es de primer nivel, desde los decorados hasta el vestuario, que enmarcan a la perfección toda la historia y que nos recuerdan un poco al aspecto tétrico e inquietante de las películas de terror de antaño (las de blanco y negro, concretamente) y cierta evocación al siniestro Londres de Jack El Destripador (¿¿para cuando una adaptación de este clásico personaje de la mano de Tim Burton??)


Como ya he insinuado al inicio de la crítica, los diálogos hablados ocupan una mínima parte del metraje, pero ayudan a espaciar los temas musicales (que tampoco son demasiado extensos) para que el espectador no se vea abrumado por ellos. Además y pese a sus poco más de dos horas de duración, la película se resuelve de forma ágil, de manera que no se nos hace pesada ni larga en ningún momento (insisto, siempre y cuando uno guste del género musical)


En cuanto a interpretaciones se refiere, no tengo más que halagos para todo el reparto. Empezando por Johnny Depp, que demuestra una vez más que es un excelente actor, camaleónico como ningún otro y capaz de adecuarse a los personajes y ahorrarse histrionismos cuando tiene tras la cámara a alguien que sabe dirigirlo como Dios manda (aprende Verbinski).
Depp encarna con garra y solidez al atormentado Sweeney Todd, personaje que le viene como anillo al dedo.
Todd es consumido poco a poco por su sed de venganza hasta alcanzar un grado de locura y perversidad alarmantes. Nada le importará más que matar al hombre que destruyó su vida, y si por el camino tiene que cepillarse a unos cuantos más, pues así lo hará. Entre sus manos y con su navaja, no habrá cuello que se le resista.
En el plano musical, decir que Depp también cumple y su voz y forma de cantar no desentonan para nada.

Siguiendo con el elenco tenemos a Helena Bonham Carter, que complementa a la perfección a Depp. Admito que nunca me ha gustado demasiado esta actriz, pero esta vez no me queda otra que reconocer su frescura ante la cámara y sobretodo su inusitada solvencia a la hora de cantar, teniendo en cuenta la dificultad que eso conlleva (más con tanto tono agudo por medio)
Su personaje mantiene una relación con Todd basada en el amor platónico. Mientras ella sueña en casarse y vivir felizmente a su lado, él dedica todos sus esfuerzos en materializar su venganza.
Claro que tampoco le viene mal ser su cómplice, pues de tanto cadáver que deja Todd, ella aprovecha y hace unas deliciosas empanadas de carne (humana) que le permiten remontar el negocio.

Hablando de cadáveres....Menudo festín de cuerpos desmembrados y litros de sangre nos regala Burton. Me llena de satisfacción poder disfrutar de una sangrienta película como ésta sin la ya desvergonzada censura, que lo adapta todo al “para todos los públicos” tan sólo para embolsarse más dinero y sin importarles mutilar la esencia de las historias que se nos cuentan.

La sangre es una elemento importante y el director se jacta de mostrárnosla en todo su macabro esplendor. Jamás hubiera pensado que pudiera chorrear tanto un cuello sesgado (obviamente, todo de forma exagerada y sumamente explícita)


El eficiente dúo Depp-Carter viene respaldado además por un buen par de secundarios como son Alan Rickman, de nuevo metido en la piel de un villano; y su infame secuaz Beadle Bamford, al que da vida Timothy Spall.

Mención especial a Sacha Baron Cohen, que tiene el personaje más estrambótico y divertido de la película -el barbero italino Pirelli-y que mantiene un gracioso duelo de navajas con nuestro protagonista. Su innegable viz cómica se aleja de lo chabacano de sus últimos trabajos para ser aquí mucho más sutil.


Sweeny Todd: El barbero diabólico de la calle Fleet” supone una cita imprescindible para los amantes del musical. Un espectáculo vibrante y apasionado que nos cuenta una desgarradora y trágica historia de amor y venganza, de desconsuelo y locura. Una película tan sangrienta como melancólica. Si no os gusta el estilo único e inimitable de Burton, ni os acerqueis a verla. Si por el contrario os encadila, creo que quedarais satisfechos con su primer musical en carne y hueso.

A un servidor se le ponen los dientes largos sólo de pensar lo que puede hacer Burton con el cuento de Lewis Carroll “Alicia en el País de las Maravillas”. No nos llegará hasta el 2010, así que habrá que ser pacientes.

De momento, a disfrutar del barbero más sanguinario del Londres victoriano.


Lo mejor: Johnny Depp y Helena Bonham Carter; el humor negro; que no haya censura.

Lo peor: que sea un musical la hace menos apta para el gran público.


Valoración personal: Buena