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sábado, octubre 27, 2012

“Argo” (2012) - Ben Affleck

Crítica Argo 2012 Ben Affleck

Poquito a poco, Ben Affleck está consiguiendo hacerse un hueco muy respetable como cineasta. Primero sorprendió a propios y extraños con su notable debut, “Adiós, pequeña, adiós”, y con “The Town”, pese a que en lo personal no me resultó tan gratificante, reafirmó que su pericia en su primer contacto tras las cámaras no fue un caso aislado (o la suerte del principiante, que se suele decir). 

Todo el beneplácito de público y crítica que Affleck se está ganando a pulso como director es el que le ha faltado –no sin razón- como actor. Puede que haya tardado demasiado tiempo en dar con su verdadera vocación (empezó a actuar con 12 años y a dirigir con 35), pero hay otros que no lo logran nunca. O quizás se trate simplemente de haber encontrado, por fin, el lugar que le corresponde en la industria, habida cuenta de las aptitudes demostradas. Y ya no hablamos sólo de su labor como director sino también de su faceta como guionista.

En cualquier caso, su último trabajo llega a nuestras carteleras precedido, nuevamente, de excelentes críticas. Y si esto termina por devenir en una costumbre, como parece ser que así será, poco habrá que reprocharle más que el reservarse los papeles protagónicos de sus propios largometrajes. Y es que con una historia tan suculenta entre manos, no había quién se resistiese.

4 de noviembre de 1979. La revolución iraní alcanza su momento de mayor tensión cuando unos militantes irrumpen en la embajada norteamericana en Teherán tomando a 52 norteamericanos como rehenes. Pero en medio del caos, seis de ellos consiguen escabullirse y encuentran refugio en la residencia del embajador canadiense, Ken Taylor. Conscientes de que es sólo cuestión de tiempo que los encuentren y posiblemente los asesinen, los gobiernos de Canadá y Estados Unidos piden la intervención de la CIA, que recurre a su mejor especialista en rescates, Tony Mendez, para que idee un plan que les permita sacarlos del país sanos y salvos.

Affleck aborda aquí un guión de Chris Terrio basado en el artículo de la revista Wired “The Great Escape” (“La gran evasión”), escrito por Joshuah Bearman, y en un capítulo de “El maestro del disfraz: mi vida secreta en la CIA”, del propio Antonio J. Mendez, protagonista de la historia que nos ocupa.

Para comprender el contexto en el que se relata la trama de “Argo” conviene hacer un repaso histórico de los hechos transcurridos varias décadas atrás. Y de eso es de lo que se encarga Affleck en los primeros minutos de la película. 

Mediante un breve prólogo nos resume, a grandes rasgos, cómo los estadounidenses (y también los británicos, que no se nos olvide) lograron expulsar del poder al primer ministro Mohammad Mosaddeq (que pretendía nacionalizar los recursos petrolíferos del país, cosa que no agradaba lo más mínimo a países dependientes como EE.UU.) y cómo ayudaron a Mohammad Reza Pahlavi a convertirse en emperador (o sha) de Irán, iniciándose así una serie de reformas que transformarían -valga la redundancia- el país al gusto de sus nuevos “amigos” políticos.

Al tiempo que el sha se enriquecía a base de bien, gran parte del pueblo se empobrecía, originando con ello un descontento masivo que, por supuesto, el gobierno trató de frenar con mano férrea.

A finales de los 70, la situación se hizo insostenible, con crecientes manifestaciones y continuas represalias por parte del poder policial del sha, quién a principios de 1979 acabaría huyendo exiliado en vistas de la inminente revolución que se le venía encima.

La sublevación del pueblo hizo crecer las protestas hasta llegar a la capital, Teherán, en donde se encontraba la Embajada de Estados Unidos. Justo ahí comienza la historia que se nos cuenta en “Argo”.


El secuestro de los trabajadores de la Embajada causa enorme conmoción en el mundo entero. El mayor problema, sin embargo, no reside en éstos rehenes, a los que se podría conseguir liberar de forma diplomática (y no sin dificultades), sino en los seis que han conseguido escapar y que corren el peligro de ser ejecutados en el momento en el que los revolucionarios iraníes den con su paradero (a ellos y a los samaritanos canadienses que arriesgan sus vidas dándoles cobijo).

Todas las estrategias que la inteligencia americana propone tienen pocas posibilidades de llegar a buen puerto, hasta que el experto en “exfiltraciones” Tony Mendez pone su disparatado plan sobre la mesa: aterrizar en Irán haciéndose pasar por productor de cine y lograr que los seis finjan ser un equipo de rodaje canadiense en busca de localizaciones para una exótica película de ciencia-ficción (una space opera al estilo Flash Gordon), para después marcharse del país en avión, como si tal cosa. 

Suena de locos, pero no hay un plan mejor. De hecho, éste es el plan “menos malo” que tienen entre manos. Así que le dan el visto bueno, y arreando que es gerundio.

Toda la parte en la que Mendez debe hacer creíble el interés de un estudio de Hollywod (Studio Six Productions) en busca de localizaciones en Irán para rodar allí una película de ciencien-ficción es, simple y llanamente, sublime. Y Terrio nos regala, de paso, una ácida crítica al mundillo hollywoodiense de la mano de dos personajes descacharrantes: John Chambers, un famoso artista de maquillaje y amigo de Mendez; y Lester Siegel, un deslenguado director en horas bajas. Ambos encarnados pero dos estupendos actores como son John Goodman y Alan Arkin.

Estas gratificantes notas de humorAr-goderse!) son un contrapunto perfecto a una historia, en realidad, bastante seria. Pero es que el plan –verídico- de Mendez resulta tan descabellado, que la película debe contagiarse irremediablemente de esa excentricidad latente. De hecho, es una de las claves por las que “Argo” se convierte en una propuesta excitante y perfectamente calibrada.

El tramo final correspondiente a la “gran escapada” resulta sorprendentemente intenso a sabiendas de conocerse de antemano el desenlace. Para ello, Affleck no renuncia a algunos de los típicos “truquitos” cinematográficos por excelencia (vehículos que no arrancan a la primera, por ejemplo) que permiten aumentar el nivel de tensión y suspense de esos minutos destinados a dejarnos sin uñas.


El punto flaco de la película, no obstante, reside en el propio Tony Mendez. Y no voy a hacer sangre al respecto, ya que pese a que nunca ha sido santo de mi devoción, debo reconocer que en los últimos tiempos Affleck ha mejorado considerablemente como actor (véase “Hollywoodland” o “The Company Men”). Sin embargo, aquí sus discretas aptitudes interpretativas van en consonancia al discreto calado dramático del protagonista, al que ya se le destina el mimo justo desde el guión (medianamente generoso en los últimos minutos de metraje). Claro que otro actor bien podría haber ofrecido más empaque y conseguir sacarle algo de punta a su personaje, aún a pesar de que la historia en sí parezca estar muy por encima de individualismos. 

La planificación y ejecución del plan orquestado por Mendez es el plato principal de un thriller ágil, inteligente y apto para todos los públicos. Y que pese a su contexto político, evita posicionarse sobre el conflicto exponiendo los hechos históricos de forma veraz, concisa y objetiva, permitiendo así que el espectador reflexione y juzgue por sí mismo. 

Es cierto que los americanos son los héroes de esta historia con final feliz (héroes en la sombra durante muchos años hasta que se archivó el caso), y así debe reflejarse en esta recreación (sin olvidar el apoyo canadiense, de incalculable valor), pero ni mucho menos son los buenos de la película, por así decirlo. Recordemos por qué se originó el malestar en la comunidad iraní, quién estuvo detrás del sha apoyándolo primero y protegiéndolo luego. Claro que eso tampoco justifica secuestro o asesinato alguno por parte de la milicia, por lo que aquí tampoco es cuestión de discernir entre “buenos” y “malos”.

Dejando eso a un lado, Affleck se confirma como un director hábil en el manejo de la cámara (a destacar cómo filma a lo Greengrass en medio del alboroto inicial a las puertas de la embajada para captar el bullicio imperante, para luego enderezar la cámara a medida que el plano se eleva por encima de la muchedumbre) y con una gran capacidad narrativa y escenográfica que aquí se tornan fielmente documentalistas en muchas ocasiones (las comparaciones fotográficas durante los créditos finales dan buena cuenta de ello). 

El sobresaliente resultado final convierte a “Argo” en uno de los títulos del año con serias posibilidades a rascar nominaciones en los Oscars (las estatuillas ya son otro cantar, que con la Academia nunca se sabe y los ninguneos son marca de la casa). Aunque esto último sería un reconocimiento adicional a su ya excelente acogida por parte del público y de la prensa especializada. Y eso, al fin y al cabo, es lo que de verdad importa.


Lo mejor: el humor y la tensión de varios segmentos.

Lo peor: el escaso retrato que ofrece de Tony Méndez.


Valoración personal: Buena.

domingo, octubre 07, 2012

“El fraude (Arbitrage)” (2012) - Nicholas Jarecki

Crítica El fraude  Arbitrage Nicholas Jarecki

Los años no pasan en balde, y Richard Gere lo sabe. El que fue uno de los grandes sex symbols de los 80 y 90, hoy día cuenta ya con 63 tacos a sus espaldas, por lo que no es plan de seguir mostrando sus encantos masculinos (sonrisa Profident mediante) en comedias románticas de medio pelo.  Y no es que haya abandonado el género por completo, pues todavía se presta a seguir siendo la opción cinéfilo-romántica de las maduritas de turno que han crecido estampando sus fotos en la agenda del colegio, pero sí es evidente que estas producciones han dejado de ser la nota predominante de su filmografía más reciente.

No se puede negar que a lo largo de su carrera  ha procurado desligarse del encasillamiento con algún que otro proyecto eventual, pero casi siempre ha reincidido en el género que mayor fama le ha otorgado, con lo que no siempre ha resultado fácil que la crítica (ni tampoco gran parte del público) se lo tomara en serio como actor. Ahora, no obstante, sus apuestas son más variadas, dentro de lo que la industria de Hollywood le permite a un hombre de su edad (que según el aprecio o el rechazo que te tengan y lo bueno o malo que sea tu agente, puede ser mucho o poco).

Algunos de sus últimos trabajos le han reportado numerosos halagos e incluso algún que otro galardón de prestigio (el Globo de Oro a Mejor Actor en Comedia-Musical por “Chicago”), con lo que parece que Gere desea dejar un legado con algo más de enjundia del que se le preveía en sus inicios.

 “El fraude” sigue en esa línea de proyectos suficientemente interesantes como para prestarles la debida atención.

Robert Miller (Richard Gere) es un magnate que en la víspera de su 60 cumpleaños parece el perfecto retrato del éxito americano en su vida profesional y familiar. Sin embargo, tras esa fachada de feliz comodidad, se esconde la cruda realidad: Miller está con el agua al cuello, desesperado por completar la venta de su imperio a un gran banco antes de que quede expuesto un fraude que ha cometido. Además, mantiene un romance con una marchante de arte francesa (Laetitia Casta) a espaldas de su mujer (Susan Sarandon) y su hija (Brit Marling). Justo cuando se dispone a deshacerse de su problemático imperio, un sangriento e inesperado error le pondrá entre las cuerdas.

Con la crisis económica como telón de fondo (el personaje de Miller bien podría ser el vivo ejemplo del tipo de personas que han pisoteado la economía capitalista de medio mundo), el debutante en estas lides Nicholas Jarecki nos sumerge en un tenso thriller en el que el protagonista se encuentra entre la espada y la pared por culpa de, por un lado, su mala gestión en los negocios; y por el otro, de un desafortunado accidente. Dos hechos que entran en conflicto en el peor momento de su vida.

La mala inversión de Miller en una compañía que, en principio, debía reportarle una fortuna, le acaba haciendo perder un buen montón de dinero, por lo que decide recurrir a un prestamista para tapar el agujero de sus cuentas. Obviamente, con semejantes pérdidas en su haber, el negocio no puede seguir adelante, por lo que necesita deshacerse inmediatamente de él y así encasquetarle el problema  a otro.


En apariencia, Miller es el perfecto hombre de negocios, y el suyo va viento en popa a ojos de de los demás. Ni su propia hija, jefa del Departamento de Inversiones, sospecha nada del asunto. Pero la realidad es bien distinta. Por eso Miller se encuentra en conversaciones con un banco para que le compre el negocio, y por eso es tan importante cerrar el trato antes de que se huelan la estafa.

Por si esto no le tuviera suficientemente angustiado, surge un nuevo problema derivado de su affair extramatrimonial. Y es algo tan peliagudo que pone a la policía tras su pista, y más concretamente al detective Michael Bryer, un sabueso duro de roer al que no se le escapa ni una y que está dispuesto a hacer lo que sea (acosar y presionar a su único testigo o, si es preciso, cruzar él mismo la línea de la legalidad) para meter a Miller entre rejas. Y es que Bryer, un tipo de clase media, está harto que los tipos como Miller, pertenecientes a la alta sociedad, campen a sus anchas por el mundo sin responder por sus pecados; tipos que gracias a su dinero, su poder y/o sus influencias evaden las consecuencias  de sus actos o consiguen que otros paguen el pato por ellos.  Pero esta vez el detective no está dispuesto a dejar que su sospechoso se libre tan fácilmente.

Por tanto, tenemos a nuestro protagonista en una encrucijada con dos flancos abiertos que le están asfixiando. El destape de uno de sus secretos le podría poner en el punto de mira del otro y, por consiguiente, perderlo todo de una tacada. Está en juego su futuro y el de su familia; su negocio, su estatus social y también su matrimonio.

La película podría haber funcionado perfectamente como thriller financiero a secas, sin añadir un componente criminal a la trama. Sin embargo, Jarecki, que también se encarga del guión, decide jugar a dos bandas, abriendo ambos frentes de presión hacia el protagonista. Consigue que ambos funcionen sin estorbarse y, lo que es mejor, complementándose a la perfección, logrando un audaz equilibrio entre las partes en conflicto.


Ahí entra también la actuación de Richard Gere, capaz, sin titubeos, de llevar a cuestas prácticamente todo el peso de la historia. Ya no se trata de seducir a bellas mujeres (que también), sino de seducir a las gentes del mundo de las altas finanzas. Y Gere les convence a ellos y nos convence a nosotros.

Miller es el mayor fraude de la película; es un fraude como empresario y un fraude como marido. No nos compadecemos de él, e incluso deseamos que pague con la cárcel por lo que ha hecho.
El espectador no siente, por tanto, ninguna simpatía hacia el protagonista, y no siempre es fácil de manejar a un protagonista así de cara a mantener el interés del respetado. Pero el director lo consigue y nos mantiene en vilo hasta su verosímil final; el cual, dicho sea de paso, es el que cabría de esperar de este tipo de situaciones. 

Conviene apuntarse el nombre de Nicholas Jarecki después de su debut con este (muy) solvente thriller.


Lo mejor: su ritmo; Richard Gere.

Lo peor: algunos personajes cliché.


Valoración personal: Correcta

viernes, marzo 02, 2012

“Luce rojas” (2012) – Rodrigo Cortés

Crítica Luce rojas 2012 Rodrigo Cortés
En 2010, el español Rodrigo Cortés demostró con “Buried (Enterrado)” no sólo que se podía rodar una historia que transcurriera enteramente dentro de una caja de madera sino que además con ella se podía lograr una muy buena película. Gracias a una dinámica puesta en escena, a un actor entregado en cuerpo y alma y a un guión prácticamente impecable, Buried se convirtió, para un servidor, en uno de las mejores propuestas de aquél año y en uno de los thrillers claustrofóbicos/psicológicos más conseguidos que se hayan hecho en mucho tiempo.

Después del buen sabor de boca dejado por aquél segundo trabajo, Cortés se ganó el crédito de trabajar con grandes como Robert De Niro o Sigourney Weaver, intérpretes que conforman el reparto de su enigmático tercer largometraje, “Luces rojas”.

Dos investigadores de fraudes paranormales, la veterana doctora Margaret Matheson (Sigourney Weaver) y su joven ayudante Tom Buckley (Cillian Murphy), estudian los más diversos fenómenos metapsíquicos con la intención de demostrar su origen fraudulento. Tras una ausencia de treinta años, el legendario psíquico Simon Silver (Robert De Niro) reaparece con un nuevo espectáculo en el que desafía a los escépticos profesionales. Tom comienza a desarrollar una densa obsesión por Silver, cuyo magnetismo se refuerza de forma peligrosa con cada nueva manifestación de oscuros fenómenos inexplicables…

Los que aún se pregunten qué demonios son las “luces rojas” que dan título a la película, encontrarán la respuesta en boca de su propio director en una de las promos virales que circulan por la red. En palabras de Cortés, “las luces rojas son notas discordantes; cosas que no deberían estar ahí. Es como si hubiera pequeñas luces destellantes en la realidad que delatan que algo sucede; algo que no debería estar sucediendo”. Por tanto, consideramos como luces rojas todos aquellos fenómenos que escapan a nuestra comprensión; fenómenos contradictorios a la realidad que conocemos y que no somos capaces de explicar.

Para nuestros protagonistas no existe fenómeno alguno que no pueda ser explicado bajo un razonamiento lógico y/o científico. Conscientes de ello, y muy seguros de sí mismos, la doctora Matheson y su joven ayudante se dedican a destapar toda clase de fraude parapsicológico que caiga en sus manos, es decir, médiums y demás farándula que se llenan los bolsillos a costa de la ingenuidad de las personas con las que tratan.


El sorpresivo regreso a la vida pública del psíquico Simon Silver (una especie de Uri Geller) deviene en un reto para Tom, que se obsesiona con la idea lograr lo que otros no han podido: destapar su engaño. Incluso Margaret tuvo, en el pasado, sus encuentros con Silver, un hombre al que ella considera muy peligroso. Pero pese a las advertencias de su maestra, Tom no cede en su empeño e inicia su particular investigación; una investigación que le hará replantearse todo en lo que creía hasta ahora.

La película empieza con Matheson y Buckley desacreditando a una espiritista de pacotilla, lo que nos sirve para que a continuación se nos vaya ilustrando acerca de cómo detectar este tipo de fraudes, con la pareja de expertos ofreciéndonos las debidas explicaciones razonables a todos aquellos fenómenos que a priori podríamos considerar de carácter sobrenatural. Hasta ahí, protagonistas y espectador compartimos el mismo escepticismo, pero la irrupción del personaje de Silver comienza a resquebrajar nuestra desconfianza hacia lo paranormal.

¿Es Silver realmente un farsante? Cortés siempre la duda y juega constantemente con la ambivalencia de una respuesta clara a semejante cuestión. En ese sentido, el mayor logro del director es mantener el suspense de forma constante, captando nuestra atención y consiguiendo que estemos dispuestos a seguir contemplando sus malabarismos narrativos. Desgraciadamente, todo acierto estético y narrativo que Cortés alcanza como director (la sobriedad y elegancia de su puesta en escena, la rigurosidad de su discurso, etc.) queda lastrado por su tramposa tarea como guionista. Cortés no juega limpio y se convierte en el mayor farsante de su película.


Con tal de despistarnos, hacernos dudar y poder, al fin, ofrecernos esa “sorprendente e inesperada” explicación al misterio que nos ha de dejar clavados en la butaca (al más puro estilo Shyamalan), Cortés urde toda clase de artimañas (muertes repentinas, llamadas oportunas, perturbadores sueños oníricos…) que arremeten contra nuestra incredulidad, saboteando nuestros pensamientos de forma incesante y dándonos, finalmente, gato por liebre esperando que con el despliegue de humo y luces no nos percatemos de que su truco es de un bajeza y ridiculez casi insultantes. El error más sangrante que comete Cortés es el de perderle el respeto al espectador, y cuando eso ocurre, no hay ilusión que valga. La coherencia y credibilidad de la trama se pierden justo en el instante en el que el guión empieza a jugar a dos bandas, utilizando luego esa ambigüedad para justificar un desenlace tan pretencioso como efectista.

No parece haber voluntad por parte de Cortés en tomarse si quiera la molestia de construir una historia sólida que funcione por sí misma, pues parece convencido de que con el ilusionismo de baratillo tiene más que suficiente para contentar al espectador y hacer que se trague el timo con una sonrisa en la boca. Y probablemente no le falte razón. Porque “Luces rojas” es una tomadura de pelo que entretiene y logra buenos picos de tensión, algo que para algunos será más que suficiente. Los que preferimos que nos embauquen con algo más de ingenio y honestidad no podemos hacer otra cosa que correr un tupido velo ante el último trabajo del director gallego esperando que haya sido sólo un pequeño y olvidable traspiés. Al fin y al cabo, si a Fresnadillo le perdamos la ponzoña que fue “Intruders”, seguramente a Cortés también podamos perdonarle “Luces rojas”.


Lo mejor: la intriga y tensión inicial.

Lo peor: que Cortés nos tome por idiotas.


Valoración personal: Regular

sábado, enero 21, 2012

“Silencio en la nieve” (2011) – Gerardo Herrero

Crítica Silencio en la nieve 2011 Gerardo Herrero
Uno de los conflictos bélicos que más veces se ha abordado en el cine es, sin lugar a dudas, la Segunda Guerra Mundial. Y probablemente los americanos sean los más prolíficos en este campo dada la potente industria cinematográfica que poseen (y lo mucho que les gusta vanagloriarse de su incursión). Sin embargo, no son los únicos, y otros países, tanto del bando de Los Aliados como del bando del Eje, también han realizado, con mayor o menor fortuna, producciones que han reflejado -desde su propio punto de vista- distintos episodios de tan terrible y devastadora guerra.

Durante la II G. M., España mantuvo una (discutible) posición neutral respecto a ambos bandos, con lo cual es lógico que nuestro cine se haya interesado más bien poco en este tema y se haya centrado más en conflictos bélicos que nos atañen directamente, como la Guerra Civil, el más importante de nuestra historia reciente.

No obstante, y como ya insinúo en el párrafo anterior, esa neutralidad de nuestro país frente a la guerra no era tal, por lo que sí hubo participación de soldados españoles. Por aquél entonces, Franco pactó un acuerdo con Hitler por el que le prestaba su ayuda en el momento en el que se iniciara la invasión de Rusia. Cuando esto ocurrió, entró en acción la División Azul, un cuerpo de voluntarios españoles que lucharon codo con codo (aunque no sin discordia) con el bando alemán.
En ese contexto es en el que se sitúa “Silencio en la nieve”, la última película del director y productor Gerardo Herrero.

Frente de Rusia, invierno de 1943. Un batallón de la División Azul se topa con una serie de caballos sumergidos bajo el hielo de un lago congelado. Junto a uno de los caballos, aparece el cadáver de un soldado español. Un corte le atraviesa el cuello de lado a lado, y en el pecho tiene una inscripción grabada a cuchillo: "Mira que te mira Dios". Los mandos encargan la investigación al soldado Arturo Andrade (Juan Diego Botto), un exinspector de la policía que asume la tarea con rigor y profesionalidad, y al que le asignan como ayudante al sargento Espinosa (Carmelo Gómez).

La película, basada en la novela “El tiempo de los emperadores extraños” del escritor madrileño Ignacio del Valle, se ubica en un contexto bélico sin posicionarse políticamente hacia ninguno de los bandos enfrentados. Esto es así porque el pilar de la historia es una trama criminal sin las pretensiones añadidas de ser un relato histórico de dicho acontecimiento ni de la participación de la División Azul en el mismo, un tema por otra parte poco tratado en el cine.


El descubrimiento de un soldado asesinado es el punto de partida de una trama detectivesca que involucra a dos miembros de la División Azul encargados de la investigación. Uno de ellos es Arturo Andrade, un hombre reservado que fue inspector de la policía durante la II República y los primeros meses del franquismo. El otro es el Sargento Espinosa, un tipo pesimista convencido de que la derrota ante el enemigo es inminente. Ninguno de los dos parece demasiado convencido de la lucha contra el Ejército Rojo, pero en estos momento algo más importante ocupa sus quehaceres diarios. Ambos se entregan concienzudamente al caso de asesinato que les han asignado, tratando de recabar información acerca de la víctima y de todos aquellos con quienes mantuvo algún contacto. Sus sospechas iniciales atribuyen el móvil del asesinato a motivos políticos, probablemente un ajuste de cuentas por parte de algún quintacolumnista. Sin embargo, la inscripción que el asesino dejó marcada en el cuerpo, "Mira que te mira Dios”, resulta desconcertante. No será hasta que la citada frase cobra significado cuando se den cuenta que detrás de todo se oculta una perversa venganza y que el cadáver del soldado puede ser el primero de otros tantos si no logran atrapar al asesino a tiempo.

Herrero maneja con bastante solvencia esta historia criminal que, si por algo destaca, es por ubicarse en medio de una guerra sin tregua, mostrándonos de forma colateral la locura de la contienda y los rifirrafes entre soldados españoles y soldados alemanes. También se hace hincapié en las desconfianzas interna entre los propios miembros de la División Azul, formada tanto por falangistas voluntarios y fascistas radicales que no pertenecían a Falange como por republicanos. Todo ellos enrolados “voluntariamente” a luchar contra el comunismo. Además, en el guión también se refleja la caza de brujas entre los masones (tanto de derechas como de izquierdas) que hubo tras la Guerra Civil Española y que, tal como comprobaremos, SPOILER -- resulta ser el desencadenante de los asesinatos -- FIN SPOILER.

La caza al asesino nos mantiene intrigados durante buen parte del metraje gracias a que el desarrollo de la investigación avanza sin prisas pero también sin pausas, facilitando poco a poco esa información que nos irá descubriendo quién se esconde detrás de tan brutal asesinato y el por qué de sus actos.


Puede que alguna situación resulte algo forzada, y no cabe duda que el affaire del protagonista con la muchacha rusa y la relación que éste entabla con un niño huérfano poco aportan a la historia (aunque quizás sí ayudan a definir un poco su personaje), pero en líneas generales es una película que funciona gracias a su intriga y a la sólida construcción de sus personajes. Así como al correcto trabajo de todo su reparto, sin excepciones; desde la pareja protagonista formada por Juan Diego Botto (que, reconozco, nunca ha sido santo de mi devoción) y Carmelo Gómez, hasta el variado elenco de secundarios (el casi siempre poco aprovechado Víctor Clavijo, un desafiante –aunque un pelín estridente- Sergi Calleja, un simpático e inocente “chófer” de correos a cargo de Jordi Aguilar, etc.).

Merece también la pena resaltar el cuidadísimo diseño de producción y el trabajo de fotografía que, en conjunto, logran ambientar creíblemente esta historia ubicada en plena Segunda Guerra Mundial.

“Silencio en la nieve” es un interesante thriller ubicado en un entorno cruel donde la muerte y la miseria son el pan de cada día, y en donde la pareja protagonista intenta poner algo de orden y justicia. No es una película perfecta, pero el resultado es estimable, amén de que resulta una propuesta bastante instructiva –sin caer en el tono documentalista- en lo que al tema de la División Azul se refiere.


Lo mejor: la ambientación; que mantenga el misterio durante buena parte del tiempo.

Lo peor: algunas situaciones un tanto rebuscadas/gratuitas y el impostado romance.


Valoración personal: Correcta

domingo, septiembre 25, 2011

“No habrá paz para los malvados” (2011) - Enrique Urbizu

critica No habrá paz para los malvados 2011 Enrique Urbizu
Prácticamente cada año estamos teniendo unas cuantas películas patrias que destacan por encima del resto de producción nacional. Películas arropadas por la crítica que aterrizan en nuestras carteleras con buena publicidad, buenas críticas y, de vez en cuando y si las fechas lo permiten, también con unos cuantos halagos y aplausos recibidos en festivales de cine (lo que siempre ayuda a captar la atención de los medios y a atraer al espectador de a pie a las salas)

Hace un par de años una de esas películas fue “Celda 211” de Daniel Monzón, cinta que luego fue generosamente premiada en los Goya (ocho estatuillas, nada menos, y algunas de ellas –no todas- más que merecidas). Este año la destacada, por unanimidad, está siendo “No habrá paz para los malvados”, dirigida por el bilbaíno Enrique Urbizu y protagonizada por José Coronado en su tercera colaboración juntos tras “La caja 507” y “La vida mancha”.

La historia transcurre en Madrid, en una fecha indeterminada a principios del s.XXI. Borracho y de camino a casa, el inspector de policía Santos Trinidad (José Coronado) decide hacer una parada en un club de alterne para tomarse la última copa. Debido a su embriaguez y a su mal carácter, Santos termina viéndose involucrado en un triple asesinato. Para mayor desgracia, un testigo de lo ocurrido logra escapar con vida del lugar. Temiendo que pueda incriminarlo, el inspector decide emprender una investigación destinada a localizar y a eliminar al testigo. A medida que va estrechando el cerco sobre su presa, Santos va descubriendo una trama conspiratoria de mayores magnitudes…

Mientras tanto, la juez Chacón (Helena Miquel), encargada de la investigación del triple crimen, avanza meticulosamente en la búsqueda del asesino con la ayuda del agente Leiva (Juanjo Artero), viejo conocido de Santos.

Tras ocho años de silencio (si no contamos el episodio para Películas para no dormir), Enrique Urbizu estrena en nuestra cartelera su último trabajo como director y co-guionista, después de recibir una entusiasta acogida en el presente Festival de Cine de San Sebastián, donde compite en Sección Oficial por la Concha de Oro.

Aunque se trate de un tipo de película no muy frecuente en nuestra industria, tampoco nos resulta del todo desconocida. Y es que “No habrá paz para los malvados” es un thriller policiaco que bebe mucho del cine negro en la composición de sus personajes y ambientes, y en la estructura y desarrollo de la trama.

Nuestro principal protagonista es Santos Trinidad, un policía fracasado en lo profesional y en lo personal, entregado a la bebida y de vuelta de todo, que una mala noche (de tantas) comete el error de asesinar a sangre fría a tres personas. El segundo error que comete aquella noche, y que desencadenará los hechos posteriores, es que se le escape con vida un testigo ocular del crimen. En ese preciso instante, cuando toda moralidad y ética posibles ya han sido violadas, a Santos no le queda más remedio que mantenerse al margen de la ley para dar caza a su posible delator. En el transcurso de su particular investigación, se da cuenta que el individuo al que persigue no es un simple delincuente como los tipos a los que dejado tiesos horas antes. Avanzando en sus pesquisas, descubre que hay algo mucho más gordo detrás, y probablemente él sea el único que pueda evitar un mal mayor…


La trama se bifurca, pues, en dos flancos: por un lado, seguimos a Santos en el transcurso de esa investigación, descubriendo así, a medida que ésta progresa, la identidad e intenciones del testigo al que el inspector persigue tan concienzudamente; por otro lado, tenemos a la juez Chacón y a su ayudante yendo tras la pista del responsable de los tres asesinados en el prostíbulo, algo a lo que en un principio parece ser achacable a una ajuste de cuentas entre bandas (dos de las víctimas no es que fueran hermanitas de la caridad, precisamente) Y a medida que estos últimos le van pisando los talones a Santos, éste se va acercando cada vez más a su presa, desvelándose -y desvelándonos- el complot que se tiene entre manos.

De este modo, Urbizu consigue mantener en vilo al espectador por partida doble y durante prácticamente todo el metraje. Y es que estamos ante una de esas cintas en las que se nos exige estar bien atentos a todo lo ocurre en pantalla, sin perder detalle de las pistas que nos van soltando y de los nombres de personajes que se van citando continuamente.

Pese a poseer ritmo un tanto lento (y que no necesariamente debe traducirse como aburrido), el desarrollo de la historia logra mantener el tipo tirando de intriga y de protagonista. Y quizás la dirección peque de falta de intensidad (Urbizu sigue arrastrando esa frialdad que ya le caracterizó en “La caja 507”, y se echa de menos algo más de garra más allá de la presente en las –pocas pero suficientes- escenas de acción), pero queda compensada por una trama muy bien hilvanada y por un personaje, Santo Trinidad (el nombre ya es pegadizo), con muchos más matices de lo aparente.

José Coronado, actor que, reconozco, nunca ha sido santo de mi devoción (y que según parece, lleva unos años reinventándose y resurgiendo de sus propias cenizas cuál Ave Fénix), asume el rol del inspector con suma convicción y contención, sin estridencias de ningún tipo ni excesiva chulería, algo que resulta característico en este tipo de personajes y que en este caso podría haber sido contraproducente. Y es que Santos Trinidad no es exactamente un antihéroe, aunque siga un camino cercano al de la redención. No es tampoco una persona agradable, pero eso él ya lo sabe. Es más, Santos es muy consciente del tipo de policía en el que se ha convertido, y de hecho se avergüenza de ello (cierta conversación en un bar nos lo revela), aún sin interés por ponerle remedio. Es de esos tipos que en pantalla nos atraen, aunque en la vida real quizás no quisiéramos tener nada que ver con ellos.


Santos camina entre el bien y el mal, poniendo a prueba sus límites y tanteando constantemente a la suerte, y aún así –o precisamente por ello- empatizamos con él y nos hacemos cargo de su tristeza, de su desgana, de su rabia contenida… De él quisiéramos saber más y pronto, pero Urbizu se resiste a soltarnos datos suficientes si no es a cuentagotas y dejando muchas dudas por medio, quizás para que no empaticemos demasiado pronto…

Ni esta película ni este tipo de personajes abundan en nuestro cine, pero no es menos cierto que todos ellos responden a estereotipos sobradamente conocidos dentro de este y de todos los géneros que abarca Urbizu en “No habrá paz para los malvados” (título, por cierto, sacado de un versículo de la Biblia: No habrá paz, dijo mi Dios, para los malvados). Desde Santos hasta su joven y fiel compañero (ese que siempre te cubre las espaldas hagas lo que hagas) encarnado por el televisivo Rodolfo Sancho, pasando por la implacable juez Chacón (una forzada y muy poco creíble Helena Miquel, una cantante –de agradable voz- que pretende ser actriz) o el conjunto de chusma que se dan cita aquí (proxenetas, traficantes, borrachos, drogadictos, terroristas…), cumplen con unos roles estándar. De ahí que incluso el propio Santos se permita alguna que otra licencia “películera” (el chascarrillo “Rock’n’Roll” sobraba un poco…)

Pero estos estereotipos, convenientemente ubicados dentro de un contexto patrio, es decir, con su pertinente transmutación cañí (por llamarla de alguna forma), son probablemente lo peor que podamos decir de esta película, ya que por lo demás, está muy bien armada; un thriller seco, turbio y, en última instancia, amargo. Quizás demasiado inflado, como ya suele ocurrir en estas ocasiones, por la crítica y la prensa, pero que no por ello deja de ser una propuesta recomendable para ese público ávido por ver buenos thrillers.

Además subyace, bajo ese manto de crimen y miseria urbana, una palpable crítica hacia aspectos socio-políticos que nos tocan de cerca, aunque no estemos hablando de una película marcadamente política (todo lo contrario). Digamos que pone la puntilla en la dejadez o simple ineficacia (amén de la corrupción) de nuestros departamentos de justicia, convirtiendo un hecho real (el 11M) en mera –pero plausible, por razones obvias- ficción. Y eso, seguramente, incomode a más de uno.



Lo mejor: el personaje principal, Santos Trinidad;


Lo peor: algún erorr de casting (Helena Miquel) y un ritmo un tanto lento.



Valoración personal: Correcta-Buena

viernes, septiembre 09, 2011

“La deuda” (2001) - John Madden

critica La deuda 2001 John Madden
El mayor hito en la carrera de John Madden, cineasta británico curtido en televisión, se produjo allá por el 1998, año en que su película “Shakespeare in Love (Shakespeare enamorado)” se alzó en la Ceremonia de los Oscar con un total de siete estatuillas doradas de entre las 13 categorías a las que estuvo nominada. La mayoría de esos galardones correspondían a las categorías más importantes, pero de todos ellos, el que supo a gloria fue el de Mejor Película, habida cuenta de que sus rivales eran “Salvar al soldado Ryan”, “La delgada línea roja”, “La vida es bella” y “Elizabeth”.

Dejando de lado lo discutible (y discutido) que fuese dicho galardón, lo cierto es que desde entonces Madden ha tenido sus altibajos. En 2001 intentó repetir la fórmula de su anterior éxito con “La mandolina del Capitán Corelli”, y el resultado fue un fiasco en todos los sentidos. Unos años más tarde dirigió de nuevo a Gwyneth Paltrow en el drama “Proof (La verdad oculta)”, y con ella recuperó parte del buen pulso de antaño. La cinta, sin embargo, pasó más bien desapercibida en taquilla, aunque la actriz recibió una nominación a los Globos de oro y el director la suya en el Festival de Venecia. Ya en 2008, Madden apostó por llevar al cine una novela de Elmore Leonard (escritor adaptado en películas como Un romance muy peligro, Cómo conquistar Hollywood o El tren de las 3.10), y la película resultante, “Killshot”, estuvo cogiendo polvo en un cajón durante dos años hasta que finalmente vio la luz directamente en Dvd.

Ahora parece que el director vuelve con fuerza con “La deuda”, remake de la película israelí “Ha-hov”, y un thriller de espías que ya está cosechando buenas opiniones entre la crítica especializada.

Año 1997. Rachel (Helen Mirren/Jessica Chastain), Stephan (Tom Wilkinso/Marton Csokas) y David (Ciarán Hinds/Sam Worthington) son tres agentes del Mossad ya retirados que se convirtieron en figuras muy respetadas en Israel después de llevar a cabo una importante misión entre 1965 y 1966. Destinados en Berlín Este, su objetivo por aquel entonces consistió en localizar y capturar al criminal de guerra nazi Dieter Vogel (Jesper Christensen), el temible “Cirujano de Birkenau”. Si bien el plan no salió como tenían previsto, de un modo u otro Vogel acabó pagando por sus crímenes.

El equipo formado por los tres agentes arriesgó mucho y pagó un alto precio para cumplir aquella misión, pero ¿de verdad la cumplieron? Ahora que la presentación de un libro conmemora su proeza, el pasado regresará a sus vidas para saldar una deuda pendiente…

A caballo entre el drama y el thriller, Madden nos trae una historia de espías que va un poco más allá de la intríngulis que nos plantea la sinopsis, es decir, más allá del interés por descubrir qué es exactamente lo que ocurrió en aquella misión que implicó a los tres agentes protagonistas. De hecho, podríamos decir que la cinta explora más bien las repercusiones que aquella misión tuvo y tendrá treinta años después de su desenlace.

Para ello, el director va dando saltos en el tiempo, de los 90 a los 60, para contarnos los acontecimientos que tienen lugar en el presente, con una Rachel y unos Stephan y David ya retirados; y los que transcurrieron en el pasado, mostrándonos el proceso de gestación y de ejecución de la misión.


Treinta y un años atrás, Rachel no tenía más que 25 años, y aunque era una agente muy bien entrenada, la captura de Dieter Vogel suponía su primera misión de campo. Para alcanzar su objetivo, debía formar equipo con dos agentes más, David y Stephan, quienes ya habían trabajado juntos en anteriores ocasiones. Dentro del plan elaborado, a ella le tocaba jugar un papel decisivo, a la vez que espinoso.

Rachel va recordando paso a paso aquellos lejanos días y así el espectador es testigo directo de los hechos que tuvieron lugar en el Berlín de mediados de los sesenta.

Los guionistas se han centrado muy especialmente en la psique de los personajes, explorando sobretodo las tensiones (de todo tipo) que se producen entre los agentes y la presión a la que éstos están sometidos cuando tienen en su poder a un maniatado Dieter Vogel, quién no duda en introducirse en la conciencia de sus captores y jugar con sus pensamientos y sentimientos para tratar de encontrar una salida a su encierro.

La historia fluye con solidez gracias tanto al buen hacer de Madden tras la cámara, prescindiendo de efectismos e intercalando con habilidad los continuos flashbacks (destreza en el montaje que ya pudimos apreciar en la antes mencionada “Proof”), y gracias también al trabajo de sus guionistas (entre ellos, el amigo Mathew Vaughn), que construyen un thriller amparado en la psicología (miedos, remordimientos, deseos…) de sus personajes y en las dudas sobre la ética y la moral que plantean sus actos.


Si el nombre que más suena en esta crítica es el de Rachel, es porque la trama gira sobre todo a su alrededor. Y es de agradecer, pues, que todo ese peso recaiga en una excelente intérprete como es Helen Mirren (aunque la Rachel madura aparezca menos en pantalla que su versión joven), y en una más que prometedora actriz en alza, Jessica Chastain. Sus interpretaciones hacen que la parte femenina del reparto sea la más destacable y elogiable, sin por ello menospreciar el trabajo de actores como Jesper Christensen (estupendo en la piel del frío y calculador Cirujano de Birkenau), Marton Csokas o ese gran secundario que es Tom Wilkinson.

Probablemente, los mejores momentos de la película estén protagonizados por Chastain, Christensen y Mirren, con lo cual, habría que destacar las angustiosas horas que transcurren en el piso franco y el tenso tramo final. Y que nadie se deje llevar por la imagen del cartel, porque aquí tiroteos, los justos y necesarios.

El titulo que ostenta (esta vez, bien traducido para su exhibición en España) retrata a la perfección lo que liga a los agentes con lo acontecido en Berlín. Una deuda no sólo personal sino también política que pesa sobre ellos y que se hace más palpable cuando se esclarece el misterio que el argumento nos plantea desde el inicio.

“La deuda” es un thriller reflexivo muy bien construido, de esos que al terminar la proyección te dejan con buen sabor de boca. Merece la pena.


Lo mejor: el guión; Chastian y Mirren.


Lo peor: que Madden haya tardaod tanto en ofrecenros algo de este calibre.



Valoración personal: Buena