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viernes, septiembre 13, 2013

“La gran familia española” (2013) - Daniel Sánchez Arévalo

La familia. Padres, hermanos, abuelos, primos, tíos, hijos… Todas esas personas que, con un mayor o menor vínculo de sangre, forman parte -de un modo u otro- de nuestra vida. Personas con las que puedes llevarte a matar o por las que darías tu vida.

Esas personas hablan de nosotros, de quiénes somos (y quiénes hemos sido), y sobre todo de qué lugar ocupamos en ese pequeño e íntimo círculo familiar. Y es que la familia nos define (o al menos una parte) tanto para lo bueno como para lo malo, y puede sacar lo mejor y lo peor de cada uno de nosotros.

Hay otro tipo de familias, por supuesto. La familia que se crea alrededor de un grupo de amigos, sin ir más lejos. Pero de la que Daniel Sánchez Arévalo nos habla aquí es de aquellos seres queridos a los que llamamos papá, mamá o hermano, y a las que, probablemente, les decimos “te quiero” con menos frecuencia de la que deberíamos hacerlo. Esas personas a las que no elegimos pero con las que debemos convivir y, en principio, llevarnos bien. Y como la mayoría sabemos, eso no siempre es fácil, y menos aún si esa familia es numerosa, como la de nuestros protagonistas.

Efraín, el menor de cinco hermanos (Adán, Benjamín, Caleb y Daniel), tiene dieciocho años recién cumplidos, y está a punto de casarse. No le importa ni la edad ni lo que los demás opinen; tan sólo le importa su amor por Carla y el saber que quiere pasar el resto de su vida con ella (o al menos eso es lo que cree saber). Ni siquiera parece preocuparle demasiado que la fecha elegida para la boda coincida con el día en el que la selección española de fútbol juega la final del Mundial de Sudáfrica. Pero claro, quién iba a imaginar que llegaríamos a la final…

Mientras una buena parte del país se paraliza ante tal acontecimiento deportivo, en la boda de Efraín y Carla no pararán de sucederse cosas. Y algunas de ellas puede que cambien sus vidas para siempre…

Tras el éxito de “Primos”, una de las películas más taquilleras de 2011 (y para un servidor, una de las mejores comedias dramáticas de nuestro cine), Daniel Sánchez Arévalo dejó el listón muy alto. Quizás por ese motivo la expectación por su cuarto largometraje ha sido, a título personal, bastante significativa, así como los temores a una posible decepción también han acechado, implacables, cuál ave rapaz sobre su presa.

Al igual que en la citada “Primos” (y con la que comparte parte de su estupendo elenco), en “La gran familia española” el director aúna comedia y drama para tratar de diseccionar las penas y las alegrías de una serie de personajes que, también en este caso, están unidos por un vínculo familiar. Y pese a lo que pueda sugerir el título de la película, en ningún momento trata ésta de plasmar al prototipo de “familia española” como tal, aunque de bien seguro podamos reconocer en ella a algún miembro de nuestra propia familia o incluso vernos reflejados a nosotros mismos.

En realidad, la familia de Efraín es una familia como cualquier otra, si bien la particularidad de ésta reside en lo numeroso de sus hermanos y, por tanto, en el mayor número de conflictos a sucederse a lo largo del metraje, cuya historia se desarrolla en un marco incomparable: una boda, lugar en dónde se reúnen tanto la familia de sangre como la política, y en dónde cualquier cosa puede ocurrir. Y dicha boda transcurre, para más inri, durante la celebración de un evento clave dentro de la historia del deporte nacional.


Conviene, no obstante, aclarar que no estamos ni mucho menos ante una cinta sobre fútbol como lo puedan ser “El penalti más largo del mundo” o “Días de futbol”. Aquí, la final Mundial de Sudáfrica actúa como telón de fondo, de forma casi anecdótica, aunque al mismo tiempo se establezcan ciertos paralelismos con lo ocurre en el terreno de juego y los acontecimientos que se van sucediendo a lo largo del caótico enlace nupcial de Efraín y Carla. Caótico porque, entre otras cosas que es preferible no desvelar, saldrán a la luz algunos de los secretos más íntimos y mejor guardados de los miembros que componen esta gran y variopinta familia.

Nuevamente, una de las claves que hacen tan estimable y elogiable una propuesta como “La gran familia española” es la cercanía de sus personajes, la (aparente) facilidad con que Sánchez Arévalo consigue que les cojamos cariño a todos prácticamente desde el minuto uno. Lo inevitable que resulta que sus alegrías nos arranquen una sonrisa y que sus penas nos encojan el corazón. Una catarsis que sé consigue gracias a la naturalidad de su magnífico reparto (del primero al último; del más joven al más canoso) y a la franqueza de sus diálogos.

La mezcla de drama y comedia que nos brinda el director funciona de maravilla, si bien en esta ocasión el peso del melodrama es mucho mayor que en su anterior trabajo. La tragedias y las miserias familiares, los desengaños de unos y las inseguridades de otros, los miedos… Todo ello explosiona y fluye a lo largo de poco más de 90 minutos en los que Efrián y compañía deben tomar decisiones de vital importancia. Decisiones, algunas de ellas, que no sólo les afectan a ellos (y a ellas) de forma individual sino también a quienes les rodean (el plan de Adán para terminar con su mala racha económica o los dos “tríos amorosos” que se establecen entre Efraín, Carla y Mónica por un lado; y Caleb, Daniel y Cris por el otro).
Así, “La gran familia española” culmina en un espléndido canto a la familia y al amor verdadero, logrando divertir y, sobre todo, conmover al espectador (especialmente en su tercio final). Una película que deja un enorme y tierno poso al término de la proyección,  volviendo a demostrar lo bien que se le da la dramedia y la construcción de personajes entrañables a este director.


P.D.: Los nombres de los protagonistas, tal y como se explica al inicio, responden al homenaje implícito que se le rinde al (maravilloso) musical “Siete novias para siete hermanos”.


Lo mejor: el sabio equilibrio entre comedia y drama; la naturalidad de los diálogos; el reparto.

Lo peor: para un servidor, poco amante del fútbol, dicho detalle no le aporta demasiado interés, pese a los paralelismos que se establecen con la historia y personajes de la película.


Valoración personal: Excelente

sábado, enero 26, 2013

“El lado bueno de las cosas (Silver Linings)” (2012) – David O. Russell



Con siete nominaciones a los Oscars, otras seis a los Globos de Oro y unas críticas más que decentes, “The Fighter” supuso el relanzamiento del director y guionista David O. Russell, cuya filmografía hasta el momento había pasado bastante inadvertida para el gran público. 

Desde entonces, su caché se ha revalorizado hasta el punto de que su nombre suene para proyectos mainstraim como la adaptación del videojuego “Uncharted: Drake's Fortune”, algo que finalmente no ha llegado a suceder. Tras infinidad de rumores acerca de su argumento y el posible reparto, el director terminó desentendiéndose del blockbuster para finalmente rodar algo más modesto.

Tras pasar ocho meses en una institución mental por agredir al amante de su mujer, Pat (Bradley Cooper) vuelve con lo puesto a vivir en casa de sus padres (Robert De Niro y Jacki Weaver). Dispuesto a recuperar a su ex-mujer, Pat decide mantener una actitud positiva e intentar encontrar el lado bueno de las cosas. Pero en sus planes no entraba conocer a Tiffany (Jennifer Lawrence), una chica con ciertos problemas y no muy buena fama en el barrio. Su primer contacto no resulta demasiado afortunado, pero pronto se desarrollará un vínculo muy especial entre ambos que les ayudará a seguir adelante con sus vidas.

Tras un drama deportivo no demasiado original pero si muy bien armado, O. Russell se nos ablanda un poco y nos trae esta vez una historia romántica entre Bradley Cooper, actor en alza desde hace algunos añitos, y Jennifer Lawrence, la nueva chica de moda. Ambos en unos papeles previstos inicialmente para Mark Walhberg y Angelina Jolie, respectivamente. Ni qué decir que hemos salido ganando –y mucho- con el cambio.

Lo cierto es que la película no pasaría de ser una comedia romántica al uso en base al ya clásico punto de partida de “chico conoce chica” si no fuera por el tipo de personajes que maneja el guión, y que para el caso resultan bastante inusuales.

A grandes rasgos, Pat vendría a ser un cornudo con trastorno bipolar, y Tiffany una viuda con inclinaciones ninfómanas. El primero está obsesionado con recuperar a su exesposa, y la segunda con tener un amigo. El destino les junta y enseguida salta la chispa ¿del amor? En principio, su relación es algo tormentosa, pero poco a poco se sienten más cómodos en lo que empieza siendo una amistad de conveniencia. Se dicen el uno al otro lo que piensan, y eso, aunque motive alguna que otra bronca, en realidad les permite entenderse y comprenderse mejor.

Pero cuando los sentimientos empiezan a aflorar entre ambos, también lo hacen las pequeñas mentiras. 

 
A medida que avanza la historia entre los personajes, éstos se van “normalizando” y perdiendo un poco de la frescura y locura iniciales. Eso afecta al desarrollo de su relación, que poco a poco se va volviendo algo más previsible y tópica, especialmente durante el tramo final. Sin embargo, el guión sabe sortear con bastante humor e ingenio los clichés más resabidos del género romántico, dándole un toque de excentricidad que a ratos desemboca en situaciones realmente hilarantes. Y ése es precisamente el encanto de la película. 

La concepción de los personajes se aleja bastante de los estándares tanto por su vulnerabilidad o su franqueza como por sus vínculos emocionales con el entorno familiar. La relación de Pat con su padre es cuasi inexistente debido a su falta de comunicación y a la dificultad de ambos por exteriorizar sus sentimientos. Lo que más le une a Tiffany es, no obstante, acarrear el estigma de ser “la oveja negra de la familia”, por lo que en seguida se sienten identificados el uno con el otro, facilitando así una conexión que difícilmente lograrían establecer con otra persona.  Sus conflictos personales no se parecen en nada, ni su forma de afrontarlos, pero si el cómo se sienten -vulnerables, dolidos, impotentes- ante ellos.

Pat y Tiffany, Cooper y Lawrence. Ellos son la pieza clave de una película sencilla y agradable que logra encandilarnos con facilidad.


Lo mejor: la pareja protagonista y sus transtornados personajes.

Lo peor: su previsibilidad hacia el final.


Valoración personal: Buena
 

domingo, diciembre 09, 2012

“Un buen partido” (2012) - Gabriele Muccino


El salto de su Italia natal a la meca de Hollywood no pudo haber sido mejor para el director Gabriele Muccino. Su primera película allí, la notable “En busca de la felicidad”, fue todo un éxito de taquilla que le valió a Will Smith, su protagonista, su segunda nominación al Oscar a Mejor Actor. De hecho,  aquél papel está considerado como uno de los mejores de su carrera junto al de “Ali”, dos cintas dramáticas que sobresalen dentro de una filmografía repleta de cine palomitero.

Muccino debió quedar tan satisfecho con Smith, que decidió repetir con él para su siguiente largometraje, “Siete almas (Seven Pounds)”, otro dramón de intenciones claramente lacrimógenas pero bastante más manipulador y rocambolesco que su predecesor, y con el que el público ya no respondió tan bien.

Después de regresar a Italia para rodar la secuela de uno de sus éxitos patrios, Muccino vuelve ahora con su tercer largometraje en suelo americano. Y lo hace dejando atrás los pañuelos.

George Dryer (Gerard Butler), es una antigua estrella de fútbol europeo venida a menos. Separado y desempleado,  George acepta entrenar al equipo de fútbol de su hijo Lewis (Noah Lomax) con el fin de restablecer los lazos con el pequeño, al tiempo que trata de conseguir un empleo como periodista deportivo en una importante cadena de televisión y de recuperar a su ex-mujer Stacie (Jessica Biel). Pero George no sabe la que se le viene encima cuando algunas de las atractivas madres de los compañeros de equipo de Lewis empiecen a interesarse por él.

El director italiano aparca el drama lacrimógeno para ofrecernos esta vez  una comedia familiar/romántica al uso. Habiendo leído la sinopsis no os extrañará si os digo que esta película ya la habéis visto.  Y más de una vez.
 
Si la semana pasada comentaba que “Golpe de efecto” era una “peli de manual”, ésta todavía lo es más, concentrando  tal cantidad de clichés que es imposible no prever paso por paso el desarrollo de la historia.
Repasemos lo que tenemos: padre un poco desastre (y ligón involuntario) que intenta afianzar los lazos paternofiliales con su hijo pequeño (topicazo nº 1) al tiempo que trata de recuperar al amor de su vida, su ex esposa (topicazo nº2), la cual -¡oh sorpresa!- tiene un nuevo novio con el que pretende casarse en breve (topicazo nº 3). La futura carrera profesional de George y las mujeres que ahora se le lanzan al cuello serán los grandes dos obstáculos que dificultarán su reconciliación familiar (topicazos nº 4 y 5).

No hay prácticamente nada en “Un buen partido” que no hayamos visto antes, y el guión tampoco depara ninguna sorpresa que huya del romanticismo más convencional y el desenlace más previsible (sí, es ese final que estáis pensando).  

El contexto deportivo entorno al mundo del fútbol bien podría haber sido béisbol, baloncesto, hockey o cualquier otro deporte. El niño podría haber sido mayor o incluso ser una niña (aunque en el caso que nos ocupa funciona mejor lo primero); y el novio de la madre podría haber sido un auténtico cretino (ese papel recae aquí en Dennis Quaid) en vez de un buen tío. De hecho, es preferible que el nuevo novio de la madre nos caiga mal, así luego no nos da penita que le acaben dando platón. En el final feliz de todas estas películas, ¿dónde quedan los tipos como Matt? Nadie tiene en cuenta su desdicha…


Matt es un hombre bueno y enamorado al que plantarán dos semanas antes de la boda. Qué injusto, ¿verdad? Pero sin tipos como Matt a los que amargarles la vida, muchas comedias románticas nos dejarían un sabor amargo. Y es que lo que al fin y al cabo queremos aquí (y la película nos lo da, faltaría más) es que George, Lewis y Stacie vuelvan a formar una familia. 

El puntito más refrescante (entre comillas) de la historia lo pone la trupe de féminas que quiere llevarse a la cama al bueno de George.  Mujeres divorciadas, solteras o aburridas de su matrimonio y con ganas de echar una canita al aire que se mueren por los huesos del nuevo entrenador de fútbol de sus hijos. Ellas son Barb (Judy Greer), Denise (Catherine Zeta-Jones) y Patti (Uma Thurman), que competirán por el afecto (físico, más que nada) del protagonista, al que le complicarán bastante las cosas. Y en medio del follón tenemos también a Carl King (Quaid), patrocinador del equipo y celoso (e infiel) marido de Patti, que aprovecha la llegada de una famosa ex estrella del fútbol para presumir de amigo entre sus socios ricachones. 

Toda una sarta de tópicos y clichés relacionados con la redención, el amor verdadero y la madurez tardía, para una insustancial (aunque medianamente complaciente) comedia romántica de sábado por la tarde sazonada con maduritas de buen ver y algo de sexo (fuera de pantalla, por supuesto); con un reparto más que aceptable y un director especialista en dramas con el piloto automático. No hay mucho de dónde rascar, pero si lo último que le pides a la película es algo originalidad, igual puede servirte para pasar el rato.

P.D.: Cuánto menos irónico que Butler sea un crack del balón cuando desde “300” (el gran pelotazo que lo dio a conocer) prácticamente no da pie con bola a la hora de elegir proyectos.


Lo mejor: Gerard Butler y el desfile de atractivas milfs.

Lo peor:  una historia repleta de clichés que ya hemos visto mil veces.


Valoración personal: Regular-Pasable

viernes, septiembre 28, 2012

“Si de verdad quieres…” (2012) – David Frankel

Crítica Si de verdad quieres… 2012 David Frankel 
El cine y sobre todo Hollywood se ha inflado de películas románticas de chico conoce a chica. Películas en las que dos perfectos extraños se conocen, se gustan y, finalmente, se declaran amor eterno. Antaño, prácticamente todas estas películas terminaban en boda, aunque hoy en día el asunto se maneja de forma más liberal. En cualquier caso, nos hemos hartado de historias de amor para parar un tren, y las ha habido de todo tipo: bonitas, tristes, divertidas, melancólicas, alocadas, tiernas…

¿Pero qué ocurre con todas esas parejas con el paso del tiempo? ¿Mantienen la llama del amor encendida? ¿Vive la pasión como el primer día? Puede que sí o puede que no…

Hope Springs (aka Si de verdad quieres…) nos acerca al matrimonio formado por Kay (Meryl Streep) y su marido Arnold (Tommy Lee Jones), quienes llevan más de treinta años de casados. Con el paso del tiempo, lo que había sido un matrimonio en armonía y perfecta estabilidad se ha convertido en monotonía y tedio para Kay, que echa en falta la chispa de la primera época, el deseo, la pasión, la lujuria…
 
Así que un buen día Kay decide apuntarse a una terapia impartida por un famoso sexólogo (Steve Carell) en una localidad llamada Hope Springs a adonde arrastrará Arnold con la sana intención de poner solución a su aburrido matrimonio.

Meryl Streep sigue combinando sus proyectos pro-Oscar (La dama de hierro) con otros trabajos más ligeros y menos existentes a nivel interpretativo. Producciones que, no obstante, no tienen por qué ser de menor calidad, e incluso en ocasiones pueden llegar a ofrecer mejores resultados que aquellas concebidas con mayores pretensiones.

Y es que “Si de verdad quieres…” es una pequeña y agradable sorpresa dentro del género que maneja. No es una gran película, y tampoco lo pretende, pero es capaz de lograr su meta sin muchos artificios, y procurando ser lo más natural posible dentro de unos comprensibles y a menudo poco adulterables márgenes cinematográficos.

Streep se reencuentra con el director David Frankel tras su fructífera colaboración en “El diablo viste de Prada”, una de los mayores éxitos comerciales en la carrera de la actriz. Esta vez encarna a Kay, una mujer cuyo matrimonio se ha estancado en la rutina y, lo que es peor, que ha perdido esa chispa especial que lo mantenía vivo. Obviamente, esto es un problema, pero parece que sólo ella lo ve así.


En busca de una solución, Kay recurre a un sexólogo experto en la materia que les ayude a recuperar de nuevo esa chispa. Para ello, deben desplazarse hasta Hope Springs, un lugar idílico al que Arnold no desea viajar. Más que nada, porque la idea le parece absurda y descabellada. Él no ve ningún problema en su matrimonio. No obstante, acepta a regañadientes hacer el viaje, lo cual no significa que colabore obedientemente con la terapia que impartirá el Dr. Feld.

El problema, sin embargo, es real y no tardará en estallarle delante de las narices, desplegándose ante él todo aquello que permanecía oculto o dormido bajo el manto de la rutina matrimonial.

Kay y Arnold se quieren, pero no se lo demuestran. Después de tantos y tantos años de matrimonio han perdido la pasión, el deseo mutuo. Pero no sólo eso, también han perdido por el camino la comunicación, y no se puede recuperar lo primero si no se consigue arreglar lo segundo.

El amor es complicado, y el matrimonio no lo hace más fácil, pues implica una convivencia prolongada. El sexo, obviamente, no es la parte más importante de una relación, pero sí una de ellas, y la ausencia de una simple caricia, de un tierno beso, puede ser el indicio de que algo falla en la pareja, de que alguna cosa no está funcionando como debiera.

Pero Kay y Arnold no hablan, o al menos no de lo que realmente importa. Y eso es un obstáculo a salvar. El Dr. Feld no es ningún curandero ni tiene una varita mágica con la que reparar matrimonios rotos, pero es la persona indicada para activar el botón de la puesta en marcha, el empujoncito que necesita la pareja para abrir su corazón, para sincerarse el uno al otro y decirse aquellas cosas que el miedo o el pudor les impide confesar. Aquellos cosas que, por pequeñas que sean, han acabado haciendo piña y convirtiéndose en una piedra en el camino hacia su felicidad.

Y no es fácil para ninguno de los dos dar ese paso. Menos aún para Arnold, más conformista con la situación, menos receptivo con la terapia y, sobre todo, menos consciente de la infelicidad de su esposa. Pero ¿qué puede ocurrir si no se esfuerza? Las cosas no se solucionan por sí solas, y si ambos no lo dan todo para arreglar su matrimonio es muy probable que éste se vaya a pique (aunque Arnold no termine de entender muy bien el por qué). Y no es cuestión de buscar un culpable, pues ambos cargan con su 50% de responsabilidad en este “contrato” que es el matrimonio. Es cuestión de conocer el problema de raíz (el por qué del distanciamiento, de la falta de entendimiento…) y, una vez hallado, hacer todo lo posible para intentar solventarlo.


La pareja protagonista pasa por momentos embarazosos y dolorosos. Pero también recuperan la capacidad de reírse y divertirse juntos, viviendo momentos de fugaz alegría. Recuperan recuerdos del pasado, admiten abiertamente sus fantasías y sus deseos más ocultos… Todo con el fin de recuperar la magia del primer día.

El guión de Vanessa Taylor procura ser lo menos artificial posible. No escapa a los tópicos del género romántico (final incluido), pero sabe solventarlos con bastante soltura y sensatez, combinando con acierto los dos frentes, drama y comedia, en los que se inscribe su propuesta. Evita también caer en la mojigatería hablando de un tema a veces tan tabú como es el sexo, así como huye también del extremo más grosero en el que caen otras películas. 

Los momentos más subiditos de tono son graciosos y los momentos más dramáticos consiguen emocionarnos lo justo. En ambos casos, gran parte de la efectividad recae en unos personajes bien construidos y en su magnífica pareja protagonista. Nos creemos su matrimonio, nos creemos sus malos momentos  (esas miradas, esas lágrimas en los ojos…) y logran sacarnos una sonrisa de aprobación en los momentos divertidos. La película funciona en buena medida gracias a ellos dos y también a un Steve Carrell comedido y acorde con su papel.

Conviene advertir de la equilibrada mezcla de comedia y drama sin esperarse de ella grandes carcajadas ni tampoco llantos a moco tendido. Eso sí, esta vez el director es más honesto y no nos cuela un dramón del quince a mitad de trayecto como ocurrió con “Una pareja de tres” (sí, la de Jennifer Aniston, Owen Wilson y el perrito), que se supone que iba a ser una comedia y luego no.

Aunque de buenas a primeras se advierta que el tono cómico va a ser ligerito y relajado, no hay engaño. El drama surge de pronto, pero con pasmosa naturalidad, y a partir de ahí se distribuye inteligentemente a lo largo del metraje.  

Está claro que la historia que nos cuenta “Si de verdad quieres…” no se resuelve en cuestión de días, pero esto es cine, y hay que aceptar sus aceleradas resoluciones y, por supuesto, SPOILER-- sus deliciosos -cuando no pastelosos- “happy ends”. Esos “finales de película” que si están, los criticamos por tópicos y poco creíbles, pero que si no están, los echamos en falta. Y es que a veces necesitamos soñar y creer con esos finales que la vida real no siempre nos ofrece. El cine es nuestra vía de escape a la realidad. – FIN SPOILER

De todos modos, indistintamente del desenlace y dejando a un lado sus atributos meramente cinematográficos,  se puede ver en ella un fin más o menos terapéutico para aquellas parejas que atraviesan una mala racha en su relación. No necesariamente  deben encontrarse en la misma situación que los protagonistas, pero sí puede serles útil a modo de catalizador. Algunos podrán verse reflejados en Kay y Arnold sin necesidad de acudir a ningún Dr. Feld. 


Lo mejor: el equilibrio entre drama y comedia; su pareja protagonista.

Lo peor: lo mal que deja a los adultos de mediana edad en cuestión de sexo; que no evite el previsible final.


Valoración personal: Correcta

viernes, septiembre 21, 2012

“A Roma con amor” (2012) – Woody Allen

Crítica A Roma con amor 2012 Woody Allen

El director neoyorquino prosigue con su ruta turística por algunas de las ciudades más emblemáticas de Europa, y tras visitar Barcelona en “Vicky Cristina Barcelona” y la capital francesa en “Midnight in París”, ahora le toca el turno a Roma, la (otra) ciudad del amor. 

Precisamente de amor ha llenado las maletas Woody Allen para su estancia en la ciudad italiana, aunque al título de su último trabajo convendría hacerle un pequeño ajuste y rebautizarlo más adecuadamente como “A Roma con adulterio”. Porque sí, hay mucha mariposa cosquilleando en el estómago de los personajes, pero aquí ninguno copula con su respectiva pareja (¡sin remordimientos ni castigo!). 

La película es un compendio de enredos y desventuras sobre un variopinto grupo de personajes que viven o veranean en Roma. Una historia de amores y desamores, de anhelos y deseos frustrados… con la bella ciudad italiana como escenario y espectadora involuntaria de los acontecimientos.

En total son cuatro historias distintas las que componen el último film de Allen, siendo alguna de ellas bastante más peculiar y surrealista que el resto (la de Benigni), aunque todas ellas sujetas al particular sello Allen, manteniendo un tono alocado y romántico durante todo el metraje.
Una de las historias atañe a una joven pareja de recién casados.

Antonio (Alessandro Tiberi) llega a Roma para conseguir un importante trabajo en la gran ciudad y para presentar su encantadora nueva esposa Milly (Alessandra Mastronardi) a su conservadora familia. Mientras él se acomoda en la habitación del hotel, ella decide irse a la peluquería para causar una buena impresión a sus suegros. Pero justo cuando la pareja se separa, surgen una serie de desafortunados malentendidos… Al tiempo que Milly recibe las atenciones de una legendaria estrella del cine, Luca Salta (Antonio Albanese), Antonio se ve envuelto en una agobiante situación en la que tiene que hacer pasar por su mujer a una atractiva y descarada desconocida (Penélope Cruz) que, para más inri, es prostituta.

La otra historia comienza cuando John (Alec Baldwin), un conocido arquitecto de vacaciones por Roma, se encuentra con Jack (Jesse Eisenberg), un joven estudiante de arquitectura no muy distinto a él mismo. Jack vive con su novia Sally (Greta Gerwig) en el mismo barrio que una vez acogió a John. Todo es perfecto hasta que Monica (Ellen Page), la deslumbrante y seductora amiga de su novia, se instala en su casa durante un tiempo indeterminado. Dicha situación hará que John reviva uno de los episodios románticos más dolorosos de su vida.

Mientras esto ocurre, Jerry (Woody Allen), director de ópera retirado, se encuentra en Roma con su mujer Phyllis (Judy Davis) para conocer a Michelangelo (Flavio Parenti), el prometido italiano de su hija Hayley (Alison Pill). Jerry se queda maravillado al escuchar a Giancarlo (interpretado por el famoso tenor Fabio Armiliato), el padre empresario de pompas fúnebres de Michelangelo, cantando con una prodigiosa voz operística mientras se asea en la ducha. Convencido de que semejante talento no puede ser desaprovechado, Jerry se aferra a la idea de promocionar a Giancarlo y convertirlo en una gran estrella.

Y por último, el protagonista de la cuarta historia es Leopoldo Pisanello (Roberto Benigni) un tipo de clase media, normal y corriente, que de la noche a la mañana y sin explicación aparente, se ve convertido uno de los hombres más famosos de Italia. Los paparazzi le siguen a todas partes y los periodistas le hacen preguntas sin parar. Aunque al principio no entiende nada, pronto se acostumbra a los distintos encantos de la fama, pero no sin conocer también el alto precio a pagar por ella.

Ocurre a menudo que las películas por episodios resultan ser, en conjunto, demasiado irregulares, algo que podría considerarse una lacra prácticamente insalvable de dicho formato (aplicable también a las películas de historias cruzadas). Y “A Roma con amor” no es la excepción. 

Es una comedia irregular cuyos altibajos son provocados por una narración que alterna cuatro historias de dispar interés. Difícilmente todas satisfagan de la misma manera, por lo que el espectador se decantará por una/s u otra/s, siendo el grado de satisfacción ante éstas lo que determine la valoración general de la película a la hora de hacer balance.

Los ingeniosos y ácidos diálogos marca de la casa siguen ahí, pero en menor cantidad y probablemente menos inspirados que en otras ocasiones. Y es que a Allen se le siente agotado (incluso a nivel interpretativo) en un trabajo que busca cumplir con el trámite de la forma más cómoda posible.
Tan buen punto te saca una sonrisa como un bostezo. Y a esto último no ayuda esa hora y tres cuartos que el espectador siente como si fueran dos. 

En lo personal, el segmento de Pisanello (Benigni) me resulta delirante y fresco, pero desentona un poco con el resto. En ella se cargan las tintas contra el periodismo (sobre todo la prensa rosa y sensacionalista) y el famoseo de pega, algo de lo que aquí en España andamos sobrados y saturados.
La lógica a ésta historia no hay que buscársela porque no la tiene, así como no había explicación razonable a los viajes en el tiempo del protagonista de “Midnight in París”. Ocurre, sin más.

Algo parecido sucede con la historia amorosa que protagonizan Jesse Eisenberg y Ellen Page. De algún modo,  Baldwin ejerce de “voz de la conciencia y de la experiencia” del joven arquitecto, ya que se siente identificado con él. El personaje de Baldwin está presente en los encuentros entre la pareja pero sin estar ahí con ellos realmente. Algo así como una aparición que, no obstante, puede interactuar con el resto de personajes. Dicho así no tiene mucho sentido, y es que realmente no lo tiene, pero a Allen nunca se le exigen este tipo de explicaciones y probablemente tampoco sean necesarias.

Ésta última sería, a mi gusto, la más aburrida y pesada de las cuatro historias. Eisenberg y Page hacen buena pareja, pero resultan muy cargantes. Allen busca, entre otras cosas, la mofa del colectivo gafapasta y pedante, y la consigue a expensas de sucumbir ante su propia crítica. Las intervenciones de Baldwin son las que ayudan a digerir mejorar a ésta repelente pareja.

La parte del tenor, aunque absurda, tiene cierta gracia, pero tampoco da para mucho. Allen y los diálogos que se ha reservado para sí mismo son lo mejor de la misma. Además, siempre es agradable tenerlo delante de la cámara, algo que no ocurría desde “Scoop”. Su personaje es un hombre incapaz de disfrutar de su jubilación; un hombre atado a una profesión de la que no puede separarse y a la que vuelve a insuflar vida un humilde empresario de pompas fúnebres.


A la trama que verdaderamente se lo podría haber sacado más jugo es a aquella en la que una despampanante Penélope Cruz pone en aprietos a un ingenuo muchacho que acaba de pasar por vacaría. Y digo “podría” porque al verse obligada a formar parte de un conjunto de historias, acaba sabiendo a poco. La premisa, si bien no es original, sí podría haber dado lugar a una simpática comedia de enredo, pero como historia segmentada se queda algo atrofiada, incompleta.

Y es que el invento de Allen se entorpece a sí mismo. Historias que por separado podrían haber funcionado de maravilla se entremezclan y segmentan junto a otras que, como mucho, dan para un corto. Y en el fondo es lo que son todas: cortos embutidos en un mismo saco. 

Para algunos, la cita anual con Allen es ineludible e imprescindible, aunque el resultado no siempre acompañe.  A estas alturas, poco o nada queda por exigirle a Allen. Se ha ganado su trocito de Olimpo, y de ahí ya nadie le mueve. Y si quiere seguir con su viaje por Europa a medio gas y repleto de tópicos, no seré yo quién se lo reproche. Pero un servidor preferiría que el director más prolífico de Hollywood (escribe y dirige -y por tanto estrena – sin falta una película al año desde 1982) se tomara un descanso mayor entre película y película.  

En cualquier caso, “A Roma con amor” se ubica en un término medio dentro del tríptico europeo que conforman “Vicky Cristina Barcelona (la peor) y “Midnight in Paris” (la mejor).


Lo mejor: su simpatía.

Loe peor: su descompensada calidad.


Valoración personal: Regular-Correcta