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sábado, enero 26, 2013

“Lincoln” (2012) – Steven Spielberg


En 1865, mientras la Guerra Civil Americana se acerca a su fin, el presidente Abraham Lincoln propone la instauración de una enmienda que prohíba la esclavitud en los Estados Unidos. Sin embargo, esto presenta un gran dilema: si la paz llega antes de que se acepte la enmienda, el Sur tendrá poder para rechazarla y mantener la esclavitud; si la paz llega después, cientos de personas seguirán muriendo en el frente. En una carrera contrarreloj para conseguir los votos necesarios, Lincoln se enfrenta a la mayor crisis de conciencia de su vida


Pese a lo que su título pueda sugerir, la película de Spielberg no es ni mucho menos un biopic del decimosexto Presidente de los Estados Unidos, sino que se centra en los últimos cuatro meses de su vida y los más conflictivos de su presidencia. Periodo durante el cual también consiguió sus logros más trascendentales en la historia de América.

Estados Unidos es un país dividido por una Guerra Civil que enfrenta los estados del Norte (la Unión) contra once estados del Sur que en 1861, justo cuando Lincoln tomó posesión de su cargo, proclamaron su independencia deviniendo en los Estados Confederados de América. 

La contienda lleva cuatro años cobrándose la vida de miles de soldados tanto de un bando como del otro. Nadie quiere postergar esa agonía por más tiempo, y mucho menos el Presidente Lincoln. Pero hay algo que a éste aún le preocupa, y es abolir la esclavitud.

El director se centra exclusivamente en los esfuerzos de Lincoln por aprobar la Decimotercera Enmienda a la Constitución de los EE.UU. y abolir así la esclavitud en todo el país. Teniendo en cuenta que la paz entre el norte y el sur podría estar cerca, la decisión del presidente de priorizar tal hazaña es, cuanto menos, arriesgada; y, por supuesto, cuestionada incluso por voces dentro de su propio partido. Lincoln lo tiene prácticamente todo en contra, y se la juega pese a la presión pública y personal a la que está sometido.

Así pues, como espectadores nos adentramos en el interior de la Casa Blanca para ser testigos de las discusiones que tienen lugar en sus despachos y de las estrategias y tejemanejes que surgen de éstas. De este modo, observamos cómo se lleva a cabo el proceso que ha de cambiar para siempre el futuro de toda una nación. Eso significa mostrarnos las tretas que el partido republicano planea para conseguir los votos a favor de la enmienda constitucional necesarios para ganar la votación y que ésta forme parte de los cimientos de la legislación del estado. Tretas que pasan por el continuo “acoso” a los demócratas indecisos o incluso el soborno encubierto (Lincoln no está dispuesto a comprar –literalmente- los votos, pero sí a conseguirlos mediante la oferta de puestos de empleo). Eso sí, Spielberg se toma esa ligera perversión de la democracia (a la que tanto valor se le otorga a lo largo de la película) con cierto grado de humor (¿el fin justifica los medios?). Probablemente no desee tomar partido del debate ético que supondría analizar dicho comportamiento, pero sí es evidente que, de algún modo, suaviza tales acciones al tiempo que las expone con un leve atisbo de crítica. Quizás no esté de acuerdo con el procedimiento pero tampoco trata de ocultarlo u omitirlo, que ya es algo. 


El relato es riguroso y denso en su mayor parte, dado que lo que se nos muestra es política pura y dura. Y lo es prácticamente desde el inicio, con lo que es posible que al principio cueste un poco sumergirse en el torrente de información que maneja el guión. Pero una vez entras de lleno en el filme, éste llega a su fin casi sin que te des cuenta. Son cerca de tres horas de historia americana (extendible, en su trasfondo, a la totalidad del mundo) que acaban pareciendo menos de lo que en realidad son, siempre y cuando el tema sea, como mínimo, de tu interés.

El director apenas pisa el campo de batalla. Ya se han hecho muchas películas sobre el conflicto y a él no le interesa la lucha en las trincheras (de la cuál sí llega a mostrar sus terribles consecuencias) sino la lucha en los despachos; la guerra abierta entre demócratas y republicanos por la abolición de la esclavitud. Y esa es la lucha personal de Lincoln. Un Lincoln que es retratado como Presidente, como político, como padre y como marido. Si bien su vida privada se nos muestra de forma algo más pasajera y sin profundizar en exceso, dejando que afloren los conflictos internos que están ligados directamente al contexto político que le atañe. De ahí que la presencia del hijo mayor encarnado por Joseph Gordon-Levitt se quede en algo meramente anecdótico. Algo parecido ocurre con otros personajes, y es que son tantos los protagonistas (con mayor o menor implicación) de esta historia, que es difícil reservarles a todos los minutos que merecen.

El centro de atención es Lincoln y su causa, por lo que se puede echar de menos la parte estrictamente familiar del Presidente (por la que se pasa de puntillas) como la parte humana de los principales interesados en que la enmienda se apruebe, es decir, la comunidad negra (la mayor parte de la cual se encuentra repartida en los estados del sur). Conociendo a Spielberg y a la crítica, es posible que de haber dedicado un mayor foco de atención a cómo vivieron el conflicto los negros, a éste se le hubiera acusado de ñoño. En ese sentido, los pocos acercamientos a los que se atreve el director están manejados con sobria maestría (especialmente bonito el momento en el que el personaje de Tommy Lee Jones llega a casa tras la aprobación de la enmienda). Un Spielberg con menos edulcorantes que de costumbre. 
 
Aún así, y dicho esto muy a título personal, se echa de menos una visión más amplia del tema que nos ocupa, en parte para canalizar mucho mejor la empatía con los afectados, y en parte para romper un poco con el discurso político y, en consecuencia, con cierta monotonía que arrastra a lo largo de la narración.

Por otro lado, en ningún caso se trata de una visión idolatrada de la figura de Lincoln. Nos muestra a alguien humano e imperfecto, pero valiente y fiel a sus principios.  Ya su primera aparición  le sitúa en un entorno exento de grandeza, huyendo claramente de la imagen de mito que siempre ha rodeado al personaje. 

El trabajo de Daniel Day-Lewis en la piel del Presidente es prodigioso. Por sus gestos, su forma de hablar, de andar…  Pero sobre todo en su esfuerzo por conseguir una representación solemne del político al tiempo que desdramatiza al ser humano que hay detrás. Bien hallados son esos momentos en los que el buen hombre obsequia a sus oyentes con curiosas anécdotas (un modo muy práctico de  descongestionar tensas situaciones). Cierto es que no tenemos un referente en mente con el que poder comparar su interpretación, más allá de fotografías (ahí el premio se lo llevan los de maquillaje) o descripciones concienzudas de su actitud y su personalidad, pero su fuerza y profesionalidad al asumir el rol es innegable, aunque a veces nos cueste separar la idea que se trata del gran Daniel Day-Lewis interpretando a Lincoln.

Dejando de lado que no se trata de una cinta especialmente apasionante (aunque sí muy interesante), si hay algún gran “pero” en particular que reprocharle (al margen de lo que se haya discutido a lo largo de la crítica) es un desenlace (que desemboca en un discurso de Lincoln ) demasiado facilón, demasiado de manual. Más aún si llega tras el asesinato del protagonista, el cual, todo sea dicho, está rodado con suma elegancia: fuera de plano y sin pretensiones lacrimógenas.

Técnicamente es impecable, pero con eso ya contábamos. Y el reparto es de aúpa, desde el primero hasta el último, por breve que sea su intervención (atención a un irreconocible James Spader, que interpreta al personaje más alegre de la función). 


Lo mejor: el discurso político; las notas de humor.

Lo peor:  la falta de pasión en el relato.


Valoración personal: Correcta

sábado, octubre 27, 2012

“Argo” (2012) - Ben Affleck

Crítica Argo 2012 Ben Affleck

Poquito a poco, Ben Affleck está consiguiendo hacerse un hueco muy respetable como cineasta. Primero sorprendió a propios y extraños con su notable debut, “Adiós, pequeña, adiós”, y con “The Town”, pese a que en lo personal no me resultó tan gratificante, reafirmó que su pericia en su primer contacto tras las cámaras no fue un caso aislado (o la suerte del principiante, que se suele decir). 

Todo el beneplácito de público y crítica que Affleck se está ganando a pulso como director es el que le ha faltado –no sin razón- como actor. Puede que haya tardado demasiado tiempo en dar con su verdadera vocación (empezó a actuar con 12 años y a dirigir con 35), pero hay otros que no lo logran nunca. O quizás se trate simplemente de haber encontrado, por fin, el lugar que le corresponde en la industria, habida cuenta de las aptitudes demostradas. Y ya no hablamos sólo de su labor como director sino también de su faceta como guionista.

En cualquier caso, su último trabajo llega a nuestras carteleras precedido, nuevamente, de excelentes críticas. Y si esto termina por devenir en una costumbre, como parece ser que así será, poco habrá que reprocharle más que el reservarse los papeles protagónicos de sus propios largometrajes. Y es que con una historia tan suculenta entre manos, no había quién se resistiese.

4 de noviembre de 1979. La revolución iraní alcanza su momento de mayor tensión cuando unos militantes irrumpen en la embajada norteamericana en Teherán tomando a 52 norteamericanos como rehenes. Pero en medio del caos, seis de ellos consiguen escabullirse y encuentran refugio en la residencia del embajador canadiense, Ken Taylor. Conscientes de que es sólo cuestión de tiempo que los encuentren y posiblemente los asesinen, los gobiernos de Canadá y Estados Unidos piden la intervención de la CIA, que recurre a su mejor especialista en rescates, Tony Mendez, para que idee un plan que les permita sacarlos del país sanos y salvos.

Affleck aborda aquí un guión de Chris Terrio basado en el artículo de la revista Wired “The Great Escape” (“La gran evasión”), escrito por Joshuah Bearman, y en un capítulo de “El maestro del disfraz: mi vida secreta en la CIA”, del propio Antonio J. Mendez, protagonista de la historia que nos ocupa.

Para comprender el contexto en el que se relata la trama de “Argo” conviene hacer un repaso histórico de los hechos transcurridos varias décadas atrás. Y de eso es de lo que se encarga Affleck en los primeros minutos de la película. 

Mediante un breve prólogo nos resume, a grandes rasgos, cómo los estadounidenses (y también los británicos, que no se nos olvide) lograron expulsar del poder al primer ministro Mohammad Mosaddeq (que pretendía nacionalizar los recursos petrolíferos del país, cosa que no agradaba lo más mínimo a países dependientes como EE.UU.) y cómo ayudaron a Mohammad Reza Pahlavi a convertirse en emperador (o sha) de Irán, iniciándose así una serie de reformas que transformarían -valga la redundancia- el país al gusto de sus nuevos “amigos” políticos.

Al tiempo que el sha se enriquecía a base de bien, gran parte del pueblo se empobrecía, originando con ello un descontento masivo que, por supuesto, el gobierno trató de frenar con mano férrea.

A finales de los 70, la situación se hizo insostenible, con crecientes manifestaciones y continuas represalias por parte del poder policial del sha, quién a principios de 1979 acabaría huyendo exiliado en vistas de la inminente revolución que se le venía encima.

La sublevación del pueblo hizo crecer las protestas hasta llegar a la capital, Teherán, en donde se encontraba la Embajada de Estados Unidos. Justo ahí comienza la historia que se nos cuenta en “Argo”.


El secuestro de los trabajadores de la Embajada causa enorme conmoción en el mundo entero. El mayor problema, sin embargo, no reside en éstos rehenes, a los que se podría conseguir liberar de forma diplomática (y no sin dificultades), sino en los seis que han conseguido escapar y que corren el peligro de ser ejecutados en el momento en el que los revolucionarios iraníes den con su paradero (a ellos y a los samaritanos canadienses que arriesgan sus vidas dándoles cobijo).

Todas las estrategias que la inteligencia americana propone tienen pocas posibilidades de llegar a buen puerto, hasta que el experto en “exfiltraciones” Tony Mendez pone su disparatado plan sobre la mesa: aterrizar en Irán haciéndose pasar por productor de cine y lograr que los seis finjan ser un equipo de rodaje canadiense en busca de localizaciones para una exótica película de ciencia-ficción (una space opera al estilo Flash Gordon), para después marcharse del país en avión, como si tal cosa. 

Suena de locos, pero no hay un plan mejor. De hecho, éste es el plan “menos malo” que tienen entre manos. Así que le dan el visto bueno, y arreando que es gerundio.

Toda la parte en la que Mendez debe hacer creíble el interés de un estudio de Hollywod (Studio Six Productions) en busca de localizaciones en Irán para rodar allí una película de ciencien-ficción es, simple y llanamente, sublime. Y Terrio nos regala, de paso, una ácida crítica al mundillo hollywoodiense de la mano de dos personajes descacharrantes: John Chambers, un famoso artista de maquillaje y amigo de Mendez; y Lester Siegel, un deslenguado director en horas bajas. Ambos encarnados pero dos estupendos actores como son John Goodman y Alan Arkin.

Estas gratificantes notas de humorAr-goderse!) son un contrapunto perfecto a una historia, en realidad, bastante seria. Pero es que el plan –verídico- de Mendez resulta tan descabellado, que la película debe contagiarse irremediablemente de esa excentricidad latente. De hecho, es una de las claves por las que “Argo” se convierte en una propuesta excitante y perfectamente calibrada.

El tramo final correspondiente a la “gran escapada” resulta sorprendentemente intenso a sabiendas de conocerse de antemano el desenlace. Para ello, Affleck no renuncia a algunos de los típicos “truquitos” cinematográficos por excelencia (vehículos que no arrancan a la primera, por ejemplo) que permiten aumentar el nivel de tensión y suspense de esos minutos destinados a dejarnos sin uñas.


El punto flaco de la película, no obstante, reside en el propio Tony Mendez. Y no voy a hacer sangre al respecto, ya que pese a que nunca ha sido santo de mi devoción, debo reconocer que en los últimos tiempos Affleck ha mejorado considerablemente como actor (véase “Hollywoodland” o “The Company Men”). Sin embargo, aquí sus discretas aptitudes interpretativas van en consonancia al discreto calado dramático del protagonista, al que ya se le destina el mimo justo desde el guión (medianamente generoso en los últimos minutos de metraje). Claro que otro actor bien podría haber ofrecido más empaque y conseguir sacarle algo de punta a su personaje, aún a pesar de que la historia en sí parezca estar muy por encima de individualismos. 

La planificación y ejecución del plan orquestado por Mendez es el plato principal de un thriller ágil, inteligente y apto para todos los públicos. Y que pese a su contexto político, evita posicionarse sobre el conflicto exponiendo los hechos históricos de forma veraz, concisa y objetiva, permitiendo así que el espectador reflexione y juzgue por sí mismo. 

Es cierto que los americanos son los héroes de esta historia con final feliz (héroes en la sombra durante muchos años hasta que se archivó el caso), y así debe reflejarse en esta recreación (sin olvidar el apoyo canadiense, de incalculable valor), pero ni mucho menos son los buenos de la película, por así decirlo. Recordemos por qué se originó el malestar en la comunidad iraní, quién estuvo detrás del sha apoyándolo primero y protegiéndolo luego. Claro que eso tampoco justifica secuestro o asesinato alguno por parte de la milicia, por lo que aquí tampoco es cuestión de discernir entre “buenos” y “malos”.

Dejando eso a un lado, Affleck se confirma como un director hábil en el manejo de la cámara (a destacar cómo filma a lo Greengrass en medio del alboroto inicial a las puertas de la embajada para captar el bullicio imperante, para luego enderezar la cámara a medida que el plano se eleva por encima de la muchedumbre) y con una gran capacidad narrativa y escenográfica que aquí se tornan fielmente documentalistas en muchas ocasiones (las comparaciones fotográficas durante los créditos finales dan buena cuenta de ello). 

El sobresaliente resultado final convierte a “Argo” en uno de los títulos del año con serias posibilidades a rascar nominaciones en los Oscars (las estatuillas ya son otro cantar, que con la Academia nunca se sabe y los ninguneos son marca de la casa). Aunque esto último sería un reconocimiento adicional a su ya excelente acogida por parte del público y de la prensa especializada. Y eso, al fin y al cabo, es lo que de verdad importa.


Lo mejor: el humor y la tensión de varios segmentos.

Lo peor: el escaso retrato que ofrece de Tony Méndez.


Valoración personal: Buena.