jueves, agosto 16, 2012

"Piratas!" (2012) - Peter Lord & Jeff Newitt

¡Piratas! 2012 Peter Lord & Jeff Newitt
Pese a sus irregulares coqueteos con la animación digital, primero con “Ratonpolis” (bajo el amparo de Dreamworks) y luego con la maravillosa “Arthur Christmas”(bajo el amparo de Sony), en los estudios Aardman se han caracterizado siempre por el stop-motion (o mejor dicho, clay-motion), técnica que dominan a la perfección y con la que nos han regalado genialidades como “Chicken Run: Evasión en la granja” o “Wallace & Gromit - La maldición de las verduras” (amén de sus muchos cortometrajes y proyectos televisivos).

Ahora vuelven de nuevo manos a la obra con la plastilina para ofrecernos una aventura piratesca de lo más delirante.

De espesa y exuberante barba, el Capitán Pirata es un entusiasta corsario ansioso por conseguir ser nombrado Pirata del Año, galardón por el que se le reconocería como uno de los grandes piratas de su época.  Al mando de una desaliñada y variopinta tripulación y aparentemente sin percatarse de los insalvables obstáculos a los que se enfrenta, el Capitán persiste en perseguir su sueño y vencer de una vez por todas a sus eternos rivales, Pata de Palo Hastings, Black Bellamy y Sablazo Liz. Pero conseguir el ansiado premio de Pirata del Año no será tarea fácil, y nuestros protagonistas terminarán embarcándose  en una odisea que les conducirá desde las orillas de la exótica Blood Island hasta las brumosas calles del Londres victoriano.

“The Pirates! Band of Misfits” es otra clara muestra del asombroso y meticuloso dominio que posee Aardman en el campo de la animación en stop-motion. El gusto por los detalles, la creatividad en el diseño conceptual… Apenas nos hacemos una idea de la titánica labor que hay detrás de la filmación fotograma por fotograma. 

Técnicamente, puede que éste sea su obra más ambiciosa dada la cantidad de personajes  y la diversidad y magnitud de escenarios que maneja. Incluso se han atrevido a combinar el claymotion con el CGI, generando por ordenador el mar por el cual navega nuestra aguerrida tripulación. Y es que si hay algo difícil de representar con esta técnica son los elementos en estado líquido y gaseoso (así como el fuego), por lo que esta vez unos pocos píxel han facilitado el trabajo sin por ello traicionar el proceso artesanal de siempre. Y es que en lo visual, una de las ventajas que ofrece esta técnica es lo (obviamente) tangible que resulta todo, algo imposible de lograr con cualquier otro tipo de animación. Los objetos, los escenarios, los personajes… prácticamente todo es real. El movimiento y el elaborado trabajo expresivo que hay detrás es lo que dota de vida a los muñecos, mientras que desde el guión se trabaja por lograr que las horas y horas de trabajo no caigan en saco roto. Y es que otro aspecto que ha caracterizado a Aardman es la calidad de sus historias.

El Premio al Pirata del Año (una especie de Oscars de los piratas) no deja de ser un mero macguffin que sirve a Gideon Defoe, guionista y autor del libro en el que se basa la película (The Pirates! In an Adventure with Scientists), para embarcarnos en un disparatado viaje a bordo de un barco pirata cuya tripulación no puede sufrir peor suerte. 


El Capitán tiene el apoyo incondicional de sus hombres, pero busca también la admiración de sus semejantes, algo que desgraciadamente no ocurre, ya que sus escasas dotes como corsario le han convertido en el hazmerreir del gremio.

Esto le lleva a cruzar los mares con la intención de hacerse con un buen botín, algo que el destino parece querer negarles. Pero un buen día el viento empieza a soplar a su favor, y la gran oportunidad le llega cuando se topa con un joven naturalista que responde al nombre de Charles Darwin (sí, ese Charles Darwin). A partir de ahí, los desventuras están servidas.

Nos encontramos ante producción inglesa y, por ende, con un humor puramente british, repleto de sorna e ironía, con gags hilarantes y algunas sutilezas que pueden pasar desapercibidas si no se presta la debida atención (los fantásticos créditos finales, plagados de coñas, necesitan de un segundo visionado). Mención especial a la original vuelta de tuerca a la hora de representar en un mapa (animado en 2D) los distintos viajecitos por mar y aire de los protagonistas. 

Es probable que el espectador más afín al humor yanqui (el cuál, dicha sea de paso, ha adoctrinado  en demasía al público español) no reviente a carcajadas, pero de lo que no hay duda es que “Piratas” rezuma ingenio y diversión por todas partes.

El Capitán Pirata, con la voz de Hugh Grant -debutante en estas lides- en la versión original, resulta entrañable por su optimismo, su amor por su tripulación e incluso por su torpe inocencia. Pero el resto de personajes también se ganan inmediatamente nuestra simpatía. Número Dos es el fiel ayudante del Capitán, su mano derecha, y también la voz de la razón y de la sensatez; el único capaz de poner algo de sentido común a los descabellados e insensatos planes de su capitán. El Pirata Albino es inocente y crédulo, pero pone todo su empeño y buena fe en lo que hace. El Pirata con Gota podría pasar por un viejo lobo mar, pero es tan bobo como el resto de sus compañeros. 


Luego tenemos a la Pirata con Curvas Sorprendentes, la prueba más fehaciente de lo borregos que son esta pandilla de despistados piratas. Dado que por aquellos tiempos se consideraba que las mujeres traían mala suerte a bordo de un barco, ésta fémina corsaria pasa desapercibida bajo una barba postiza procurando no levantar sospechas entre sus compañeros, algo que no siempre le resulta fácil. Siente una gran admiración (¿o es devoción?) por el Capitán, y es probablemente la que vive con mayor intensidad su vida al margen de la ley.

Por supuesto, no hay que olvidarse de Polly, la tierna mascota del Capitán y muy querida por todos, que tendrá, sin comerlo ni beberlo, un papel significativo en la trama.

A ellos hay que sumarle el joven Darwin, un empollón más interesado en el amor que en la ciencia, y su peludo sirviente, un jocoso chimpancé mucho más listo de lo que en principio aparenta.

Y como no hay héroes sin villanos (aunque en este caso los “malos” sean los “buenos”), tenemos a la malvada Reina Victoria, una pequeña, regordeta y todopoderosa gobernante que odia a los piratas con toda su alma.

Todos aportan su granito en esta divertida y descabellada aventura piratesca con el sello Aardman por bandera. Puede que no todos comulguen con su humor, pero para un servidor es, sin lugar a dudas, la película de animación del verano.


Lo mejor: su humor british; su fantástico trabajo de animación y la ambientación.

Lo peor:  que su humor british no sea del gusto de todos los paladares.


Valoración personal: Buena


viernes, agosto 10, 2012

“Rock of Ages (La era del rock)” (2012) - Adam Shankman

Crítica Rock of Ages (La era del rock) 2012 Adam Shankman
Después de “Bedtime Stories”, su último trabajo al servicio de Adam Sandler, el director Adam Shankman regresa al género musical tras el –incomprensible- éxito de crítica (y en menor medida, de taquilla) de “Hairspray”, remake del filme homónimo del inclasificable John Waters.

Esta vez el punto de partida es un exitoso musical de Broadway, lo que a menudo suele ser sinónimo de calidad y un buen punto de partida cara al celuloide. Pero si por algo ha llamado la atención este musical es por la participación en él de un Tom Cruise greñudo y heaviata a más no poder. De hecho, él fue el protagonista de la primera imagen oficial del proyecto, en la que aparecía sin camiseta y agarrando un micro como si le fuera la vida en ello.

Sin embargo, con el primer tráiler se desveló el pastel: Cruise no era el protagonista sino uno de los secundarios. Su misión: lucirse lo suficiente sin eclipsar a los verdaderos protagonistas de la película, una joven parejita de enamorados.

Sherrie (Julianne Hough) es una chica de pueblo que viaja hasta la gran ciudad para ser cantante. A su llegada conoce a Drew (Diego Boneta), un amable chico que le consigue un trabajo en The Bourbon Room, uno de los legendarios locales del Sunset Strip, la zona rockera por excelencia de California. Ambos persiguen un mismo sueño: triunfar en la música. 

Lo que tenemos aquí es la historia de siempre: chica conoce a chico, chica y chico se gustan, se besan y se enamoran. En el transcurso de su romance acaban discutiendo por alguna tontería (en este caso en particular, un desafortunado malentendido) pero finalmente se reconcilian, comen perdices y el amor triunfa por encima de todas las cosas.

No es que uno exija algo novedoso al respecto (que no estaría de más y se agradecería mucho-----> “(500) Days of Summer”), pero ya que se cae en el romance típico tópico de toda la vida, lo menos que se puede pedir es que éste no indigeste al espectador. Y en “Rock of Ages” eso es pedir un imposible.

Sherrie y Drew son un par de tortolitos insufribles. Su pasteloso y cursi romance empalaga, y las canciones no hacen más que aumentar esa sensación.  

Esto podría no ser un problema si el resto de la película ofreciera algo en compensación. Lamentablemente, no es así.

Dejando de lado que los personajes son tópicos con patas, la película parece deambular en una fina línea entre el homenaje y la parodia más estúpida. Más lo segundo que lo primero, pues no parece quedar muy claro si lo que quieran es ensalzar al rock y sus estrellas o bien ridiculizarlos hasta al más profundo patetismo. Los protagonistas no se cansan de proferir una y otra vez “viva el rock and roll”, pero la imagen que en ocasiones transmite suena más a burla que a otra cosa.

Los momentos musicales entran ágilmente por el oído gracias al repertorio ochentero elegido para la ocasión.  Temas, eso sí, sacados de la vertiente más glam y también más comercial del hard rock (con algo de AOR, esto es, ni demasiado heavy ni demasiado pop) para no espantar al público potencial de la película: los adolescentes.


Así pues, escuchamos a Foreigner, Whitesnake, Journey, Guns ‘n Roses, Twisted Sister, Poison…  Bandas estupendas cuyos famosos y emblemáticos temas nos traen un montón de recuerdos a los más nostálgicos (por no faltar, no falta ni el “More Than Words” de Extreme). ¿Pero dónde quedaron Motorhead, Black Sabbath o UFO? ¿Demasiado duros para la historia que nos ocupa? Puede que sí.

Pero no me quejaré. La música es lo más atractivo de esta producción. El resto no acompaña, y eso hace que las dos horas de metraje se hagan largas y pesadas, con números musicales poco inspirados y demasiado seguidos que van de un extremo (lo ñoño) al otro (lo vulgar).

¿Lo mejor? Ya los lo digo ahora: Tom Cruise. El actor se sale, y eso que el guión le obliga en ocasiones a hacer el mayor de los ridículos (no veía desde hacía tiempo una tensión sexual desatada tan lamentable como la que aquí escenifican los personajes de Cruise y Malin Ackerman). Y ya va siendo hora que los guionistas de Hollywood se enteren de que incluir un mono como acompañante es un recurso facilón, gastado y carente de gracia. 

Dicho esto, Cruise se pasa la mayor parte del tiempo sin nada que le cubra el torso (lo que podríamos llamar “marcarse un Mario Casas”), y pese a que la edad del pavo le queda lejos, ya le gustaría  a un servidor lucir ese tipito con 50 tacos (¡Qué puñetas! Incluso ahora pactaría con el Diablo por tener esos pectorales). 

Cruise encarna a Stacee Jaxx, una leyenda del rock quemada por la fama, que ha perdido la pasión por la música y que busca la salvación en una futura carrera en solitario. Mientras tanto, trata de llenar su vacío a base de sexo y alcohol, lo que saca de quicio a su representante, un Paul Giamatti en modo “vendería a mi madre por un buen fajo de billetes”.

En la otra cara de la moneda tenemos a un Alec Baldwin más perdido que un gusano en una manzana de plástico. Lo suyo no son los musicales (o al menos aquí no lo demuestra), y en sus momentos de canto da un poco de lástima. Tampoco ayuda mucho ponerle al lado de Russel Brand, un tipo que haga lo que haga, siempre da repelús.

Catherine Zeta-Jones, que ya tiene experiencia en esto de los musicales (véase “Chicago”, con el que se llevó el Oscar a mejor actriz secundaria), ofrece la versión más histriónica de sí misma. Pero eso no es del todo culpa suya sino de los guionistas, que reducen su personaje a “groupie despechada con ganas de venganza”. Zeta-Jones interpreta a la mujer del alcalde (un Bryan Cranston sometido también a algún que otro momento bochornoso), una señora dispuesta acabar con el rock and roll de Sunset Strip por considerarlo música satánica.

Si la trama principal resulta indigesta y soporífera, la parte que le toca a Zeta-Jones y Cranston no ayuda a hacerla más digerible. Sus esporádicas apariciones terminan de rematar una producción, en conjunto, bastante vergonzosa. Y es que “Rock of Ages” es un musical mediocre y un insulto a los rockeros. Un musical destinado a contentar casi en exclusiva a la “generación High School Musical”. Si de paso arrastra a algún nostálgico empedernido del rock de los ochenta, será de pura chiripa.

Cualquiera que ame el género musical y el rock se haría un favor evitando su visionado.


Lo mejor: Tom Cruise; las canciones ochenteras.

Lo peor: la empalagosa historia de amor; la ridiculización del rock.


Valoración personal: Mala

sábado, agosto 04, 2012

"Prometheus" (2012) - Ridley Scott

Crítica Prometheus 2012 Ridley Scott
El último trabajo de Ridley Scott ha sido uno de los proyectos que más han mareado la perdiz para desconcierto de los cinéfilos, aunque también de los que han causado más revuelo. 

El regreso del director a la ciencia-ficción, género en el que ha logrado dos de sus obras cumbres y más idolatradas, “Alien” y “Blade Runner”, fue una noticia que recibimos con los brazos abiertos. Ahora bien, nada hacía sospechar que aquello fuera a estar relacionado directamente con un retorno a la franquicia “Alien”. Es más, Scott llevaba tiempo detrás de la adaptación de ‘La guerra interminable’ (The Forever War, 1974), la fantástica (y cruda) novela de Joe Haldeman, por lo que no había necesidad alguna de rebuscar en el baúl de los recuerdos si lo que pretendía era tener una excusa para volver al espacio exterior.

Pero desde el nacimiento del proyecto hasta ahora, la red se ha inundado de rumores y desmentidos para parar un tren, algo que no ha hecho sino aumentar el hype hasta niveles francamente desproporcionados. En principio, las pretensiones partían de la idea de realizar una precuela para relatarnos los orígenes del space jockey, personaje mitificado por su breve y enigmática aparición en la primera película de la saga. Pero a medida que se avanzaba en la escritura del guión, Scott y se equipo se dieron cuenta que tenían algo más grande entre manos, y no tardaron en corregir la dirección del proyecto para crear una obra totalmente nueva y ajena. O eso es lo que nos contaron.

Y es que la conexión con Alien nunca quedó demasiado clara hasta que se nos obsequió con el primer tráiler (puede incluso que con el teaser).

Scott quiso desmarcarse pronto del concepto precuela, pero poco a poco se fueron desvelando detalles que confirmaban nuestras sospechas: “Prometheus” tenía ADN Alien, aunque eso no implicara que viéramos de nuevo en pantalla al famoso xenomorfo.

Ahora, tras dos meses de retraso con respecto a su estreno en EE.UU., llega el momento de resolver las dudas y saciar vuestra curiosidad. Y si habéis logrado manteneros al margen del hype y de los innumerables spoilers (tal como hizo un servidor), mejor que mejor.

En el transcurso de su labor, dos jóvenes y brillantes arqueólogos, la Dra. Shaw (Noomi Rapace) y el Dr. Holloway (Logan Marshall-Green), descubren unos reveladores pictogramas rupestres acerca de antiguas civilizaciones que poblaron la Tierra. Todos los indicios hallados señalan a un mismo lugar situado en un punto lejano del espacio como posible origen de estos seres. Con la intención de descubrir la respuesta a estas cuestiones, ambos consiguen convencer a una gran corporación, Weyland Industries, para que les financie el viaje hasta allí.

Un planeta inhóspito, una nave espacial y su desventurada tripulación inmersa en una pesadillesca carrera por la supervivencia por culpa de una misteriosa y mortífera raza alienígena… Todo parece indicar que la estructura de “Prometheus” no se aleja demasiado de sus orígenes “alienescos”. Y en cierto modo, es así.
Puede que la premisa argumental (la búsqueda de respuestas trascendentales a los más grandes misterios de la humanidad) sea muy diferente, pero en el fondo no nos alejamos demasiado del mismo tipo de película con que nos obsequió Scott hace ya algo más de tres décadas. Esto es una “space monster movie” en toda regla, pero con suficientes  alicientes como para marcar la diferencia con respecto al mismo universo alien en el que se inscribe.


El equipo de científicos y exploradores viaja a bordo del Prometheus, nombre que proporciona el título del filme y que para nada es casual. Tal como se cuenta en el mito griego, el titán Prometeo desafió a los dioses y robó el fuego del cielo para dárselo a los humanos para que éstos pudieran cocinar y calentar sus hogares. Por ello, el titán fue terriblemente castigado por Zeus, quién le condenó a sufrir una tortura eterna, encadenándole a una roca y mandando a un águila para que devorara su hígado, órgano éste que volvía a crecerle una vez tras otra, de modo que  el dolor jamás cesara. 

Nuestros protagonistas creen dirigirse hacia el lugar en el que encontrarán las respuestas a su existencia; un lugar dónde conocerán a sus hacedores, a los seres (cuál dioses) que podrían haber creado la vida en nuestro planeta. Con este encuentro esperan poder responder a todas sus preguntas, pero lo único que encuentran es dolor y sufrimiento.

En cierto modo, y recuperando los tintes mitológicos que impregnan la esencia de la película, lo que hace la tripulación de la Prometheus  es abrir la caja de Pandora, liberando así los males que puedan acabar no sólo con ellos sino con toda la raza humana.

En el planeta al que han llegado topan con una civilización que posee un poder tan majestuoso como realmente peligroso.  Y más allá de los planteamientos y significados filosóficos y/o religiosos que se puedan interpretar de la historia, se intuye cierta alegoría a la capacidad del ser humano por manejar ciertos poderes (el nuclear, por ejemplo) capaces de acercarnos con rapidez a la destrucción total. De hecho, la razón por la que estos seres se encuentran en ese planeta es resultado de la decepción que suponemos como creación suya. Es la serie de inevitables preguntas que el personaje de Shaw se plantea hacia al final de la película SPOILER--- ¿Qué hicimos mal? ¿Por qué quisieron destruirnos? ¿Por qué se retractaron luego? Quizás mereciéramos el castigo, pero la medida impuesta, la raza creada para tales efectos, terminó superando las expectativas y volviéndose en su contra. Y de algún modo, dicha creación se convirtió en algo mucho peor e incontrolable que lo que se pretendía erradicar en la Tierra – FIN SPOILERS

En cualquier caso, hay respuestas que es mejor no conocer; preguntas que es mejor no hacerse. Y por irónico que parezca, casi podría trasladarse esto a la propia razón de ser de la película. ¿Realmente hacía falta conocer los orígenes del space jockey? ¿Acaso no era mucho más divertido dejar volar nuestra imaginación y elucubrar con nuestras propias respuestas acerca de tan enigmático personaje cinematográfico? 

Siempre he pensado que la existencia de las precuelas mató uno de los grandes atractivos del cine: el misterio de lo desconocido. Fue cuando Hollywood encontró el modo (casi siempre por motivos económicos más que artísticos) de contárnoslo todo y dejar poco o nada en manos de nuestra imaginación. Y hay un dicho que dice que “la curiosidad mató al gato”. Pues eso les ocurre a nuestros protagonistas, y puede que también le ocurra a algunos espectadores…  A aquellos que terminen saliendo decepcionados de la sala en la que se proyecta “Prometheus”. Porque no siempre la respuesta que buscamos es la que acabamos encontrando. Aunque quizás aquí la decepción no venga tanto por el qué sino por el cómo y por no ver cumplidas todas las (desorbitadas) expectativas. Porque no hay duda que aquí nos encontramos con una caso claro de hype desmedido; un hype contraproducente para el espectador y que puede convertirse en uno de los mayores lastres de una película que, sin ser la panacea, es de lo de más rescatable dentro de su género. 

No marcará un antes y un después en la ciencia-ficción (de hecho, es mucho más elemental y convencional de lo que se le presupone) ni  se convertirá en hito u obra cumbre del mismo, pero ofrece dos horas de evasión suficientemente eficaz y loable como para no lamentar en demasía el habernos reventando, en cierta medida, el origen de uno de los monstruos más inquietantes y letales del cine fantástico.

 
Pero entonces, ¿es esto una precuela? Sí y no. SPOILER—Sí, porque se sitúa años atrás a los acontecimientos que transcurren en “Alien, el octavo pasajero”. No, porque aún situándose en el mismo universo y rescatando parte de sus elementos característicos (Weyland Industries, el space jockey…) no tiene mayor relación con el filme de 1979, y los hechos que se relatan no desembocan directamente en la película original, con lo cual rompe con el significado más estricto y habitual de la palabra “precuela”. Nos indica, en sus últimos minutos, cuál puede ser la procedencia del alien mediante la aparición de un primerizo xenoformo. Una especie de “ancestro” del alien de la primera película; la semilla que dará lugar a tan mortífera criatura. Pero nada más parece vincular una película con la otra. – FIN SPOILER

La película ofrece alguna que otra respuesta a la procedencia del xenoformo y, por supuesto, nos ilustra un poco acerca del space jockey, pero termina sugiriendo más preguntas que respuestas. De hecho, se puede criticar que el guión se quede simplemente en la superficie de lo que pretende exponer, siempre en favor de un despliegue más pirotécnico y simplista. Los frentes que abren los guionistas dan lugar a una mayor profundización que aquí se siente a medio  explorar. El nuevo universo que elabora “Prometheus” queda lastrado, en parte, por decantarse hacia la vertiente survival, lo que en el fondo termina definiendo la propuesta. En cuanto el suspense y la intriga dejan paso al terror y la acción, se pierde gran parte de la fuerza y tensión iniciales que, de haberse sabido llevar con más atino (más que nada desde el guión), hubieran culminado en una obra muchísimo mejor y más memorable que la que finalmente ha quedado.

Pero insisto, “Prometheus” no es para nada una mala película. No es la gran película que -quizás equivocadamente- muchos ansiaban encontrarse, y quizás tampoco sea el gran regreso de Scott a la ciencia-ficción, pero tampoco se nos obsequia habitualmente con un cine de género serio y locuaz como éste, y que a su vez sea tan asequible para el espectador (aquí no hay pajas mentales ni discursos pseudointelectualoides. Tampoco propaganda atea, como alguno podrá pensar). Quizás sí es algo pretenciosa, y presume de querer y poder dar más y mejor de lo que finalmente ofrece, pero en la silla de director no hay un cualquiera, y eso se nota. La profesionalidad con la que está hecha se palpa en cada detalle. Técnicamente es impecable, y no me refiero a los efectos especiales  solamente (que cumplen con creces) ni tampoco a la –innecesaria, por escasamente provechosa- inclusión del  efecto estereoscópico; narrativamente es competente, y cuenta con una puesta en escena cuidada.  Pero su guión no está a la altura. Sus personajes no lo dan todo de sí.

El protagonismo es mayormente coral durante buena parte de la película, pero poco a poco Shaw y David se erigen como piezas angulares de los acontecimientos y principal pilar de la trama. Y ellos y sus intérpretes brillan (sobre todo Fassbender), pero el resto desluce a su lado. El talento de Charlize Theron (que parece haberle cogido el gustillo a encarnar féminas ruines) y el de Idris Elba (quién no acaba de encontrar papeles a la altura de los que sí le ofrece la pequeña pantalla) quedan menguados por  unos personajes que apuntan maneras pero se quedan finalmente en nada. El resto anda por ahí como mera carnaza, aunque eso ya es un rasgo fundamental de este tipo de cintas.

 
La película guarda para el recuerdo una de las secuencias -no apta para estómagos sensibles- más viscerales y brutales que permiten su bendita y agradecida calificación R (SPOILER—el malrollero parto por cesárea de Shaw – FIN SPOILER). Muestra una acertada construcción psicológica de David, un cyborg que se esfuerza por comprender a los humanos y que, en su empeño por ser uno de ellos (o que al menos le consideren como tal y como uno más del equipo), llega a sentirse casi como humano. Y eso pese a que sus compañeros (y en un momento dado también su creador) no cesan en recordarle que no es más que un saco de cables y circuitos. 

La coyuntura moral, profesional, personal y finalmente religiosa que se le presenta a Shaw es también bastante interesante, precisamente por lo mucho que se entorpecen unos a otros esos conceptos. Pero más allá de todo eso, lo que hay aquí es terror espacial, pero lejos de la intensidad de “Alien” y de la jubilosa satisfacción que proporcionaba aquella.

Es muy probable que “Prometheus” convenza o decepcione en función de lo mucho o poco que se espere de ella. Eso no quita que aún siendo muy correcta, no termine de llenar del todo. Entretiene pero no deja huella. Resulta enigmática en su comienzo, pero falta mayor definición de los conceptos que plantea, amén de dejarse llevar en su tramo final por la resolución que presenta menos riesgos  (y más fuegos de artificio). 

La verdad es que viniendo de quién viene sabe a poco, pero igual de los guionistas tampoco se podía esperar mucho más. Jon Spahits es responsable de la bochornosa “La hora más oscura”, uno de los mayores bodrios del pasado año; y que Damon Lindelof ha logrado cierto estatus de reconocimiento celestial por su implicación en los guiones de “Perdidos”, pero su trayectoria en el medio cinematográfico se resume en “Cowboys & Aliens”, la presente “Prometheus” y la futura adaptación de “Guerra Mundial Z”, la cual acumula ya tantas reescrituras y rerrodajes que poco o nada hacen confiar en su labor y en el resultado final de la película. Servidor cruza los dedos por  la secuela de la estupenda “Star Trek” de JJ. Abrams, cuyo guión también cae en sus manos.


Lo mejor: el personaje de David (Michael Fassbender).

Lo peor: que pudiendo ser algo diferente (una película de ciencia-ficción hard), termine por ser una pseudoalien, esto es, la película de siempre: monstruo aniquilando la tripulación de una nave espacial. Para eso no hacía falta tanto rollo pseudoexistencial.


Valoración personal: Correcta

viernes, mayo 04, 2012

“American Pie: El reencuentro” (2012) - Jon Hurwitz & Hayden Schlossberg

 Crítica American Pie: El reencuentro 2012 Jon Hurwitz & Hayden Schlossberg
Nada más y nada menos que trece años son los que han pasado desde que se estrenara en cines “American Pie”, aquel filme que dirigió Paul Weitz (a posteriori, responsable de “Un niño grande” o “American Dreamz”) con 11 millones de dólares y un reparto repleto (casi) de caras desconocidas, y que amasó la extraordinaria cifra de 235 millones de dólares en todo el mundo. Un éxito considerable tratándose de una comedia juvenil, algo que no ocurría desde hacía eones. Digamos que “American Pie” fue para la comedia gamberra de adolescentes lo que “Scream” fue para el slasher, es decir, un revitalizador en toda la regla. No es que la cinta de Weitz reinventará el género, pero sí logró rescatarlo del pozo en el que se encontraba sumido, resucitando el espíritu de las old school tipo Porky’s (todo un “clásico” de referencia), y consiguiendo que toda una generación de adolescentes llenara las salas de carcajadas. Otro de sus logros fue popularizar el término “MILF” (aka “MQMF”), acrónimo de “Mother I'd Like to Fuck” (no creo que haga falta traducción) y que ha supuesto una gran contribución a la industria del porno (por decir algo).

Pero toda resurrección que se precie conlleva, a menudo, otros efectos: secuelas y copias/sucedáneos. De lo primero, American Pie tuvo hasta tres, llamémoslas, oficiales,  es decir, que se estrenaron en cines (al menos en España) y congregaron al reparto original o a la mayoría del mismo; luego se produjeron para el mercado doméstico otras cuatro secuelas en las que solamente se dignó a aparecer Eugene Levy (el padre de Jim/Jason Biggs). De lo segundo, hubo diversas intentonas, pero de todas ellas la que mejor recepción tuvo fue “Roap Trip”, dirigida Todd Phillips (de moda en la actualidad por “Resacón en las Vegas” y su continuación en Tailandia) y que aún sin llegar a los números del filme de Weitz, logró hacerse con una más que respetable taquilla (119 millones de dólares frente a los 16 que costó).

Ahora, y pese al desgaste sufrido tras tanta secuela, nos llega “American Reunion”, rebautizada aquí como “American Pie: El reencuentro”, última entrega que reúne de nuevo a todos sus protagonistas para, tal como sugiere el título, volver a juntarlos en un reencuentro muy especial.

Años después de aquél lejano verano de 1999, el grupo de amigos vuelve a reencontrase para una reunión de viejos alumnos. Jim (Jason Biggs) y Michelle (Alyson Hannigan) han formado una familia pero apenas encuentran tiempo para satisfacer sus necesidades de pareja; Kevin (Thomas Ian Nicholas) está muy enamorado de su mujer, pero aún conserva un recuerdo muy especial de Vicky (Tara Reid); Oz (Chris Klein) es una estrella de la televisión que mantiene una relación con una atractiva modelo, pero volver a ver a Heather (Mena Suvari) provoca que revivan en él viejos sentimientos; Finch (Eddie Kay Thomas) anda buscando aún el amor de su vida; y Stifler (Seann William Scott) sigue igual que siempre, pero trabaja para un tipo al que no soporta. Todos fueron amigos en el instituto, pero luego cada uno vivió su vida. Ahora han regresado a la ciudad como adultos, dispuestos a recordar y a inspirarse en los desaforados adolescentes que fueron antaño.

Está claro que para volver a lanzar otra entrega de la franquicia había que conseguir reunir, como mínimo, a aquellos cinco jóvenes actores que encarnaron al grupito de amiguetes formado Jim, Oz, Kevin, Finch y Stilfer. Y no creo que haya sido muy difícil convencerlos  a todos teniendo en cuenta que ninguno de ellos parece tener mejores ofertas sobre la mesa.  Y es que pese a la popularidad de aquella primera película, prácticamente ninguno ha logrado labrarse una carrera cinematográfica exitosa, aunque a algunos, desde luego, les ha ido mucho mejor que a otros. Quizás el más afortunado de todos sea Jason Biggs (Jim), que logró afincarse dentro del género de la comedia (casi siempre romántica) gracias a sus dotes para la misma, lo que además le permitió trabajar bajo las órdenes de gente como Kevin Smith o el mismísimo Woody Allen. Chris Klein, que debutó como el santurrón Paul Metzler en la estupenda “Election”, intentó seguir los pasos de su colega, pero sus limitaciones interpretativas fueron un lastre. Cambió de género y ahí cabo su tumba. Después del espantoso remake de “Rollerball” (indigna del gran John McTiernan) su carrera fue cuesta abajo, y ahora sobrevive a base de papeles secundarios.


A Seann William Scott tampoco le ha ido mal. No ha parado de trabajar, ya sea como actor protagonista o secundario en películas de distinta índole que se han proyectado en cines, y además a puesto voz a cintas de animación como la saga Ice Age. De todos modos, para la mayoría seguirá siendo Stifler y es difícil que se quite el sanbenito de encima, más teniendo en cuenta que casi siempre interpreta roles de gañán.
Thomas Ian Nicholas y Eddie Kaye Thomas tampoco es que se hayan quedado de brazos cruzados, pero es difícil recordar alguna intervención suya sin recurrir a Imdb, lo cual dice mucho de cómo les han ido las cosas.

Todos ellos le deben mucho a American Pie, y probablemente sea ésta la cinta más memorable (o la más recordada) que hayan rodado en toda su carrera.

Ahora Jim y cía están de vuelta con trece años más sobre sus espaldas pero demostrando que pese al paso del tiempo siguen siendo las mismas personas que antaño hicieron tan buenas migas. Obviamente, los conflictos que les depara la vida de adulto son bien distintos de cuando cursaban en el instituto, aunque no por ello dejarán de meterse en líos dignos de un púber.

Es evidente que la gran baza de esta entrega es el factor nostálgico, y de ahí que sus responsables jueguen esa carta a base de referencias y guiños constantes a la primera película, y a base de recuperar no sólo a sus protagonistas sino también a sus personajes secundarios más icónicos como, por ejemplo, la madre de Stifler o el padre de Jim (Levy), que siguen logrando sus pequeños momentos de gloria. Hay apariciones estelares que, por supuesto, no voy a desvelar para no chafar la sorpresa, e incluso los directores, responsables de “Dos colgaos muy fumaos: Fuga de Guantánamo”, se permiten el lujo de incrustar un bienvenido cameo de Neil Patrick Harris, aunque su aparición es muy breve y no comparte plano ni con John Cho (protagonista de la citada película) ni con Alyson Hannigan, su compañera de reparto en la (magnífica) “Cómo conocí a vuestra madre”, serie en la que la actriz está viviendo una segunda edad de oro tras encarnar durante siete años a Willow en “Buffy Cazavampiros”.

Aunque los cinco amigos son la clave, es Jim quién sigue llevando la voz cantante, por lo que sus desventuras (los continuos intentos por conciliarse sexualmente con Michelle, el embrollo en el que se mete para evitar el acoso de una joven y atractiva adolescente con las hormonas disparadas o sus charlas con su padre) son las que propician los mejores momentos de la película, mientras que las subtramas que atañen al resto de sus colegas carecen de chispa. Y claro, sin Stifler, el alma de la fiesta (o al menos el que se encarga de que todo se desfase), seguramente la película perdería muchos puntos, así que es bueno que siga ahí haciendo lo que mejor se le da: el capullo (hablando en plata). Y es que la cinta intenta mantener el tono gamberro característico de la saga, pero no todos los gags funcionan a ese fin. La temática sexual sigue siendo el centro de muchas de las bromas, como no podía ser de otra forma, y cuando no es el sexo, es alguna situación escatológica la que busca arrancarnos una carcajada. Tiene sus momentos álgidos, sus salidas ingeniosas (el “rock clásico”…) y sus puntazos (cuando “Sherminator” entra en escena o todo lo relacionado con la “venganza de Stifler”), mientras que otros son muy flojeras. Pero si bien se echan en falta más carcajadas, en general las dos horas (demasiados minutos para una comedia, todo sea dicho) se ven con una sonrisa en la boca.

 Ahora bien, no hay duda de que la nostalgia juega mucho a su favor, y quiénes pillamos la primera “American Pie” en plena edad del pavo seremos, con toda seguridad, los que más disfrutemos de la película (siempre que guardemos un buen recuerdo de aquella, claro está). En parte, por volver a ver a esa entrañable pandilla metida en apuros, y en parte porque se crea un vínculo especial de empatía con ellos. Del mismo modo que trece años atrás nos identificamos con sus gamberradas y su apetito sexual, ahora conectamos de un modo cercano por su forma de ver y afrontar la vida adulta. ¿Quién no ha tenido un jefe que le ha tratado –y explotado- como si fuera un Don Nadie?; ¿quién no se ha parado a pensar alguna vez en que no está viviendo la vida a la que aspiraba de crío o que no está cumpliendo con esos sueños que ocupan esas largas miradas perdidas al horizonte?; ¿quién no se ha reencontrado con el primer amor de instituto y ha vuelto a sentir un feeling especial?... 

Es muy probable que esas sensaciones marquen una diferencia importante a la hora de disfrutar más o menos de la película, independientemente de que se haya visto o no la cinta original. 

De todos modos, como comedia gamberra que es, cuenta con lo necesario para pasar un rato entretenido echando unas risas con los colegas. Como retorno de la franquicia deja buen sabor de boca aunque quizás tampoco cumpla con las expectativas de todos sus seguidores. En cualquier caso, el resultado es simpático, ameno y en consonancia con las tres anteriores entregas (las otras, como si no existieran). 

P.D.: Rebecca De Mornay es una milf como la copa de un pino. Punto y pelota.


Lo mejor: que hayan vuelto todos para la ocasión; las referencias a la priemra entrega; algunos gags puntuales.

Lo peor: los gags escatológicos; que uno se haya hecho mayor para reírse con según qué cosas. 


Valoración personal: Correcta

martes, marzo 27, 2012

“El exótico hotel Marigold” (2011) – John Madden

Crítica El exótico hotel Marigold 2011 John Madden
Tras unos años navegando a la deriva, John Madden volvió a la palestra hollywodiense dirigiendo “La deuda”, remake de un filme israelí que se saldó en un notable thriller con el que logró recuperar los halagos de la crítica, algo que no sucedía desde su oscarizada “Shakespeare in Love”. Ahora el director cambia nuevamente de registro y nos presenta “El exótico hotel Marigold”, una comedia dramática acerca cómo afrontar la vejez, esa última etapa de nuestras vidas. Para ello, Madden ha contado con un reparto coral de excepción formado, entre otros, por ilustres como Judi Dench, Maggie Smith, Bill Nighy o Tom Wilkinson.

Regentado por el joven e ingenuamente ambicioso Sonny Kapoor (Dev Patel), “El exótico hotel Marigold” supone la solución que la India propone a los ciudadanos más selectos de Reino Unido para que disfruten de su jubilación; un lugar donde éstos puedan pasar sus años dorados rodeados de suntuosos servicios y comodidades.

Hasta allí llegan siete jubilados con la imperiosa necesidad de realizar un cambio en sus vidas. Sin embargo, una vez allí descubrirán que el exótico hotel no es tan majestoso como lo pintaban...

Quizás os haya ocurrido alguna vez eso de ojear un folleto o una web de un hotel, reservar plaza allí, hacer las maletas, llegar al hotel y daros cuenta que el susodicho no luce como las fotografías que habías visto ni cumple con las especificaciones que habías leído. Pues bien, eso mismo le ocurre al grupo de jubilados protagonistas. En su caso, el problema es aún mayor si añadimos el choque cultural entre las costumbres inglesas y las indias, y si tenemos en cuenta que no se trata de unas simples vacaciones de unos pocos días sino que su intención es pasar una larga estancia en el hotel.

Sonny heredó de su padre este antiguamente sofisticado edificio y desde entonces trabaja con la esperanza de convertirlo en un lujoso hotel. Desgraciadamente, sus recursos son limitados y el éxito se está retrasando más de lo esperado. Pero según Sonny, en la India tienen un dicho: “Al final, todo irá bien. Por lo tanto, si no va todo bien, es que todavía no es el final”. Así pues, el joven no pierde la esperanza, y con la llegada de sus nuevos huéspedes recupera la ilusión por alcanzar su sueño. Es por ello que trata de compensar las carencias del hotel mostrando una actitud positiva, entusiasta y muy servicial hacia sus clientes.

Se necesitan muchas reformas en el lugar para convertirlo en un complejo vacacional ideal, si bien pese a no estar todo lo acondicionado que debería, la estancia en él supondrá toda una experiencia para los recién llegados.

Cada uno de los personajes protagonistas tiene un motivo particular para alejarse de su tierra natal e instalarse en la cálida ciudad de Jaipur, si bien todos persiguen un fin común: iniciar una nueva vida.



Evelyn (Judi Dench) está afligida por el reciente fallecimiento de su esposo, y no sólo se ha quedado sola sino que éste la ha dejado con una considerable deuda financiera, por lo que no le queda más remedio que desprenderse de su hogar e irse a vivir con su hijo y su familia. Pero Evelyn ha vivido siempre bajo el amparo de un marido, y no quiere hacer ahora lo mismo con su hijo. Ella no desea depender de nadie, y aunque la idea de empezar de nuevo en la India suene disparatada, es un riesgo que está dispuesta a correr. Necesita saber que puede valerse por sí misma, y espera lograrlo allí.

Con tal de tranquilizar a su hijo, Evelyn promete escribir regularmente en un blog para contar en él su día a día. Y ese blog se convierte en la voz en off que el director utiliza para retratar tanto sus vivencias como las del resto de vecinos.

Graham (Tom Wilkinson) abandonó su trabajo como juez del Tribunal Supremo para regresar a la India, lugar en el que transcurrió su tierna infancia. Ahora que ha vuelto, es el momento de liberarse de la pesada carga que lleva arrastrando consigo desde hace mucho tiempo…

El matrimonio formado por Douglas y Jean (Bill Nighy y Penelope Wilton) está en la ruina después de que él, un afable funcionario del gobierno, le prestara el dinero de su jubilación a su hija en un negocio que no ha prosperado. La difícil situación económica que atraviesan y la decadencia del hotel se convierten en tema de discusión constante entre la pareja, que va distanciándose cada vez más. Jean, incapaz de sentir curiosidad por el país que la acoge, se pasa las horas encerrada en el hotel leyendo algún libro, mientras que Douglas descubre su lado más turista y empieza a disfrutar de sus paseos y sus tours por la ciudad. Paseos que lleva a cabo sólo o en compañía de Evelyn.

Norman (Ronald Pickup) va por la vida cual Casanova, fingiendo tener una edad que no tiene e intentando, sin éxito, saciar su apetito sexual con mujeres más jóvenes que él. Su estancia en la India quizás sea lo que necesitaba para encontrar por fin esa gran aventura sexual que anda buscando… o quizás incluso para hallar el amor.

Una aventura similar es la que busca Madge (Celia Imrie), sólo que sus motivos son algo distintos. Ella es una cazafortunas y su intención es encontrar un hombre adinerado con el que poder casarse.

En último lugar pero no menos importante tenemos a Muriel (Maggie Smith), una ex ama de llaves gruñona y la única que viaja a la India por obligación, pues ahí es donde debe ser operada de la cadera. La idea de permanecer en el país un día más de lo necesario le aterra, pero puede que el destina le aguarde una sorpresa…



Para todos ellos, su estancia en el Hotel Marigold supone muchos cambios. A veces esos cambios son buenos, a veces no lo son tanto… pero siempre son necesarios.

La India, ese extraño lugar que te puede horrorizar o te puede cautivar, causa un profundo efecto en ellos y poco a poco van dejando atrás su pasado. La incertidumbre e inseguridad iniciales pueden resultar desmotivadoras, pero con el paso de los días la magia del país irá calando y haciendo su efecto. En el período más gris de sus vidas, se abre ante ellos un nuevo y esperanzador capítulo. Y ya no sólo para los residentes sino también para el propio Sonny, cuya lucha no se limitará solamente al ámbito laboral sino también al personal.

De este modo, la película va acumulando momentos divertidos y momentos más tristes, e intercalándolos para que la mezcla entre drama y comedia sea homogénea y ninguna de las partes haga mella en el espectador. La gran mayoría de los personajes resultan entrañables y enseguida se ganan nuestra simpatía. Sus desventuras nos sacan una amplia sonrisa y sus aflicciones nos duelen casi tanto como a ellos.

Madden logra que empaticemos y pasemos un rato agradable en compañía de esta jovial panda de jubilados cuyas peripecias pasan por el romance, la amistad, la superación personal, el derribo de prejuicios, el canto a la vida… Todo un reajuste emocional el que viven los personajes y una experiencia emotiva, divertida y entrañable la que vive el espectador en las -quizás un tanto excesivas- dos horas que se permanece sentado en la butaca asistiendo a la proyección de “El exótico hotel Marigold”.

Una película amable y sin pretensiones que se ve con agrado y que nos permite disfrutar, una vez más, de unos intérpretes maravillosos (Dench, Smith, Wilkinson… perfectos todos ellos en sus respectivos papeles).


Lo mejor: el reparto; que no busque la lágrima fácil y sepa combinar el drama con la comedia.

Lo peor: que propuestas agradables como ésta pasen tan desapercibidas en la cartelera.


Valoración personal: Correcta

domingo, marzo 18, 2012

“Tan fuerte, tan cerca” (2011) - Stephen Daldry

Crítica Tan fuerte, tan cerca 2011 Stephen Daldry
Tras el reciente estreno de la muy notable “Los idus de Marzo”, muchos nos preguntamos por qué demonios no estaba el filme de Clooney nominado a los Oscars de 2011 teniendo en cuenta su indiscutible calidad (podrá gustar más o menos, pero tiene un guión como pocos se vieron a lo largo del año pasado), los halagos vertidos por la crítica, el entusiasmo del público que ha acudido a las salas a verla y la posibilidad de hacerse en hueco en una categoría que admitía hasta diez candidatas. Sin embargo, en su lugar figuraban otras opciones más o menos discutibles (según los gustos de cada uno, claro está), y entre las elegidas sorprendía la presencia de “Tan fuerte, tan cerca”, un drama con el fatídico 11S de telón de fondo que cosechó no pocos abucheos por parte de la crítica especializada.

Quizás la inclusión tuviera que ver, precisamente, con la temática del terrible atentado a las Torre Gemelas, pues ya sabemos que los americanos son muy suyos; o quizás se tratase de uno de esos casos en los que los críticos ponen la mira en una película y se ceban sin compasión sin que ésta merezca, en proporción, tales pedradas.

Sea como fuere, lo cierto es que las nominaciones no le son desconocidas a Stephen Daldry. Sus tres anteriores trabajos estuvieron presentes en los Oscars, los Globos de Oro, los BAFTA y demás premios de prestigio. Precisamente con “Las horas” y “The Reader (El lector)”, actrices como Nicole Kidman y Kate Winslet ganaron, respectivamente, sus primeros Oscars en la categoría de Mejor Actriz.

Por ello, con semejante currículum la pregunta es inevitable: ¿”Tan fuerte, tan cerca” es, realmente, tan mala? Veamos primero qué nos cuenta…

Oskar Schell (Thomas Horn) es un niño neoyorquino de once años ingenioso e inusualmente precoz. Un año después de que su padre (Tom Hanks) muriera en el World Trade Center, el día que Oskar llama “el peor día”, descubre una llave entre sus posesiones y decide enfrascarse en una quijotesca odisea por toda la ciudad de Nueva York en busca de la cerradura que abrirá.

Oskar recorre los cinco distritos de Nueva York en busca de la cerradura perdida, conociendo a un montón de personas diferentes, supervivientes a su manera, que le hacen descubrir cosas sobre el padre al que tanto extraña, la madre (Sandra Bullock) de la que se siente tan distanciado y el ajetreado, peligroso y confuso mundo que le rodea.

Daldry adapta esta vez la novela homónima de Jonathan Safran Foer, una de las primeras obras literarias acerca de la tragedia de las familias afectadas por el 11-S. En esta historia, contemplamos dicha tragedia y sus efectos a través de la mirada de un niño que ha perdido su padre en el atentado a las Torres Gemelas.

Oskar estaba muy unido a su progenitor, quién le animaba a manifestar sus inquietudes artísticas y a desarrollar su imaginación a través de juegos creativos y excursiones por la ciudad. Al perder esa figura paterna y no encontrar el consuelo que busca en su madre (rara vez acude a ella más que para descargar su ira contenida), Oskar se encuentra perdido y temeroso de todo lo que rodea.

Encontrar la cerradura que abre la misteriosa llave es, para él, un modo de acercarse a su padre, y todo el tiempo que permanece sumergido en su titánica búsqueda, es un tiempo extra con el que el destino le obsequia para seguir conectado a él.


En realidad, Oskar realiza dos viajes en uno: por un lado, está el viaje físico que le lleva de punta a punta de la ciudad, picando puertas y timbres en busca de una persona que conociera su padre y pueda ayudarle con el tema de la llave; por el otro lado, está el viaje emocional, ya que con cada paso que da y con cada desafío que supera, Oskar va venciendo sus miedos y superando su tristeza. Poco a poco, sus experiencias van aplacando la angustia que le consume, si bien aún tendrá que sacar todo el dolor que lleva dentro para que éste deje de atormentarle.

El trauma de Oskar sirve, entre otras cosas, para reflejar el dolor de toda una nación, y el viaje que nos propone la historia indaga en ese dolor de forma tangencial y bajo la subjetividad de un niño.

Y aquí entra en juego también el personaje que interpreta estupendamente Max Von Sydow, el inquilino (cuya identidad no es en ningún momento un misterio para el espectador) que vive en el piso de la abuela de Oskar y que, incapaz de pronunciar palabra, se comunica con los demás a través de notas que va escribiendo en el bloc que lleva siempre consigo.

Sin mediar palabra, el hombre se convierte en su compañero de viaje, en su amigo y en su confidente.

Oskar es un niño un tanto peculiar (dicho sea esto a modo de eufemismo), algo que de algún modo él mismo parece reconocer al revelar, en un momento dado de la película, que de pequeño fue sometido a varias pruebas para detectar alguno de los síndromes característicos de Asperger o de autismo, pero sin que de éstas ofreciesen “resultados concluyentes”. Por ese motivo, en ocasiones su comportamiento y sus manías pueden resultarnos bastante chocantes e irritantes. Desde luego, no es culpa del joven Thomas Horn (ojalá él, y no a Asa Butterfield, fuera el elegido para encarnar al Ender de Scott Card). Daldry y su equipo de casting han demostrado tener muy buen ojo (no es que sea un personaje fácil de llevar para un crío), tal como ya hicieran años atrás eligiendo a Jamie Bell para el papel del joven bailarín Billy Elliot. Pero está claro que si uno no termina de conectar con la sensibilidad de Oskar, es muy posible que el filme se le haga farragoso, más cuando la ñoñería que desprende no está del todo bien calibrada.


Siempre se ha dicho que es más fácil hacer llorar que hacer reír. Y es cierto.

Existen una serie de mecanismos para tocarnos la fibra; una serie de teclas que al pulsarlas consiguen que se nos oprima el corazón y se nos humedezcan los ojos. La idea, por supuesto, consiste en no ver la mano que pulsa esas teclas, y ahí es donde radica el principal lastre de la película. Al guión se le ven las costuras, y la manipulación cara al espectador resulta, en ocasiones, demasiado evidente. El dramatismo forzado y llevado al extremo provoca que la historia trastee con frecuencia entre la emotivo y lo sentimentaloide, lo que perjudica seriamente ese proceso de empatía en el espectador.

Sin embargo, no sería la primera vez que rompo la lanza en favor de una película masacrada por la crítica y, desde luego, no será la última, y aunque “Tan fuerte, tan cerca” no sea lo buena que podría haber sido, creo que está lejos de ser un espanto. Así que respondiendo a la pregunta planteada, no, no es tan mala, pero su sensiblería y su histerismo pueden resultar cargantes. Así que supongo que de la sensibilidad o indulgencia del espectador dependerá que la película de Daldry entre mejor o entre peor, y será cada uno el que debe razonar y juzgar si ésta es merecedora o no de ser condenada al ostracismo.


Lo mejor: el personaje de Max Voin Sydow.

Lo peor: la sensiblería barata que muestra en ocasiones.


Valoración personal: Correcta

viernes, marzo 02, 2012

“Luce rojas” (2012) – Rodrigo Cortés

Crítica Luce rojas 2012 Rodrigo Cortés
En 2010, el español Rodrigo Cortés demostró con “Buried (Enterrado)” no sólo que se podía rodar una historia que transcurriera enteramente dentro de una caja de madera sino que además con ella se podía lograr una muy buena película. Gracias a una dinámica puesta en escena, a un actor entregado en cuerpo y alma y a un guión prácticamente impecable, Buried se convirtió, para un servidor, en uno de las mejores propuestas de aquél año y en uno de los thrillers claustrofóbicos/psicológicos más conseguidos que se hayan hecho en mucho tiempo.

Después del buen sabor de boca dejado por aquél segundo trabajo, Cortés se ganó el crédito de trabajar con grandes como Robert De Niro o Sigourney Weaver, intérpretes que conforman el reparto de su enigmático tercer largometraje, “Luces rojas”.

Dos investigadores de fraudes paranormales, la veterana doctora Margaret Matheson (Sigourney Weaver) y su joven ayudante Tom Buckley (Cillian Murphy), estudian los más diversos fenómenos metapsíquicos con la intención de demostrar su origen fraudulento. Tras una ausencia de treinta años, el legendario psíquico Simon Silver (Robert De Niro) reaparece con un nuevo espectáculo en el que desafía a los escépticos profesionales. Tom comienza a desarrollar una densa obsesión por Silver, cuyo magnetismo se refuerza de forma peligrosa con cada nueva manifestación de oscuros fenómenos inexplicables…

Los que aún se pregunten qué demonios son las “luces rojas” que dan título a la película, encontrarán la respuesta en boca de su propio director en una de las promos virales que circulan por la red. En palabras de Cortés, “las luces rojas son notas discordantes; cosas que no deberían estar ahí. Es como si hubiera pequeñas luces destellantes en la realidad que delatan que algo sucede; algo que no debería estar sucediendo”. Por tanto, consideramos como luces rojas todos aquellos fenómenos que escapan a nuestra comprensión; fenómenos contradictorios a la realidad que conocemos y que no somos capaces de explicar.

Para nuestros protagonistas no existe fenómeno alguno que no pueda ser explicado bajo un razonamiento lógico y/o científico. Conscientes de ello, y muy seguros de sí mismos, la doctora Matheson y su joven ayudante se dedican a destapar toda clase de fraude parapsicológico que caiga en sus manos, es decir, médiums y demás farándula que se llenan los bolsillos a costa de la ingenuidad de las personas con las que tratan.


El sorpresivo regreso a la vida pública del psíquico Simon Silver (una especie de Uri Geller) deviene en un reto para Tom, que se obsesiona con la idea lograr lo que otros no han podido: destapar su engaño. Incluso Margaret tuvo, en el pasado, sus encuentros con Silver, un hombre al que ella considera muy peligroso. Pero pese a las advertencias de su maestra, Tom no cede en su empeño e inicia su particular investigación; una investigación que le hará replantearse todo en lo que creía hasta ahora.

La película empieza con Matheson y Buckley desacreditando a una espiritista de pacotilla, lo que nos sirve para que a continuación se nos vaya ilustrando acerca de cómo detectar este tipo de fraudes, con la pareja de expertos ofreciéndonos las debidas explicaciones razonables a todos aquellos fenómenos que a priori podríamos considerar de carácter sobrenatural. Hasta ahí, protagonistas y espectador compartimos el mismo escepticismo, pero la irrupción del personaje de Silver comienza a resquebrajar nuestra desconfianza hacia lo paranormal.

¿Es Silver realmente un farsante? Cortés siempre la duda y juega constantemente con la ambivalencia de una respuesta clara a semejante cuestión. En ese sentido, el mayor logro del director es mantener el suspense de forma constante, captando nuestra atención y consiguiendo que estemos dispuestos a seguir contemplando sus malabarismos narrativos. Desgraciadamente, todo acierto estético y narrativo que Cortés alcanza como director (la sobriedad y elegancia de su puesta en escena, la rigurosidad de su discurso, etc.) queda lastrado por su tramposa tarea como guionista. Cortés no juega limpio y se convierte en el mayor farsante de su película.


Con tal de despistarnos, hacernos dudar y poder, al fin, ofrecernos esa “sorprendente e inesperada” explicación al misterio que nos ha de dejar clavados en la butaca (al más puro estilo Shyamalan), Cortés urde toda clase de artimañas (muertes repentinas, llamadas oportunas, perturbadores sueños oníricos…) que arremeten contra nuestra incredulidad, saboteando nuestros pensamientos de forma incesante y dándonos, finalmente, gato por liebre esperando que con el despliegue de humo y luces no nos percatemos de que su truco es de un bajeza y ridiculez casi insultantes. El error más sangrante que comete Cortés es el de perderle el respeto al espectador, y cuando eso ocurre, no hay ilusión que valga. La coherencia y credibilidad de la trama se pierden justo en el instante en el que el guión empieza a jugar a dos bandas, utilizando luego esa ambigüedad para justificar un desenlace tan pretencioso como efectista.

No parece haber voluntad por parte de Cortés en tomarse si quiera la molestia de construir una historia sólida que funcione por sí misma, pues parece convencido de que con el ilusionismo de baratillo tiene más que suficiente para contentar al espectador y hacer que se trague el timo con una sonrisa en la boca. Y probablemente no le falte razón. Porque “Luces rojas” es una tomadura de pelo que entretiene y logra buenos picos de tensión, algo que para algunos será más que suficiente. Los que preferimos que nos embauquen con algo más de ingenio y honestidad no podemos hacer otra cosa que correr un tupido velo ante el último trabajo del director gallego esperando que haya sido sólo un pequeño y olvidable traspiés. Al fin y al cabo, si a Fresnadillo le perdamos la ponzoña que fue “Intruders”, seguramente a Cortés también podamos perdonarle “Luces rojas”.


Lo mejor: la intriga y tensión inicial.

Lo peor: que Cortés nos tome por idiotas.


Valoración personal: Regular

viernes, febrero 24, 2012

“Mi semana con Marilyn” (2011) - Simon Curtis

Crítica Mi semana con Marilyn 2011 Simon Curtis
De seductores ojos azules, de brillante cabello rubio platino, de seductora silueta curvilínea y de dulce y embriagadora voz… Así era Marilyn Monroe, una de las estrellas más emblemáticas de los años dorados de Hollywood y toda una sex symbol que encandiló a los espectadores de la época y también a los de décadas posteriores. Su vida, sin embargo, no fue un camino de rosas... Pasó su niñez sin conocer un padre y quedando al cuidado de una madre con graves trastornos mentales que no pudo hacerse cargo de ella como debiera, lo que llevó a la joven Norma Jean (su verdadero nombre antes de adjudicarse uno de artístico) a vivir con diversas familias adoptivas e incluso a pasar por un orfanato.

A la edad de 18 años su vida cambió a mejor cuando inició su carrera de modelo, escaparate que le sirvió un año después para introducirse en el mundillo del cine realizando pequeños papeles en películas y series de televisión.

A principios de la década de los cincuenta ya empezó a ser un rostro conocido gracias a películas como “Niagara” o “Los caballeros las prefieren rubias”, trabajando con directores de renombre y gran talento como Howard Hawks, Billy Wilder, Otto Preminger o George Cukor. Aquellos fueron sus años de mayor éxito y su consagración como actriz, pese a que algunos aún seguirían poniendo en duda su talento interpretativo y considerándola una mera cara bonita.

En 1962 llegaría la tragedia, falleciendo en su domicilio a causa de una sobredosis de barbitúricos. Dicho suceso fue calificado por las autoridades como un más que probable suicidio, aunque siempre hubo voces que hablaron de posible asesinato.

Sea como fuere, lo que es bien seguro es que Marilyn Monroe permanece muy viva en el recuerdo de muchos profesionales y amantes del séptimo arte, así que era cuestión de tiempo que su vida fuera llevada a la gran pantalla.

Como ocurre a veces en la meca de Hollywood, dos proyectos surgieron a la vez con mismas intenciones, pero en este caso (como en otros tantos), sólo uno de ellos sobrevivió: My Week with Marilyn (aka Mi semana con Marilyn; sí, traducción literal, por sorprendente que parezca).

El otro proyecto anunciado como “Blondie”, basado en unas falsas memorias de Joyce Carol Oates, con Naomi Watts encarnando a Monroe y bajo la dirección de Andrew Dominik (El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford) quedó en agua de borrajas.

Recién casada con Arthur Miller (Dougray Scott) y coincidiendo con su luna de miel, Marilyn Monroe (Michelle Williams) llega a principios del verano de 1956 a Inglaterra para rodar “El príncipe y la corista”, el film que le haría compartir escena con el célebre Sir Laurence Olivier (Kenneth Branagh), legendario actor británico de teatro y cine, que protagonizaba, producía y dirigía la cinta.

Ese mismo verano Colin Clark (Eddie Redmayne), un joven de 23 años recién licenciado en Oxford y aspirante a director, pisaba por primera vez un set de rodaje como ayudante en “El príncipe y la corista”.

Cuarenta años después, Clark relató sus experiencias durante los seis meses de rodaje en un libro autobiográfico: “El príncipe, la corista y yo”. Pero en el libro se omitía lo que había pasado durante una semana. Años después, en una secuela de su autobiografía llamada “Mi semana con Marilyn”, Clark contó lo que ocurrió en esos siete días que compartió con la mayor estrella de todos los tiempos.

A diferencia de otras recientes producciones biográficas como “J. Edgar” o “La dama de hierro”, la película del debutante Simon Curtis no abarca “toda” una vida del personaje radiografiado ni pretende tampoco hacer un resumen de sus mejores y peores momentos, sino que se centra en un periodo muy concreto de su vida; un periodo contado a través de los recuerdos y experiencias de un joven “chico de los recados”.

A falta de flashbacks, el director recurre al no menos manido –aunque aquí efectivo- recurso de la voz en off para relatarnos los pormenores de un problemático rodaje desde la perspectiva de Colin Clark, un don nadie que compartió paseos y caricias con uno de los mayores iconos del siglo XX.



Marilyn llega a Inglaterra convertida en una estrella tras su paso por películas tan populares como “Los caballeros las prefieren rubias", “Cómo casarse con un millonario” o “La tentación vive arriba”. Sin embargo, para sus adentros sigue mostrando una gran inseguridad en sí misma, algo que trata de remediar con la ayuda de Paula Strasberg, actriz de teatro que la instruye y aconseja siguiendo las pautas del “Método” aplicadas por su marido Lee Strasberg (basándose éste en el sistema Stanislavski) y que también emplean intérpretes coetáneos como Montgomery Clift, James Dean, Marlon Brando o Paul Newman (y que más tarde siguieron otros actores como Robert De Niro, Al Pacino, Dustin Hoffman o Jack Nicholson).

Con “El príncipe y la corista” Marilyn pretende mejorar sus aptitudes interpretativas para lograr que la tomen en serio como actriz y dejar de ser reconocida solamente como una bomba sexual. Sin embargo, pese a su buena voluntad, el rodaje no marcha como era de esperar. Laurence Olivier cada día está más exasperado con la actitud despreocupada y poco profesional de su joven compañera de reparto, que es incapaz de llegar puntualmente a los rodajes y de aprenderse la línea de dialogo más sencilla del guión. Es por ello que la falta de entendimiento y las discusiones entre ambos son constantes, lo que no hace más que aumentar la inseguridad y el malestar de la actriz.

Entre Marilyn y Olivier se establece una especie de relación amor-odio, o mejor dicho, admiración-odio. Ambos desean trabajar juntos, pero la visión de su trabajo como intérpretes es diametralmente opuesta y los rifirrafes son constantes. El rodaje se convierte en un infierno para ambos, y Marilyn sólo consigue evadirse de sus preocupaciones y disgustos abusando de alcohol y barbitúricos, y tonteando con un jovencito ingenuo y enamorizado, el ayudante Colin Clark.

Curiosamente la razón de ser de esta película, es decir, el contarnos el affaire de siete días entre Monroe y Clark, es lo menos atractivo de la historia.

No se puede negar que a través de los ojos de Clark nos acercamos a la Marilyn más humana y más imperfecta. Cuanto más nos adentramos en su intimidad y más conocemos sus miedos y sus angustias, más nos alejamos de la estrella mediática y famosa actriz de Hollywood que ven los demás. Sin embargo, su efímero amorío (la actriz tenía fama de rompecorazones, y no olvidemos que en ese momento está casada con Miller, su -para más inri- tercer marido) no termina de resultar demasiado interesante, bien porque no paramos de asistir a abundantes clichés de corte romántico o bien porque el propio personaje de Clark nos resulta demasiado insulso como para causarnos cierta empatía. Algo en lo que además colabora la apática y monocorde actuación de Eddie Redmayne, que parece repetir el mismo tedioso registro de mentecato atolondrado visto ya en “Los pilares de la Tierra” o “Black Death”.

Podríamos vivir sin conocer los detalles de esa inolvidable semana que Clark pasó con Marilyn (asumiendo que lo que se nos cuenta sea verídico), pero son más importantes aquellos otros momentos que verdaderamente ansiábamos contemplar. Esos destellos de “cine dentro de cine” con los que nos obsequian director y guionista son lo más agradecido de la película, así como el permitirnos disfrutar de la majestuosa interpretación de Michelle Williams (en un papel propuesto inicialmente para Scarlett Johansson). En sus gestos, en su mirada, en su voz… Williams es Marilyn, ni más ni menos.


La película nos permite descubrir la mujer que habita bajo la piel de la famosa actriz, y nos desvela que el personaje más difícil que Norma Jean tuvo que encarnar jamás fue, precisamente, el de Marilyn Monroe. Probablemente fuese el peso de ser quién era y de la presión mediática e incomprensión que sufría a su alrededor (salvo por parte de Strasberg, que además de profesora sería su confidente) lo que acabó destruyéndola y, en consecuencia, convirtiéndola en una leyenda.

Pero ante todo, aquí debemos atenernos tanto a su vida privada como, de forma más secundaria, a su vida profesional, y los avatares del rodaje de “El príncipe y la corista” son una buena muestra de lo mucho o poco que podía dar de sí como actriz.

Tras su colaboración en “La tentación vive arriba", Billy Wylder juró que jamás volvería a trabajar con ella, algo que luego no pudo cumplir (coincidirían de nuevo en “Con faldas y a lo loco”), pues él mismo admitía que “cuando la volvía a ver, siempre la perdonaba”. De algún modo, eso queda plasmado en la figura de Laurence Olivier, al que encarna un estupendo Kenneth Brangh, pues quién mejor que un apasionado de Shakespeare para interpretar a otro apasionado del dramaturgo inglés; quién mejor que un actor/director para encarnar a otro actor/director (más siendo un servidor de la opinión de que Branagh ha sido y será siempre mejor en lo primero que en lo segundo).

Marilyn saca constantemente de sus casillas a un ciertamente endiosado y anquilosado Olivier, pero éste se rinde a sus pies cuando la muchacha borda su papel con esa frescura y esa fogosidad que tanto la caracterizaron. Y ese amor-odio es el que tan celo y recelo produce en su esposa, Vivien Leigh (Julia Ormond).

Pese a lo descrito en párrafos anteriores, lo cierto es que “Mi semana con Marilyn” mantiene casi en todo momento un tono ligero y agradable. Curtis consigue una película interesante pero de discretos resultados, y en dónde todo el peso de la misma recae en una formidable Michelle Williams. Y es que este año no parece que vayamos a asistir a ningún gran biopic, aunque todos ellos nos han dejado interpretaciones para el recuerdo.


Lo mejor: Michelle Williams encarnando a Marilyn Monroe.


Lo peor: que resulte tan inocua e intrascedente, algo muy distinto a lo que fue la vida de este mito.


Valoración personal: Correcta