viernes, enero 27, 2012

“J. Edgar” (2011) - Clint Eastwood

Crítica J. Edgar 2011 Clint Eastwood
Si en 2006 era un ambicioso Robert De Niro el que se ponía por segunda vez detrás de las cámaras para rodar un pseudobiopic sobre uno de los principales fundadores de la CIA, la agencia gubernamental de espionaje más famosa del mundo, esta vez es el maestro Eastwood quién se adentra en los pasillos y despachos del FBI para relatarnos la historia de uno de sus directores generales más longevos y controvertidos, John Edgar Hoover.

En 1924, y con sólo 29 años, John Edgar Hoover (Leonardo DiCaprio) fue nombrado director general del FBI para que reorganizara la institución, considerada por muchos un foco de corrupción. Hoover ocupó el cargo hasta su muerte en 1972, sobreviviendo a siete presidentes, alguno de los cuales intentó inútilmente destituirlo. Los archivos que Hoover guardaba celosamente, llenos de secretos inconfesables de importantes personalidades, lo convirtieron en uno de los hombres más poderosos y temidos de la historia de los Estados Unidos.

Delante y detrás de este enésimo drama biográfico nos encontramos a tres profesionales a quienes el campo del biopic no les es desconocido. Para empezar, el guión corre a cargo de Dustin Lance Black, quién en 2008 hizo méritos para alzarse con el Oscar al Mejor Guión Original por “Mi nombre es Harvey Milk”. DiCaprio, por su parte, se metió en la piel de Howard Hugues en “El Aviador” bajo las órdenes de Martin Scorsese, y casi una década atrás ya demostró su valía en “Diario de un rebelde”, basada en una novela autobiográfica. Y para terminar, tenemos a Eastwood, que después de “Bird”, “Invictus” y la pseudobiografica “Cazador blanco, cazador negro” (todos sabemos que el personaje protagonista aludía a John Huston) tiene sobrada experiencia a la hora de retratar personajes e historias reales.

Con semejante trío, y trabajando juntos por primera vez dos ases como Eastwood y DiCaprio, uno espera lo mejor de una película de estas características, sobre todo teniendo en cuenta que el personaje de Hoover es un caramelo para cualquier cineasta -con talento- que se precie. El resultado, sin embargo, está lejos de ser brillante, y probablemente no sea lo mejor ni de su director ni de su actor protagonista. Pero tampoco es un trabajo desdeñable habida cuenta de sus apreciables virtudes.

Mediante continuos saltos en el tiempo, Eastwood nos va relatando los avatares de Hoover desde que encabeza la dirección de la agencia hasta el día de su muerte. El propio Hoover se encarga de contarnos –con sus respectivos adornos- la historia de su vida mientras dicta su autobiografía al mecanógrafo de turno. Sus recuerdos, y la forma en que los cuenta, se transforman en esos flashbacks que nos acercan a los años de su juventud, unos tiempos convulsos en donde los delincuentes campan a sus anchas.

Guionista y director prefieren quedar al margen de juicios extremistas y exponen los logros y las miserias del protagonista para que seamos nosotros mismos quienes le juzguemos o, en última instancia, seamos conscientes, con una visión más amplia y a la vez intimista, de lo mejor y peor de dicho individuo. Quizás eso sea más beneficioso para la película y para el propio espectador que el ofrecer una visión demasiada benévola de su figura (como ocurre en muchos biopics) o, por el contrario, crucificar sus actos de forma contundente sin llegar a comprender los motivos (justificados o no) que hubo detrás de los mismos. Claro que esa neutralidad también puede ser vista como una falta de valentía por parte de sus responsables, que han preferido no mojarse demasiado a la hora de retratar la vida personal y política de tan polémico personaje.

Hoover reformó, revolucionó y, en definitiva, mejoró una agencia gubernamental que, junto al resto de cuerpos policiales, resultaba francamente ineficaz ante el crimen imperante de la época. Con su nombramiento como director general, Hoover acabó con la corrupción interna a base de despedir agentes y reclutar a otros que asumieran el cargo con profesionalidad, responsabilidad y sobre todo lealtad. Por supuesto, toda elección quedaba sujeta a su restrictivo y subjetivo criterio, con lo que podía llegar a prescindir de agentes capacitados por mero despecho o ningunear a aquellos que supusieran una amenaza a la continuidad de su cargo.


También se rodeó de profesionales de distintas ramas (desde científicos a carpinteros, pasando por contables y asesores legales) para mejorar la eficiencia de la agencia y de sus agentes, potenciando la criminología a base de aplicar métodos científicos/técnicas forenses. De este modo, ninguna escena del crimen se limpiaba antes de que fuera concienzudamente estudiada y analizada para poder dar con pruebas incriminatorias que les pusieran sobre la pista de sus autores y, posteriormente, les permitieran juzgarles ante la ley.

Las distintas medidas impuestas por Hoover resultaron especialmente eficaces en su lucha contra el crimen organizado, y su posición y la de su agencia quedaron fuertemente reforzadas ante el caso de secuestro del hijo de Charles Lindbergh, un famoso aviador cuyas hazañas le habían convertido en una especie de héroe nacional. El suceso fue todo un escándalo que indignó a la sociedad, y el propio Hoover supervisó la investigación que finalmente dio con un culpable (aunque tiempo después se haya puesto en duda dicha culpabilidad).

Pero con tal de proteger a su país, y también de protegerse a su mismo, Hoover no dudaba en hacer lo que hiciese falta, fuese legal o no. Demostró ser un feroz anticomunista y antisemita, además de un racista, y veía enemigos en todos partes. Se regocijó en sus logros y se apropió de los méritos ajenos, ansiando una admiración que jamás le fue concebida. También utilizó a sus propios agentes para espiar a personalidades y políticos de la nación de modo que le facilitaran información privilegiada que le permitiera ejerce su poder sobre ellos, convirtiéndose así en una figura poderosa, intocable e imposible de derrocar. Sólo la Muerte pudo acabar con su férreo mandato.

Eastwood narra meticulosamente la carrera profesional de Hoover con un tono ciertamente documentalista, pero no se queda solamente ahí, sino que también ahonda en su vida privada, haciendo especial hincapié en dos aspectos fundamentales de la misma y estrechamente relacionados entre sí: su sexualidad y su dependencia materna.

Al joven John Hoover apenas se le conocían amistades y mucho menos relaciones con mujeres. Tenía un reducido círculo de confianza que, en ocasiones, se limitaba a su leal secretaria, Helen Gandy (Naomi Watts), y a su colega el agente Clyde Tolson (Armie Hammer). Con este último, se rumoreaba, mantenía una relación especial; una relación que emocionalmente iba mucho más allá de la simple amistad entre dos hombres, algo que aquí Eastwood sugiere sutilmente durante sus primeros encuentros y luego de forma mucho más clara y directa conforme avanza el metraje. En todo momento, eso sí, con la elegancia que caracteriza al director. En ese sentido, no crea que nadie pueda decir que él o el guionista se hayan mordido la lengua o hayan decidido omitir ese aspecto de la vida del protagonista. Ni mucho menos es el centro de atención de la historia pero si una parte imprescindible, por lo que debía incluirse sí o sí en la película, independientemente de la veracidad que se le presuponga (están los que lo consideran un rumor infundado y los que lo corroboran)


En lo que respecta a su dependencia materna, Hoover necesitaba constantemente del afecto y aprobación de su madre (encarnada por Judi Dench), y la enorme influencia que ésta ejercía sobre él es lo que en cierto modo le haría renunciar a su homosexualidad, convirtiéndose en un hombre soltero y reprimido de por vida. Una decisión tomada tanto por el bien de la familia como por el de su imagen pública.

Aún prescindiendo de bastantes de las licencias dramáticas que se le presupone a todo biopic cinematográfico, lo cierto es que “J. Edgar” funciona mucho mejor en esos momentos en los que se acerca de forma más íntima y personal al personaje, antojándose el resto algo más distante y carente de emoción. De hecho, si algo se echa de menos es la falta de intensidad en la narración; esa garra que hace que el relato, además de entretenernos y resultarnos didácticamente interesante, nos deje huella. Eso que en otros tiempos conseguían tipos como Oliver Stone o, para qué engañarnos, el propio Eastwood (tiempos mucho más lejanos en el caso del primero, desde luego).

No se puede negar que el trabajo del director es elocuente y refinado, haciendo que esas poco más de dos horas se nos pasen volando y consiguiendo que apenas le demos importancia a la deficiente labor de maquillaje de la que hace gala el reparto en sus envejecidas caracterizaciones (especialmente hiriente resulta la de un, pese a ello, sobradamente convincente Armie Hammer), pero en el fondo no es una película que entusiasme en exceso, pese a que tampoco se le puedan reprochar demasiadas cosas. De tan correcta que es, acaba resultando demasiado fría. Quizás un personaje tan controvertido pedía una película, precisamente, más controvertida, valga de redundancia.

El guión precisa de una mayor y mejor síntesis, y mientras que en algunos aspectos resulta toda una lección de historia, en otros en cambio sólo pasa de puntillas y deja en el tintero mucho (y bueno) que contar (todo el tema referente a los Kennedy, por ejemplo).

Ahora bien, entre sus mayores virtudes está, como no podía ser de otra forma, Leonardo DiCaprio, que sigue demostrando que es uno de los mejores actores de su generación. Su última interpretación reivindica, una vez más, su calidad actoral y reclama nuevamente esa estatuilla dorada que la obtusa Academia de Hollywood sigue negándole año tras año sin tan siquiera ofrecerle la posibilidad de optar por ella (ni una mísera nominación a los Oscars de 2012).

DiCaprio es, básicamente, la película, ya que el resto de sus compañeros se limita a acompañarle –muy correctamente porque no se les permite más- y dejarle vía libre para que se coma la pantalla. Y eso, en parte, también es un error de guión, pues por muy J. Edgar que se titule la película, debería involucrarse tanto en el personaje radiografiado como en su entorno (el personaje de Watts queda muy desdibujado, y la fidelidad para con su jefe apenas queda bien argumentada).

Por lo demás, una película/lección de historia que se ve gustosamente pero que difícilmente permanezca en el recuerdo. Mucho más lúcida y sugestiva en el retrato humano que hace de un hombre obsesivo y megalómano que en el enfoque político que le atañe.



Lo mejor: Leonrado DiCaprio; el retrato personal del personaje.

Lo peor: el maquillaje; la parte política queda descompensada.


Valoración personal: Correcta

sábado, enero 21, 2012

“Silencio en la nieve” (2011) – Gerardo Herrero

Crítica Silencio en la nieve 2011 Gerardo Herrero
Uno de los conflictos bélicos que más veces se ha abordado en el cine es, sin lugar a dudas, la Segunda Guerra Mundial. Y probablemente los americanos sean los más prolíficos en este campo dada la potente industria cinematográfica que poseen (y lo mucho que les gusta vanagloriarse de su incursión). Sin embargo, no son los únicos, y otros países, tanto del bando de Los Aliados como del bando del Eje, también han realizado, con mayor o menor fortuna, producciones que han reflejado -desde su propio punto de vista- distintos episodios de tan terrible y devastadora guerra.

Durante la II G. M., España mantuvo una (discutible) posición neutral respecto a ambos bandos, con lo cual es lógico que nuestro cine se haya interesado más bien poco en este tema y se haya centrado más en conflictos bélicos que nos atañen directamente, como la Guerra Civil, el más importante de nuestra historia reciente.

No obstante, y como ya insinúo en el párrafo anterior, esa neutralidad de nuestro país frente a la guerra no era tal, por lo que sí hubo participación de soldados españoles. Por aquél entonces, Franco pactó un acuerdo con Hitler por el que le prestaba su ayuda en el momento en el que se iniciara la invasión de Rusia. Cuando esto ocurrió, entró en acción la División Azul, un cuerpo de voluntarios españoles que lucharon codo con codo (aunque no sin discordia) con el bando alemán.
En ese contexto es en el que se sitúa “Silencio en la nieve”, la última película del director y productor Gerardo Herrero.

Frente de Rusia, invierno de 1943. Un batallón de la División Azul se topa con una serie de caballos sumergidos bajo el hielo de un lago congelado. Junto a uno de los caballos, aparece el cadáver de un soldado español. Un corte le atraviesa el cuello de lado a lado, y en el pecho tiene una inscripción grabada a cuchillo: "Mira que te mira Dios". Los mandos encargan la investigación al soldado Arturo Andrade (Juan Diego Botto), un exinspector de la policía que asume la tarea con rigor y profesionalidad, y al que le asignan como ayudante al sargento Espinosa (Carmelo Gómez).

La película, basada en la novela “El tiempo de los emperadores extraños” del escritor madrileño Ignacio del Valle, se ubica en un contexto bélico sin posicionarse políticamente hacia ninguno de los bandos enfrentados. Esto es así porque el pilar de la historia es una trama criminal sin las pretensiones añadidas de ser un relato histórico de dicho acontecimiento ni de la participación de la División Azul en el mismo, un tema por otra parte poco tratado en el cine.


El descubrimiento de un soldado asesinado es el punto de partida de una trama detectivesca que involucra a dos miembros de la División Azul encargados de la investigación. Uno de ellos es Arturo Andrade, un hombre reservado que fue inspector de la policía durante la II República y los primeros meses del franquismo. El otro es el Sargento Espinosa, un tipo pesimista convencido de que la derrota ante el enemigo es inminente. Ninguno de los dos parece demasiado convencido de la lucha contra el Ejército Rojo, pero en estos momento algo más importante ocupa sus quehaceres diarios. Ambos se entregan concienzudamente al caso de asesinato que les han asignado, tratando de recabar información acerca de la víctima y de todos aquellos con quienes mantuvo algún contacto. Sus sospechas iniciales atribuyen el móvil del asesinato a motivos políticos, probablemente un ajuste de cuentas por parte de algún quintacolumnista. Sin embargo, la inscripción que el asesino dejó marcada en el cuerpo, "Mira que te mira Dios”, resulta desconcertante. No será hasta que la citada frase cobra significado cuando se den cuenta que detrás de todo se oculta una perversa venganza y que el cadáver del soldado puede ser el primero de otros tantos si no logran atrapar al asesino a tiempo.

Herrero maneja con bastante solvencia esta historia criminal que, si por algo destaca, es por ubicarse en medio de una guerra sin tregua, mostrándonos de forma colateral la locura de la contienda y los rifirrafes entre soldados españoles y soldados alemanes. También se hace hincapié en las desconfianzas interna entre los propios miembros de la División Azul, formada tanto por falangistas voluntarios y fascistas radicales que no pertenecían a Falange como por republicanos. Todo ellos enrolados “voluntariamente” a luchar contra el comunismo. Además, en el guión también se refleja la caza de brujas entre los masones (tanto de derechas como de izquierdas) que hubo tras la Guerra Civil Española y que, tal como comprobaremos, SPOILER -- resulta ser el desencadenante de los asesinatos -- FIN SPOILER.

La caza al asesino nos mantiene intrigados durante buen parte del metraje gracias a que el desarrollo de la investigación avanza sin prisas pero también sin pausas, facilitando poco a poco esa información que nos irá descubriendo quién se esconde detrás de tan brutal asesinato y el por qué de sus actos.


Puede que alguna situación resulte algo forzada, y no cabe duda que el affaire del protagonista con la muchacha rusa y la relación que éste entabla con un niño huérfano poco aportan a la historia (aunque quizás sí ayudan a definir un poco su personaje), pero en líneas generales es una película que funciona gracias a su intriga y a la sólida construcción de sus personajes. Así como al correcto trabajo de todo su reparto, sin excepciones; desde la pareja protagonista formada por Juan Diego Botto (que, reconozco, nunca ha sido santo de mi devoción) y Carmelo Gómez, hasta el variado elenco de secundarios (el casi siempre poco aprovechado Víctor Clavijo, un desafiante –aunque un pelín estridente- Sergi Calleja, un simpático e inocente “chófer” de correos a cargo de Jordi Aguilar, etc.).

Merece también la pena resaltar el cuidadísimo diseño de producción y el trabajo de fotografía que, en conjunto, logran ambientar creíblemente esta historia ubicada en plena Segunda Guerra Mundial.

“Silencio en la nieve” es un interesante thriller ubicado en un entorno cruel donde la muerte y la miseria son el pan de cada día, y en donde la pareja protagonista intenta poner algo de orden y justicia. No es una película perfecta, pero el resultado es estimable, amén de que resulta una propuesta bastante instructiva –sin caer en el tono documentalista- en lo que al tema de la División Azul se refiere.


Lo mejor: la ambientación; que mantenga el misterio durante buena parte del tiempo.

Lo peor: algunas situaciones un tanto rebuscadas/gratuitas y el impostado romance.


Valoración personal: Correcta

sábado, enero 14, 2012

“La chispa de la vida” (2011) - Álex de la Iglesia

Crítica La chispa de la vida 2011 Álex de la Iglesia
“Balada triste de trompeta” fue una propuesta cinematográfica bastante arriesgada por parte de Alex de la Iglesia, lo que suscitó críticas dispares tanto por parte de la crítica como del público. En su noveno largometraje, el director bilbaíno deja atrás su radical mirada de la Guerra Civil Española para abordar temas candentes de nuestros tiempos (el paro, la televisión basura…).

Y lo hace a través de la historia de Roberto (José Mota), un publicista que años atrás alcanzó el éxito cuando se le ocurrió el famoso eslogan: "Coca-Cola, la chispa de la vida", y que ahora se encuentra en paro y atravesando una difícil situación económica. Desesperado por no encontrar trabajo, Roberto intenta recordar los días felices regresando al hotel donde pasó la luna de miel con su mujer (Salma Hayek). Sin embargo, en lugar de un hotel, lo que éste encuentra es un museo levantado en torno al teatro romano de la ciudad. Mientras pasea por las ruinas sufre un accidente: una aparatosa caída que termina con una barra de hierro clavada en su cabeza y que le deja completamente paralizado. Si intenta moverse puede morir. Así es como en cuestión de minutos, Roberto se convierte en el foco de atención de los medios de comunicación, lo que volverá a cambiar su vida...

Poco dado a dirigir guiones ajenos (“Perdita Durango” sería esa rara excepción a la que se suma esta última) o sin contar con la co-escritura de su habitual colaborador (Jorge Guerricaechevarria), de la Iglesia se ha involucrado esta vez una historia escrita por el guionista Randy Feldman, quién se estrena en esto de la comedia dramática tras encargarse de guiones de películas del género de acción como (la gloriosa) “Tango & Cash” o “El negociador”, una de las pocas cintas rescatables (sin ser tampoco la gran cosa) que hizo Eddie Murphy antes de entrar en el serio declive que aún arrastra.

Nuestro protagonista es uno de esos más de cinco millones de parados que vive en España y que no hay manera que encuentre un trabajo decente con el que poder subsistir. Roberto se recorre día tras días las calles de su ciudad con un puñado de currículos bajo el brazo y viendo como siempre le cierran las puertas en las narices. En un acto de desesperación, decide recurrir a su antiguo jefe, aquél que años atrás se benefició de su brillante eslogan para la conocida marca de refrescos de cola (no voy a citarla de nuevo para no hacerle más publicidad de la cuenta). Desgraciadamente, a este señor se la repamplimfla la situación de Roberto, por lo que el hombre sale de su despacho con otra negativa más sobre sus hombros. Harto de empresarios sin escrúpulos y de que nadie le dé una oportunidad, Roberto inicia un viaje y una experiencia que cambiará su vida… Y es que quién iba a decirle que un accidente que le deja con un hierro clavado en la cabeza le iba a reportar tanta fama.

Publicitario hasta la médula, y sin nada que perder salvo la vida, Roberto toma la seria decisión de sacar partido de su grave situación para ganar algo de dinero y así asegurar el bienestar de su familia. Después de ser humillado y desechado como un vulgar parásito, a Roberto ya no le queda dignidad alguna que mancillar. Por ese motivo hace una llamada para hacerse con un buen representante y conseguir darle la vuelta a la tortilla haciendo de su desgracia todo un espectáculo televisivo. Por supuesto, su mujer no entiende nada de lo que ocurre y mucho menos comparte la idea de aprovechar la vida de su marido para ganar dinero. Pero a su alrededor hay un buen puñado de buitres (periodistas, publicistas, empresarios, cadenas de televisión…) dispuestos a sacar el máximo beneficio de la vida de un hombre que pende de un hilo (o mejor dicho, de un hierro). Roberto no duda en ponerle precio a su alma, por triste o poco ético que eso nos pueda parecer.


Como decía el despreciable personaje que interpretaba Kirk Douglas en “El gran carnaval” (clásico de Billy Wilder con el que el guión de Feldman guarda no pocas similitudes), “Las malas noticias se venden mejor; porque una buena noticia no es una noticia”. Y esto lo sabe muy bien Roberto, que se convierte a voluntad propia en mera carnaza para periodistas y reporteros con hambre de exclusiva. ¿Y por qué el desgraciado accidente de nuestro protagonista interesa y vende tanto? Por el morbo al que sucumbe la sociedad contemporánea. De ese morbo vive la prensa y la televisión más sensacionalistas (es decir, gran parte de la prensa y la televisión de este país).

Feldman y de la Iglesia despliegan una ácida crítica hacia los medios de comunicación y la televisión basura sin sutilezas (que no le hubieran ido mal) y sin andarse por las ramas, no dejando títere con cabeza e incluso en algunos casos optando por la referencia más bien directa que, sin ser explicita, se sobreentiende a la perfección (la cadena interesada en vender la historia de Roberto es una tal “Antena 5”, alusión bastante evidente a una –o incluso más de una- cadena de televisión de nuestro país). Pero la prensa y la televisión no son los únicos que están en el punto de mira de la película (lo que hace que nos acordemos también de la setentera “Network” de Sydney Lumet), y arremete también contra los empresarios egoístas (y sus vagos secuaces), los políticos sin decencia alguna y, en general, contra la morbosa y deshumanizada sociedad que hemos construido y en la que vivimos diariamente.

El mensaje que lanza la película no es nuevo, pero es contundente. Sin embargo, hay un problema, o al menos conmigo lo hubo. Todo transcurre en un ambiente demasiado recargado y exagerado, con unos personajes estereotipados y excesivamente caricaturescos. Un contexto en donde los buenos son muy buenos, los malos muy malos, y en donde todo es un cúmulo de clichés embutidos con vaselina que terminan ahogando la feroz y poderosa crítica que la historia trae consigo.

Todos sabemos que para estar al frente de una cadena de televisión que se nutre de la miseria humana para vender morbo y enriquecerse con ello (audiencia mediante) hay que tener muy poca conciencia y menos aún decencia. Pero no hay necesidad de caricaturizar o vulgarizar una figura que ya de por sí resulta bastante execrable para convertirlo en personaje que parece salido de alguna (mala) película de mafiosos. Ver en cada plano en que aparece al presidente de Antena 5 a un Juango Puigcorbé en batín y rodeado de prostitutas de lujo en lencería en su lujoso apartamento creo, sinceramente, que es rizar un poco el rizo. Los hijos del protagonista, el hijo gótico siniestro (así se presenta él mismo) y la hija universitaria empollona, otro estereotipo al canto que en la historia no tiene una base que los justifique.


Esto son ejemplos de esos varios que ofrece “La chispa de la vida” y que resultan excesivamente esperpénticos y risibles (sumemos a los periodistas matándose casi literalmente por entrar en el museo a cubrir la noticia, a la vecina ofreciéndole comida al accidentado, al guarda de seguridad panoli sacando fotos con el móvil, la absurda forma en que se desenvuelve el accidente de Roberto, etc.).

La película se muestra descompensada a la hora de mezclar comedia y drama. La comedia se acerca más a la parodia más grotesca que a la sátira, y el drama es bastante intenso y casi lacrimógeno, con lo que en conjunto la cosa no termina de cuajar, o al menos a mi no me convenció. Lo que hubiese podido convertirse en un drama con pinceladas de humor negro (o una sátira pura y dura), pasa a ser dos películas intentando ser una sola. El guión no consigue aunar los dos enfoques sin que chirríen (y los chistes fáciles o pasados de rosca no ayudan en nada).

En cuestión de drama, no obstante, es precisamente donde el guionista, el director y sobre todo los actores protagonistas se lucen de maravilla.

Merecidísima tanto la nominación a los Goya de José Mota a Mejor Actor Revelación (aunque en su profesión de cómico televisivo lleve años interpretando delante de una cámara) como la de Salma Hayek a Mejor Actriz. Me atrevo a asegurar que nunca hemos visto a la mexicana al nivel de interpretación que ofrece aquí. En parte porque su carrera en Hollywood se ha nutrido hasta la extenuación de su condición de “cañón latino” (cliché que ha repetido con mejor y peor fortuna), en parte porque su personaje está magníficamente construido (el suyo y el de José Mota, junto al de Banca Portillo, son los pocos personajes realmente creíbles –sin hipérbole de por medio- dentro del circo mediático que se monta a su alrededor) y en parte porque de la Iglesia entiende de dirección de actores.

Las partes dramáticas son las que mejor funcionan, y eso se nota sobre todo al final (duro pero a la vez esperanzador; en resumen: un gran final), que casi me hace creer que he visto una película mejor de lo que realmente es. Porque “La chispa de la vida” es irregular, con momentos brillantes y otros que simplemente no funcionan y desajustan la función. Con (sobre todo) dos actores que brillan con luz propia y otros que por exigencias de guión o por carencias interpretativas no convencen (aunque podemos estar agradecidos de que de la Iglesia no le haya dado el papel principal a la mediocre Carolina Bang y que lo del amiguete Vigalondo sea sólo un fugaz cameo, sino ya hubiera sido la hecatombe del “enchufismo”).

Uno de esos casos en los que el barroquismo del director anulan automáticamente las posibilidades de una buena historia. Es el precio que hay que pagar cuando se tiene un estilo propio. A veces se da en el clavo y a veces no (o a veces, simplemente, se sacrifica el estilo y se rueda algo tan impersonal y rutinario como “Los crímenes de Oxford”).


Lo mejor: las partes dramáticas; José Mota y Salma Hayek.


Lo peor: que la caricaturización y exageración de los personajes y las situaciones tumben la película.



Valoración personal: Regular

domingo, enero 08, 2012

“Una boda de muerte” (2011) – Stephan Elliot

“Una boda de muerte” (2011) – Stephan Elliot
Una de las comedias más destacables que se estrenaron allá por el 2007 fue “Death at a Funeral”, bautizada en España como “Un funeral de muerte” por obra y gracia de nuestros “retituladores del averno”, como cariñosamente les llama un servidor. La susodicha, una coproducción entre EE.UU y Reino Unido, se centraba en el desastroso funeral del patriarca de una familia no demasiado bien avenida. La (simpática) película en cuestión tuvo bastante éxito, lo que ha llevado a su guionista, Dean Craig, a repetir la fórmula dos veces más: primero realizándose en 2010 un remake genuinamente yanqui (esto es, sustituyendo el humor negro a la inglesa por el humor vulgar a la americana) y ahora plasmándose una similar concepto en “A Few Best Men”, en donde se cambia el funeral por una boda y al realizador de filmes como “La pequeña tienda de los horrores” o “In &Out” (Frank Oz) por el de “Las aventuras de Priscilla, reina del desierto” (Stephan Elliott). Y como los productores y el guionista de esta nueva cinta son los mismos, aquí han decidido adecuar el título repitiendo la coletilla y quedándose así en “Una boda de muerte” (y tan panchos, oye)

David (Xavier Samuel) está a punto de casarse con Mia (Laura Brent), una joven muchacha australiana a la que conoció –y de la que se enamoró perdidamente- durante unas vacaciones. La ceremonia tendrá lugar en casa de Mia, por lo que David se traslada hasta Australia junto a sus tres mejores amigos: Luke, que será el padrino y que acaba de perder a su novia; Tom, un pasota total, y Graham, un hipocondríaco acomplejado.

Cuando llegan a su destino, David conoce por fin a sus suegros. El padre es un rico senador australiano y la madre una ama de casa servicial. En un principio, los padres de Mia reciben a David y a sus amigos con los brazos abiertos, pero en la despedida de soltero las cosas se desmadran y la boda no resulta ser lo que debiera.

Las bodas han sido y serán siempre un tema recurrente en el cine, sobre todo en lo que a comedia romántica se refiere. El año pasado, sin ir más lejos, tuvimos en cartelera “La boda de mi mejor amiga”, que fue todo un éxito de crítica y público (aunque a mí me pareció deleznable, dicho sea de paso).

Mientras que aquella se centraba en la preparación de la boda y sobre todo en la despedida de soltera de la futura esposa, en “Una boda de muerte” es la celebración de la propia boda el foco de atención de la trama; una boda que se convierte en un auténtico desmadre después de que la noche anterior a la misma al novio y a sus amigos se les vaya de la mano la despedida de soltero.

Pero la semilla del desastre se germina unas horas antes, cuando Tom decide comprarle algo de droga a un traficante local. A partir de ahí y de la borrachera de la noche previa a la boda, todo empezará a torcerse. Una celebración planificada a lo grande, con todo lujo de detalles y con unos invitados selectos se convertirá en un caos por culpa de tres tíos, los amigos del novio, un poco pasados de vueltas.



Luke está deprimido o, mejor dicho, totalmente hundido porque su novia le ha dejado y ahora está con otro tío, así que se pasa toda la boda dándole a la botella y llamando desconsoladamente a su ex para hundirse aún más en su propia miseria. Con un padrino así, la cosa no puede funcionar bien. Pero todo se complica si a ello sumamos a Tom (Kris Marshall) y su absoluta despreocupación por la boda. Tom no termina de convencerle que su mejor amigo se case con una chica a la que apenas conoce, por lo que de manera consciente e inconsciente (según la ocasión) sabotea la ceremonia con sus desastrosas ocurrencias.

En cuanto a Graham (Kevin Bishop), sus propias extravagancias ya son suficiente motivo de queja, pero si a eso añadimos el factor “droga”, la cosa puede ponerse mucho peor. Y de hecho, se pone mal, muy mal.

La boda se convierte en una continua sucesión de calamidades que avergüenzan constantemente a un impotente David. Con semejante percal no es de extrañar que las reticencias de su yerno vayan en aumento y que a Mia se le vaya agotando la paciencia por momentos. Y a todo esto… ¿qué hay de la madre de susodicha? Pues SPOILER-- desatada totalmente y divirtiéndose de lo lindo a base alcohol y coca --FIN SPOILER.

El caos que el guionista desata busca desesperadamente el humor gamberro y no se puede negar que en ocasiones logra crear situaciones bastante divertidas. Algunos gags son mejores que otros (el momento en el que el ornamento floral arrasa con los invitados no tiene desperdicio); los hay que son más predecibles (el momento del vídeo humillante se veía venir desde el principio) y, definitivamente, hay momentos que resultan de muy mal gusto por culpa de la –por desgracia- imprescindible escatología. Claro que esto último parece entusiasmar al público, habida cuenta del tipo de comedias que suelen arrasar en taquilla (la propia “La boda de mi mejor amiga” contenía uno de los gags escatológicos más infames del pasado año, y productos como “Fuga de cerebros” encuentran fácilmente quién le ría las gracias), así que no creo que estas situaciones disgusten tanto al espectador común como me disgustan a mí (será que con la edad me he vuelto más “exquisito”)


Y es que aunque estemos hablando de una coproducción entre Australia y Reino Unido, aquí poco se percibe del humor tan típicamente inglés. La sutileza brilla por su ausencia y aunque surjan de vez en cuando diálogos más o menos inspirados (las pullas a las costumbres australianas y a su pasado bélico), en general se trata de un humor más propio de las comedias americanas y muy en consonancia con producciones como “Resacón en Las Vegas”.

Por tanto, “Una boda de muerte” es una opción que bien vale para echarse unas risas con los colegas mientras se disfruta de la desgracia ajena y de las locuras que van sucediéndose a lo largo de poco más de hora y media (que es básicamente lo que debería durar toda comedia que se precie, sea mejor o peor que ésta). Quizás lo mejor de todo sea el reparto formado por ingleses y australianos, y de entre los que destacaría Kris Marshall, que repite jugada tras “Un funeral de muerte”, y Kevin Bishop, actor de trayectoria mayormente televisiva. Además, cabe hacer una mención especial a una casi irreconocible Olivia Newton-John (la cirugía plástica, un terrible enemigo de Hollywood…) en uno de esos papeles que por norma general suelen quedarse en una breve aparición estelar y que aquí, sin embargo, se le saca bastante jugo dejando que la actriz explote se vena más desenfadada. Quizás sólo por eso ya merezca la pena echarle un vistazo a la película.


Lo mejor: que te echas algunas risas.


Lo peor: que toda comedia sucumba siempre al gag escatológico.



Valoración personal: Correcta


sábado, diciembre 24, 2011

jueves, diciembre 22, 2011

Mi Wishlist 2012 de Fnac

Wishlist 2012 Fnac

Los grandes almacenes Fnac repiten este año la acción “We wishlist a Merry X-Mas” exclusiva para blogs, y un servidor no ha querido desaprovechar la oportunidad para volver a probar suerte.

Y en qué consiste esta iniciativa para bloggers, se preguntarán algunos. Pues se trata simplemente de elaborar una lista de regalos que te gustaría recibir y/o que recomendarías a tus lectores para regalar a la familia y a los amigos. ¿Y qué es lo que se gana? Pues un vale por valor de 2.012€ para gastar en fnac.es.
Enlace
Si sois bloggers, los pasos a seguir son muy sencillos:

1.- Publicar un post en vuestro blog con vuestra lista de deseos de productos de fnac.es. Los productos deben ir enlazados a la ficha correspondiente en fnac.es y mostrar su precio en el momento que hagáis el post.

2.- La suma de esta wishlist no debe superar los 2.012€.

3.- Enviar el link del post publicado a wishlist@fnac.es junto a vuestro nombre, apellidos, mail de contacto y teléfono.

4.- Tener suerte y llevarse el vale de 2.012€ que sortean xD

En caso de que no dispongáis de blog o queráis recomendar la Wishlist a alguien que no lo tiene, existe la posibilidad de participar a través de la red social Facebook. A continuación os dejo un par de enlaces para informaros mejor: Wishlist Facebook y Bases

El plazo termina el 31 de diciembre.


Dicho esto, ahí va mi Wishlist de este año:

Informática

Wacom Bamboo Fun Pen & Touch M - 199,90 €

Iomega ScreenPlay MX HD Media Player 1 TB Disco duro sobremesa multimedia PC + Cable HDMI - 176,89 €

Sony Reader Wi-Fi Negro – 199 €

HP Pavilion p6-2002es PC Sobremesa - 449 €


Imagen y sonido

Sony BDPS185B BluRay Internet - 99,95 €

Logitech Pure-Fi Express Plus para iPod - 62,90 €


MP3, Telefonía y GPS

Apple iPod Classic 160 GB Black Reproductor de MP3 - 229 €

TomTom XL Classic Europa 23 países + Adaptador mechero 131,68 €


Videojuegos y consolas

X360 250Gb + Battlefield 3 + Forza 3 + Crysis 2 - 199,95 €

Gears of War 3 Xbox 360 - 64,95 €


Cine

Pack Regreso al futuro: Trilogía (Formato Blu-Ray) - 39,99 €


Libros y cómics

Pack coleccionista Malefic Time - 45 €

¡Este rodaje es la guerra! - 33 €
Enlace
Servitud 2 Drekkars – 14€


Merchandising

Robocop - Figura - Robocop 18cm - 20,99 €

Predator: Classic Predator - 21,99 €

Terminator - Figura – Endoskleton - 20,99 €


Total: 2009, 18 €

Como podéis ver, hay un poquito de todo, y muchas de mis elecciones ya estaban en el listado del año pasado. Si mis cálculos son correctos, incluso me han sobrado 2,82 €, cifra que curiosamente suma 12 (de 2012, se entiende).

¿A qué esperáis para hacer vuestra Wishlist?

martes, diciembre 06, 2011

“Happy Feet 2” (2011) – George Miller

Crítica Happy Feet 2 2011 George Miller
Aunque es más conocido por la saga del guerrero postapocalíptico Mad Max (de la que en estos momentos se encuentra preparando -no sin contratiempos- una tardía -e innecesaria- secuela/reboot), el australiano George Miller también se ha sumergido en otros géneros como la comedia fantástica o el drama (para el recuerdo queda la excelente “El aceite de la vida”). Prácticamente desaparecido durante buena parte de los 90 y principios de la pasada década (con la salvedad de una secuela de Babe, el cerdito por excelencia del cine australiano), en 2006 Miller volvió a la palestra con un inesperado éxito taquillero resultante de su primera incursión en el cine de animación. Los pingüinos bailarines/cantarines de “Happy Feet” aterrizaron en la cartelera encandilando no sólo al público sino también a la crítica. Pero ahí no quedó la cosa, pues la película también se llevó el Oscar en su categoría de Mejor Película de Animación, rompiendo así la racha triunfadora que llevaba Pixar en un año en el que la compañía del flexo presentaba su candidata más denostada (Cars), Dreamworks quedaba fuera de competición y “Monster House” (mi favorita) entraba de tapadillo y sin hacer mucho ruido.

Tal fue la recepción del filme de Miller, que ni él ni Warner Bros han dudado en aprovechar el tirón de los pingüinos para sacar una segunda entrega.

Mumble, el maestro de Tap, tiene un problema con su pequeño hijo Erik, un coreófobo. Reacio a bailar, y considerado por ello un bicho raro, Erik decide escapar de su hogar. En su camino, se encuentra con el poderoso Sven, ¡un pingüino que puede volar!

Mientras Mumble va en busca de su hijo, algo terrible ocurre en la gran nación de los pingüinos emperador. A su regreso, padre e hijo descubrirán con asombro lo sucedido, y tendrán que hacer lo imposible para ayudar al resto de la colonia.


Si en la película original era Mumble quién debía encontrar su verdadera vocación dentro de una colonia entregada al canto, ahora es su hijo quién deberá experimentar un viaje emocional similar para dar con su talento escondido.

La historia ya empieza con un número musical en el que un montón de pingüinos cantan y bailan música modernilla. En medio de todos ellos se encuentra el torpe de Erik intentando seguir, sin éxito, los pasos de sus mayores, lo que termina finalmente en un buen tortón y las consiguientes risas de sus semejantes.

Este hecho desencadena la posterior huida de Erik junto a un par de amigos y la llegada a otra colonia, donde se nos presenta el personaje de Sven, el único del mundo capaz de utilizar sus alas de pingüino para volar, algo que asombra al resto de su especie y muy especialmente al impresionable Erik, que enseguida lo considera un ídolo y un modelo a seguir.

A su regreso a casa con su padre, es cuando la película empieza a ganar algo de interés (gracias el golpe de efecto en el guión) y los bailecitos de los pingüinos encuentran una justificación para ser exhibidos de forma constante.


La tierra de los pingüinos emperador ha quedado sellada por culpa de un iceberg, y no hay forma de salir sin recibir ayuda del exterior. Mumble está decidido a hacer todo cuanto esté en su aleta para ayudar a la colonia, aunque tenga que pedir ayuda al fanfarrón de Sven.

Los continuos intentos de rescate son los que aportan algo de emoción a una trama bastante ramplona y que depende en exceso del factor musical para salir a flote. Y esto último es obvio si tenemos en cuenta que se inscribe dentro del género musical (del que un servidor se considera un ferviente admirador), pero con unos pingüinos lo cierto es que no se puede hacer mucho para animar el cotarro. Menos aún si los personajes carecen de carisma alguno y los gags cómicos no resultan mínimamente graciosos; o al menos no para un adulto. Y ese es el mayor problema de “Happy Feet 2” en relación a su enfoque familiar, pues resulta mucho más indicada para los niños que para los adultos que los acompañan (o mejor dicho, los llevan al cine)

La cinta de Miller cuenta con buenos mensajes (creer en un mismo, ayudar a los demás, admirar a los que te quieren, saber quién eres y dónde está tu hogar, etc.), pero es demasiado infantil para ser disfrutada en familia. No conectas con los personajes, no te ríes con ellos (¿hasta cuándo tendremos que soportar el estereotipo del personaje latino supuestamente gracioso?) y la vertiente musical apenas despliega sus posibilidades (y de nuevo me remito al hecho de que los pingüinos no dan mucho de sí, y el escenario tampoco es propicio).

La animación, eso sí, sigue haciendo gala de un nivel de hiperrealismo formidable. Cuanto más cercano es el plano, mejor podemos apreciar la calidad de las texturas, especialmente en lo que se refiere a la nieve (o hielo) y los crustáceos. Hablando precisamente de crustáceos, tenemos a una pareja de krills, Will y Bill, que probablemente sean lo más interesante de la película. Son sus peripecias y sus conversaciones/discusiones las que aportan algo de aire fresco al conjunto de la historia.


También el hecho de rescatar algún que otro tema musical añejo (el Under Preassure de Queen y David Bowie, por ejemplo) en sustitución del pop musical actual, sirve para captar algo del interés del adulto espectador que pasada una hora ya está un poco cansado de pingüinos danzarines. Esto ocurre ya en el tramo final, que es cuando la cinta empieza a ganar enteros al abandonar momentáneamente el humor infantiloide (y la chapucera introducción y posterior desaparación de los personajes humanos) para decantarse por algo más emocionante y dignamente emotivo.

No hay duda de que para los críos “Happy Feet 2” supondrá un más que recomendable espectáculo musical lleno de pegadizas canciones y deslumbrantes secuencias animadas. Pero para los más creciditos, no es ni de lejos la opción ideal para ir al cine en familia. Demasiado sosa.

P.D.: Precisamente para los talluditos, lo mejor de la película es el corto de Looney Tunes (con Piolín y Silvestre en modo musical) que la precede. Por aquello de la nostalgia, más que nada.



Lo mejor: el hiperrealismo de la animación.

Lo peor: demasiado infantil para ver en familia.


Valoración personal: Regular

sábado, diciembre 03, 2011

“Fuga de cerebros 2” (2011) – Carlos Therón

Crítica Fuga de cerebros 2 2011 Carlos Therón
Cuando una película arrasa en taquilla, lo más lógico es que sus productores no tarden mucho en poner en marcha una secuela. Esto lo hemos visto infinidad de veces en el cine americano, y cada vez se prodiga más dicha costumbre en nuestro país (“El otro lado de la cama” o las sagas de “[REC]” y el Torrente de Santiago Segura serían un buen ejemplo)

Uno de los grandes éxitos patrios de los últimos años ha sido “Fuga de cerebros”, comedia juvenil de humor grueso y reparto televisivo que arrasó entre los adolescentes (y no tan adolescentes) españoles, y que con 7 millones de euros recaudados se posicionó como una las películas más taquilleras de 2009 junto a “Mentiras y gordas”, producto con un enfoque muy distinto pero dirigido al mismo tipo de espectador (y ambas protagonizadas por el ídolo juvenil Mario Casas). De las dos, la que más posibilidades tenía de explotarse con una continuación era la primera, y así ha sido.

“Fuga de cerebros 2” reúne de nuevo al Charli, al Cabra, al Ruedas y a Corneto en otro periplo amoroso por tierras extranjeras. Esta vez el asunto gira alrededor de Alfonso (Adrián Lastra), el hermano pequeño de Emilio Carbajosa (protagonista de la anterior entrega), quién decide seguir a la chica de su vida (Paula Prendes) hasta Harvard con tal de conquistarla. Para lograrlo, Alfonso contará con los mismos amigos y los mismos descabellados planes que su hermano utilizó en Oxford.

Cambio de protagonista y de director pero mismos guionistas, Curro Velázquez y Álex Pina, ambos con experiencia en series de televisión (Los Serrano, Los hombres de Paco o la más reciente El barco; canela fina, vaya). Y la verdad es que éstos no se han complicado mucho la vida para darle continuación a la primera entrega. Velázquez y Pina se han limitado a repetir la misma fórmula que ya les funcionó una vez y que, no nos engañemos, es lo que suele ocurrir en el 99% de las segundas partes.

En un alarde de originalidad han decidido cruzar el charco y cambiar la Universidad de Oxford (inglesa) por la no menos prestigiosa Harvard (americana). Allí viaja el grupete de amigos para que Alfonso conquiste a Sara, la chica de la que se quedó prendado cuando trabajaba en el hipermercado del barrio, y que ahora se encuentra en yanquilandia disfrutando de una beca para estudiar… ¿medicina? No, veterinaria (otro alarde de originalidad, sin duda).

Se supone que Sara, además de ser un pibón (cosa que salta la vista), es también una chica muy inteligente (cosa que… bueno, dejémoslo ahí), y por ese motivo se encuentra en Harvard, cuna de cerebritos. No obstante, la chica, de carácter algo infantil y alocado, parece más centrada en sus vicios (fumar, beber y… lo que sigue), por lo que a Alfonso no le resulta muy difícil robarle el corazoncito. ¿Pan comido, verdad? Sí y no. Y es que lo que supuestamente era la chica de sus sueños se parece más a la chica de sus pesadillas. Alfonso se da cuenta de que no es su tipo, pero para complicar aún más las cosas aparece en escena Marta, el amor de su infancia y la única mujer junto a la que ha querido pasar el resto de sus días.

Alfonso no está dispuesto a desaprovechar esta segunda oportunidad que le brinda el destino para ser feliz junto a Marta. Pero antes tiene que romper con Eva… Y ahí es donde entrarán en juego sus amigos y sus alocados planes.



Aprovechando el contexto universitario, sus responsables siguen tirando de tópicos para burlarse de ellos, más ahora que se trata de los americanos, sus hermandades, sus equipos de fútbol (el americano, deporte que es como el rugby pero para “nenazas”) y sus animadoras (las conocidas cheerleaders). Inclusos e permiten un referencia indicrecta a “American Pie”, saga americana por excelencia de este tipo de subgénero. Claro que poco importa que estén en Oxford, en Cambridge o en Cuenca, porque salvo algún que otro tropezón con el idioma, parece que todos los americanos hablan perfectamente el español, así como el grupete protagonista tampoco parece tener demasiados problemas con el inglés (y eso que se supone que son todos unos zoquetes)

Y pese a la evidente parodia, sus responsables no pueden evitar sucumbir ante los propios clichés del género juvenil/universitario de los que tanto se burla ni a los clichés de la propia comedia romántica en la que se inscribe, tal como le ocurría a su predecesora. La película se pasa gran parte del tiempo siendo una gamberrada de (muy) mal gusto, para terminar cayendo en los brazos de la ñoñería más barata y estereotipada (boda final y posterior marcha atrás, incluidas).

Aunque ahora se trata de deshacerse de una novia para conquistar a otra, el esquema de “planes absurdos que salen mal” sigue siendo el mismo. Incluso los amigos del prota están otra vez sin compromiso para que los guionistas vuelvan a engatusarnos con sus respectivas subtramas amorosas y puedan colarnos el discursito sentimentaloide de la amistad y el amor verdadero.
Pero el problema por el que todo esto no entra bien es simple y llanamente porque el humor que ostenta es deleznable. Gags escatológicos y chistecitos sexuales adornan una pobre historia de amor sin gracia ni atisbo alguno de originalidad. Incluso sabiendo a lo se va, resulta imposible soltar una sola carcajada (o, cuanto menos, una sonrisa).

Para el tipo de producto que es y el público objetivo al que se dirige (seamos realistas: quinceañeros pajilleros, mayormente), resulta cuanto menos curioso que esta secuela no nos obsequie con los tan manidos y habitualmente esperados desnudos gratuitos de turno. Al parecer, ni Paul Prendes ni Patricia Montero han aceptado ese “incentivo extra” en sus cheques que les obligue por contrato enseñar sus bondades al espectador, algo que sí hizo Amaia Salamanca mostrando sus domingas para deleite de muchos (especialmente del director, que no dudó en recrearse con dicha secuencia). Aquí es un chico el que enseña lo suyo (aunque realmente no sea más que un trozo de plástico)


Therón gusta de malabarismos videocliperos que no vienen a cuento para demostrar que sabe hacer transiciones visualmente molonas (por mucho que se nos antojen igual de gratuitas que unos pechitos al aire). Quizás en ese sentido podamos decir que la dirección es algo más creativa que la de su predecesor, si bien ambos han tenido la desgracia de contar con un pésimo guión.

Pero no todo es malo, pues el cambio de protagonista le ha sentado bien a la saga. Del mediocre Mario Casas pasamos a Adrián Lastra, mucho más convincente en el papel de pardillo enamorado. Y es que eso sí, el personaje, pese a cambiar de actor, sigue siendo exactamente el mismo. Y Lastra borda un registro que se le da muy bien (por ahora el único que parece saber hacer)

De la pandilla de descerebrados, Alberto Amarilla sigue siendo el que más destaca con su afable y sensible invidente. En el lado opuesto estaría Gorka Lasaosa (Ruedas), que sigue llevando el peso del humor soez sobre los hombres de su desagradable personaje (al que en vano intentan humanizar cada vez que le sale una novia). En Canco Rodríguez recae el estereotipo del gitano, que si ya hacía poca gracia en los tiempos de “Cruz y Raya”, ahora aún menos. Y Pablo Penedo es el gay y cabeza pensante -si es que alguno de ellos piensa- del grupo, y como tal, no tiene muchas salidas de tono (de hecho, es el más formalito de los cuatro).

Respecto a las chicas, pues muy monas ellas.

“Fuga de cerebros 2” gustará a los que les gustó la anterior entrega, ni más ni menos. Los que disfruten de este tipo de productos y el humor de “caca, pedo, pis” les parezca tronchante, desde luego verán satisfechas sus exigencias. Los que prefieran otro tipo de humor (más ácido, más locuaz… en definitiva, más inteligente), aún están a tiempo de ir a algún multicine y meterse en la sala donde se proyecte “Un dios salvaje”.

P.D.: Y para que mi último párrafo no suene pedante (y soy consciente de que puede parecerlo), recomiendo la española “Primos”, de Daniel Sánchez Arévalo, pues no hace falta irse a Polanski para deleitarse con una buena comedia.

P.D.2: La (bochornosa) promoción de la película se ha enfocado especialmente en David Hasselhoff (un americano soltando piropos typical spanish; la monda, oye…), cuya aparición estelar tiene lugar al final y durante escasos minutos. Ni por ello merece la pena pagar la entrada.


Lo mejor:
los jóvenes actores.


Lo peor: todo lo demás, y que ya no esté Amaia para deleitarnos con sus “atributos interpretativos” (confío en que ya lo hará en otra película)



Valoración personal: Muy mala (o peor)

viernes, noviembre 25, 2011

“El gato con botas” (2011) - Chris Miller

Crítica El gato con botas 2011 Chris Miller
Casi 3000 millones de dólares recaudados con cuatro películas hacen de Shrek una de las sagas de animación más taquilleras de la historia. Las aventuras del ogro verde han llenado las arcas de Dreamworks durante varios años, y sería de locos no seguir exprimiendo –aún más- la gallina de los huevos de oro (y precisamente de huevos de oro trata el asunto).

Habida cuenta del desgaste de la franquicia, la opción de seguir estirándola con más continuaciones resultaba inviable, por lo que sólo quedaban dos opciones: hacer una precuela (solución “mágica” para sacar del atolladero a una saga que está más que agotada) o sacarse de la chistera un spin-off de alguno de sus personajes. Y finalmente la decisión que tomaron fue la de combinar ambas opciones.

Así es como nace “El gato con botas”, película en cartelera para lucimiento exclusivo del personaje que da título a la misma y que formó parte de la pandilla de “Shrek” a partir de su segunda entrega.

Mucho antes de conocer a Shrek, el notorio espadachín, amante y forajido Gato con Botas está decidido a recuperar el honor mancillado emprendiendo una aventura junto a la dura y curtida Kitty Zarpas Suaves y el astuto Humpty Dumpty. Su objetivo: unas judías mágicas: Su principal obstáculo: los infames forajidos Jack y Jill.
Esta es la verdadera historia de una leyenda, de un mito, de… ¡el Gato con Botas!

Dado que la acción de este spin-off transcurre en una época en la que el Gato con Botas aún no conocía a Shrek, Fiona, Asno y cía, no hay cameo alguno de éstos personajes (ni ningún otro) de la “saga madre”. Por tanto, la cinta se centra exclusivamente en Gato, y podría decirse que esto es un “orígenes” en toda regla, pues entre otras cosas, se nos cuenta (en boca del propio protagonista) la infancia del felino antes de calzarse las famosas botas y empuñar la espada cuál Zorro.

Tiempo atrás, un acto de valentía hizo que Gato se ganara la admiración de su pueblo. Sin embargo, de la noche a la mañana, una inesperada y vil traición convirtió al héroe local en un vulgar ladrón, perdiendo así el cariño y respeto de sus habitantes, y ganándose su (inmerecido) desprecio. A Gato no le quedó otra que huir del único lugar al que podía llamar hogar y empezar a vivir una nueva vida como forajido.

Tras años siendo buscando por la ley, llega un buen día en que se le presenta la oportunidad de enmendar los errores del pasado y recuperar su honor. Para ello debe hacerse con las famosas judías mágicas que están en posesión de la infame pareja formada por Jack y Jill. Pero alguien más está interesado en esas judías y se interpondrá en su camino con la intención de formar una alianza. A regañadientes, Gato unirá fuerzas con la silenciosa y atractiva Kitty Zarpas Suaves y un viejo conocido de poco fiar, Humpty Dumpty, con quién tiene viejas rencillas que solucionar. Tan pronto inicien el viaje en busca de las mágicas habichuelas, empezarán las aventuras para el trío protagonista…



Del mismo modo en que Shrek tomaba como punto de partida los cuentos populares para darles una vuelta de tuerca, en “El gato con botas” se utiliza el relato de “Jack y las habichuelas mágicas” del escritor Hans Christian Andersen (autor también de “La princesa y el guisante” o “El patito feo”) para convertirlo en una aventura a medida del pícaro protagonista, quién ya de por sí es otro personaje de cuento.
Los guionistas añaden de su propia cosecha para que el hilo conductor de la trama sea la relación de amistad/enemistad entre Gato y Humpty Dumpty, siendo las habichuelas el macguffin que les lleva a realizar tan peligroso viaje y añadiendo además una pizca de romanticismo con un tenso affaire entre la pareja gatuna, es decir, entre Gato y Kitty.

No por introducir estos cambios y guardarse algún que otro as en la manga la historia resulta menos previsible, pero aún así la película sortea con habilidad el tan temido aburrimiento a base de acción trepidante (la persecución por los tejados, el “duelo” de carretas…), humor (mucho humor), un personaje carismático y un metraje adecuadamente ajustado (hora y media, no más).

La película contiene gags simpáticos y sin caer en la vulgaridad, aunque es de lamentar que muchos de ellos (algunos de los mejores) ya fueran desvelados en el tráiler. No obstante, hay momentos impagables (el duelo de baile) que aportan frescura a la propuesta y afianzan la dicharachera y a ratos ingenua personalidad del minino, aún tratándose de un furtivo que presume de sagacidad. No vamos a negar, eso sí, que resulta imposible resistirse cuando pone esa miradita de ojitos tristones.


Chris Miller, co-director de “Shrek 3” y “Lluvia de albóndigas”, afronta la dirección en solitario de “El gato con botas” con bastante oficio tanto a nivel visual como narrativo, y su trabajo, así como el guión, desprende mucha influencia del western y del cine de capa y espada (siendo El Zorro el referente más evidente). Y todo amenizado con un aroma muy latino (más mexicano que español, diría yo) acentuado especialmente en la guitarrera banda sonora a cargo de otro de los discípulos de Zimmer, Henry Jackman (quién ya puso música a la regulera “Monstruos contra alienígenas”)

Quizás sea difícil para Dreamworks repetir con asiduidad la excelencia que una vez alcanzó con “Cómo entrenar a tu dragón”, pero al menos consigue ofrecer un producto de animación digno para pasar un buen rato. Y es que a veces no hace falta pedirle mucho más. Y para tratarse de un spin-off que olía a mero “sacacuartos”, hay que reconocer que se han esmerado más de lo que uno pudiera llegar a pensar (pensando, quién sabe, en otra potencial saga con el felino a la cabeza).


Lo mejor: su carismático protagonista; las influencias del western.


Lo peor: que unas hipotéticas secuelas puedan quemar al personaje del gato del mismo modo que le ocurrió a Shrek.


Valoración personal: Correcta

sábado, noviembre 19, 2011

“Un dios salvaje” (2011) – Roman Polanski

Crítica Un dios salvaje 2011 Roman Polanski
Aunque en los últimos tiempos su nombre ha estado en boca de muchos por su polémico conflicto con la ley más que por su trabajo, lo cierto es que a sus casi ochenta años, Polanksi sigue al pie del cañón haciendo lo que mejor se le da, esto es, dirigir películas.

Y su último filme detrás de la cámara demuestra que al director francés aún no se le han agotado las pilas y que es muy capaz de entregarnos cine de calidad con muy pocos medios. Y dónde está el truco, se estarán preguntando muchos directivos de estudios de Hollywood. Pues el truco está en contar con un buen guión (sí, es posible) y saber llevarlo a buen puerto con una dirección meticulosa y eficazmente sencilla, y dejando que un excelso reparto lleve la voz cantante.

En “Un dios salvaje”, Polanski nos invita a entrar en el hogar de los Longstreet para ser testigos del enfrentamiento (verbal) entre dos familias a causa de una pelea infantil entre sus respectivos hijos.

Los dos críos han tenido una pequeña riña que han solucionado como muchos individuos de su edad, es decir, a hostias. Pero para ser más exactos, aquí estaríamos hablando de una sola hostia, la que el hijo de los Cowan le propina con un palo al hijo de los Longstreet. ¿Consecuencia? Un buen moratón y uno o dos dientes rotos.

Los padres, como gente civilizada que son (¡ja!), se reúnen para resolver la disputa. Y aunque al principio todo es cortesía y buenos modales, poco a poco la reunión se irá “calentando” y volviéndose más tensa. Las parejas empezarán a tirarse los trastos a la cabeza sin reparo alguno e incluso no tendrán remilgos en sacar los trapos sucios de sus respectivos matrimonios.

Aquí no hay ni buenos ni malos, amigos. Ni tan siquiera vencedores y vencidos. Sólo cuatro adultos que se enzarzan en una calurosa discusión que va desvariando más y más a medida que ésta se va alargando innecesariamente. Llegados a cierto punto, poco importa el motivo por el cual discutían, pues la cantidad impertinencias e insultos que se sueltan nacen de la confrontación pura y dura para ver quién tiene razón y quién está equivocado, quién es más falso o quién ha perdido más los nervios.


La situación se descontrola de tal modo que nadie está a salvo de recibir su ración de ofensa personal, y todos los intentos por calmar los ánimos e instaurar la paz acaban durando menos de lo que dura un helado bajo un abrasador sol de verano.

Cada uno tiene su propia opinión sobre cómo encauzar el conflicto que afecta sus hijos (desde cómo definir la agresión hasta cómo castigar al agresor, pasando por ver quién tiene mayor o menor culpa), y de ahí surgen otros temas en los que por supuesto no logran ponerse de acuerdo. A ratos ellos se alían contra ellas y ellas contra ellos, pero al final la cosa deviene en un todos contra todos. Y el esfuerzo recalcitrante por alzarse como la voz de la razón de unos, como el desinterés y la pachorra de otros, provoca que el asunto les estalle en la cara. El ambiente es cada vez peor y, sin embargo, parece imposible escapar de esas opresoras paredes que conforman el hogar de los Longstreet. Y es que de la casa del burgués matrimonio no nos movemos.
Polanski se basta de un único espacio (la casa) y de sus cuatro intérpretes para poner en evidencia la hipocresía que dos acomodas familias americanas esconden detrás de sus buenos modales y sus buenas intenciones. Absurdas contradicciones, groserías constantes, ideologías baratas, ridículos prejuicios, puñaladas traperas… El director saca toda la basura que estos cuatros individuos han acumulado a lo largo de su vida en relación a la educación que han recibido, a la posición social que ostentan, a su profesión, etc.; y nos muestra su cara oculta más oscura y desagradable.

El director mantiene la teatralidad de la (aclamada) obra en la que se basa mediante una narración firme y sin interrupciones dentro de un solo decorado y a tiempo real, sin elipsis de ningún tipo. Y ahí es donde los actores lo dan todo.


Jodie Foster puede llegar a ser el personaje más irritante de todos dado su elevado complejo de superioridad. Una santa y una doña perfecta cuya moral y ética son superiores a los de sus invitados, o eso cree ella. Dueña absoluta de la verdad, Penelope Longstreet (una intelectual muy preocupada por los males del mundo…) no tarda mucho en perder los estribos. Previamente ya se había encargado de lanzar sigilosamente sus dardos envenenados.

Foster, a la que un servidor prefiere tener delante que detrás de la cámara, da por fin con un papel a su altura tras años deambulando en roles de poca entidad o escasa repercusión.

Junto a ella está un John C. Reilly que cuando deja de lado las comedias chorras demuestra que es un actor bien capacitado. Reilly interpreta a Michael Lonstreet, un humilde vendedor de artículos del hogar que aspira a pertenecer a una clase social superior. De ahí que presuma ante sus invitados de sus ostentosos placeres privados, como un whisky de 15 años o unos puros de primerísima calidad.

Michael intenta calmar la situación aunque le saquen de quicio algunos comentarios. Sin embargo, su actitud excesivamente conciliadora no sirve para nada cuando realmente parece importarle un comino lo que allí se discute.

Tres cuartos de lo mismo pasa con el personaje de Alan Cowan en manos de un cínico Christopher Waltz. Alan, abogado de profesión (y ya sabemos cómo se las gastan muchos de estos…), está más pendiente de atender al teléfono móvil por asuntos de trabajo que en entablar una conversación con los padres del niño al que su hijo a desdentado. Maleducado e impertinente, Alan parece hasta disfrutar con la trifulca que se ha montado.

Por supuesto, su mujer (una estupenda, como siempre, Kate Winslet), no ve el asunto con los mismos ojos, y aunque al principio es muy tolerante y muy señorita, finalmente, y con la ayuda de un poquito de alcohol (porque no hay nada mejor que un buen whisky para amenizar una carnicería verbal), se desinhibe por completo y saca la bestia feroz que lleva dentro.



En resumen, unos personajes (afines a unos estereotipos concretos) en plena ebullición y elenco pletórico gracias no sólo al innegable talento de cada uno de ellos sino también a los ingeniosos y ácidos diálogos de un señor guión (escrito a dos manos entre Polanski y la dramaturga Yasmina Reza, autora de la obra original)

Y es que “Un dios salvaje” es puro guión, puro diálogo y pura interpretación. No hay más. Bueno sí, hay un director que abre y cierra la película con una sutileza y sencillez aplastantes (plano fijo y a lo lejos dejando que las imágenes hablen por sí solas), y que conduce a un inmenso reparto cual director de orquestra, moviendo la batuta aquí y allá para que ningún instrumento desafine y toda la música fluya con absoluta armonía.

Pues saber dirigir a los actores y ser capaz de evitar dejar una impronta personal también es cosa de un buen director (no todo es cuestión de mostrar una fotografía impresionante o rodar planos de increíble belleza plástica). Polanski se queda al margen (entre comillas) y deja que el protagonismo recaiga en quién debe recaer (reparto y guión), lo que quizás haga creer s algunos que su labor es meramente funcional o discreta (en todo caso, bendita discreción)

Y así es como se consigue una de las sátiras más hilarantes y divertidas que se han hecho en mucho tiempo. Porque no olvidemos que pese a todo lo dicho, estamos ante una comedia (cosa que, reconozco, al ver el tráiler me descolocó). Ahora bien, una comedia de las inteligentes, de esas que tan poco abundan en las salas de cine.

Y si hubiera que sacarle un “pero”, me inclinaría –a título personal- pero ese abrupto corte que de algún modo “finiquita” la discusión establecida entre las dos partes. Un cierre un tanto repentino e inesperado que nos deja con ganas de más (más risas a costa de esos cuatro personajes). Ahora bien, el final, el auténtico desenlace y verdadera conclusión de la historia, retomando el mismo escenario y los mismos protagonistas que al principio, es de una claridad y precisión arrolladoras, dando a entender SPOILER-- que lo que motivó el encuentro no fue más que una riña infantil que, como muchas otras riñas a esa edad, se resuelve haciendo borrón y cuenta nueva (o no dándole mayor importancia). Los padres, no obstante, se toman el asunto mucho más en serio y terminan exhibiendo menos madurez y menos sensatez de la que en un principio deberían tener. --FIN SPOILER


Lo mejor: el reparto; los ácidos diálogos.

Lo peor: que te deje con ganas de más.


Valoración personal: Buena

viernes, noviembre 04, 2011

“Footloose” (2011) - Craig Brewer

Crítica Footloose 2011 Craig Brewer
En la década de los 80 proliferaron una serie de películas juveniles de corte musical que causaron furor entre la chavalería de aquel entonces. Películas como Fama, Flashdance, Dirty Dancing o Footloose fueron las precursoras de cintas actuales como “El ritmo del éxito”, “Espera al último baile” o la saga “Step Up”. A día de hoy, muchas de aquellas cintas son recordadas como pequeños clásicos de una época que ya dejamos atrás hace ya mucho tiempo; una época que no se ha vuelto a repetir, por mucho que Hollywood se empeñe en intentarlo a costa de remakes, reboots y secuelas tardías. Y precisamente de su enésimo intento por “rescatar” historias de antaño toca hablar ahora con la llegada de esta versión 2011 de “Footloose”.

Ren MacCormack (Kenny Wormald) se traslada desde Boston hasta el pequeño pueblo sureño de Bomont para vivir con su tío y su familia. Unos pocos años antes, la localidad quedó conmocionada por un trágico accidente en el que murieron cinco adolescentes después de una noche de fiesta. Ese suceso provocó que los concejales de Bomont y el respetado Reverendo Shaw Moore (Dennis Quaid) reaccionaran aprobando unas restrictivas leyes que desde ese momento prohibieron la música a gran volumen y el baile.

Nadie en el pueblo se enfrenta a esta situación hasta que llega Ren, quién ni corto ni perezoso decide desafiar la prohibición insuflándole vida al pueblo y, de paso, enamorándose de Ariel (Julianne Hough), la problemática hija del pastor.
Si en 2004 se estrenaba una (pobre) secuela de la exitosa "Dirty Dancing", y hace cosa de tres años lo hacía un remake de “Fama”, ahora le ha tocado el turno a la no menos mítica “Footloose”, aquella cinta que catapultó a la fama a un jovencito y semidesconocido Kevin Bacon.

Y la verdad, visto lo visto, quizás les hubiera salido más rentable reestrenar la original (y en 3D, para hacer más caja) que no volver a rodarla tal cual para venir a contarnos lo mismo pero con otras caras. Y es que esta “nueva” versión a cargo de Craig Brewer (Hustle & Flow, Black Snake Moan) no es más que un calco de la ochentera, una copia sin atisbo de originalidad o frescura que aportar respecto a lo que dirigió Herbet Ross con Bacon y cía. El propio Brewer se ha encargado de co-escribir el guión con, precisamente, el guionista de aquella, y lo que uno deduce al ver el resultado es que se han limitado a “copiar y pegar” escena por escena casi literalmente, introduciendo alguna mínima novedad y realizando algún que otro cambio (sustituir la carrera de tractores por autobuses y añadir una explosión final para que “mole” más), para luego pasarlo a limpio y entregárselo a los productores como “un remozado producto que vender a las nuevas generaciones”.


Tras unos créditos iniciales que beben directamente de su predecesora, el director nos muestra lo que en aquella tan sólo se citaba, es decir, el accidente mortal que deja conmocionado al pueblo y desencadena el posterior recorte de libertades para los más jóvenes. Luego ya empieza la historia que muchos ya conocemos: joven rebelde llega al pueblo y no da créditos con las absurdas prohibiciones del lugar; se hace amigo del friki de turno y se cuela por la chica guapa (de turno) que sale con el macarra/matón (de turno). Mientras conquista a la moza, el muchacho trata de reivindicar el estilo de vida de los adolescentes saltándose las normas y poniendo contra las cuerdas a una comunidad retrógrada y excesivamente conservadora encabezada por el Reverendo Shaw.

Si la historia ya era simple y tópica en los ochenta, aún lo es más ahora. Por otro lado, al haberse mantenido tan fiel al espíritu de la original, la ingenuidad de aquella sigue presente en ésta, y eso la hace parecer un poco “anticuada” para las nuevas generaciones (sobre todo en lo que respecta al tema de la sexualidad). Algunos comportamientos y actos de rebeldía se nos antojan demasiado blanditos para estos tiempos, amén de que la propia premisa argumental se sostiene con mayor dificultad. De todas formas, localizándose la historia en el típico pueblo sureño de la América profunda (en donde el cristianismo más radical sigue arraigado entre sus habitantes), la sensación de inocencia de la que se impregna podría darse por válida.


Todo lo que le pudiéramos criticar a la cinta original bien podríamos criticárselo a ésta, del mismo modo que lo que hizo especial o destacable a aquella (los atractivos bailes, el romance…) sigue funcionando de igual modo en ésta. Si la Footloose de 1984 era un producto para adolescentes, la Footloose de 2011 es exactamente lo mismo (no en vano, son la misma película), por lo que en un principio debería contentar justamente a ese público al que va dirigida. Ni más ni menos.

Los que ya dejamos atrás la edad del pavo saldremos ganando revisando la original, por aquello de la nostalgia y porque, puestos a ver lo mismo, que sea con la banda sonora de nuestra época (Kenny Loggins, Foreigner, Bonnie Tayler, Quiet Riot…). Y eso que el soundtrack elegido para la ocasión no es tan infecto como cabría esperar, e incluso se mantienen algunos temas ochenteros (no solamente el que da título a la película)


Lo mejor: los bailes; volver a escuchar el tema de Kenny Loggins (y a Quiet Riot) en una sala de cine.

Lo peor: Haberse limitado a copiar la original en vez de actualizarla y aportar algo nuevo o diferente para el público juvenil de ahora.


Valoración personal: Correcta